Inmediatamente después de la masacre del 7 de octubre de 2023, la milicia hutí de Yemen, uno de los principales proxies de la República Islámica de Irán, armada y financiada por Teherán, se convirtió en un actor activo en la expansión del conflicto, lanzando ataques contra el tráfico marítimo en el mar Rojo. Aquellas acciones no solo alteraron rutas comerciales clave, sino que introdujeron una dimensión potencialmente disruptiva: la posibilidad de trasladar la guerra desde el terreno militar regional hacia las arterias del comercio global.
Sin embargo, en la actual fase de confrontación regional, a diferencia de lo ocurrido durante la guerra contra Hamas tras el 7 de octubre, los hutíes han mantenido una llamativa contención. Esta actitud no admite una explicación única: puede interpretarse como parte de una administración deliberada de los tiempos de escalada por parte de Teherán, pero también como reflejo del cálculo de riesgo de los propios hutíes, conscientes de la posibilidad de una respuesta militar devastadora.
La lógica modular con la que Irán ha gestionado la confrontación se había basado hasta la actualidad, en la activación progresiva de frentes indirectos capaces de elevar el costo político y económico para sus adversarios sin desencadenar una guerra convencional directa. Hamas en Gaza, Hezbollah en la frontera norte de Israel y la presión sobre el estrecho de Ormuz constituían fases sucesivas de una arquitectura de confrontación destinada a saturar la capacidad de respuesta occidental.
En la actual coyuntura, las recientes declaraciones de Mohammed al-Bukhaiti, miembro del buró político hutí, anunciando la disposición del movimiento a intensificar sus operaciones en solidaridad con Irán, sugieren la posibilidad de un nuevo punto de inflexión. A diferencia de Hezbollah, cuya capacidad ofensiva se inscribe en una lógica territorial inmediata, los hutíes operan sobre un espacio funcional crítico: el estrecho de Bab el-Mandeb. Este corredor marítimo conecta el mar Rojo con el golfo de Adén y constituye una vía esencial para el transporte de energía y mercancías entre Asia y Europa.
La eventual interrupción sostenida de esta ruta no solo afectaría a los países directamente involucrados en la guerra, sino que podría desencadenar una crisis económica de alcance global. La guerra marítima en esta zona no requiere un bloqueo total para producir efectos devastadores: basta con introducir un nivel persistente de riesgo para alterar los flujos comerciales, encarecer el transporte energético y generar tensiones inflacionarias en múltiples economías.
Aunque los hutíes sostienen que sus ataques se dirigirían exclusivamente contra los buques de los países considerados “agresores”, en un sistema económico interdependiente esa distinción carece de eficacia práctica. La inseguridad en un punto crítico del comercio mundial se traduce inevitablemente en un impacto sistémico, afectando incluso a actores no involucrados directamente en la confrontación.
La reciente eliminación por parte de Israel del comandante naval de la Guardia Revolucionaria iraní, Alireza Tangsiri, considerado el principal responsable de la estrategia de restricción del tráfico en el estrecho de Ormuz, confirma que Estados Unidos e Israel han adoptado una doctrina orientada a neutralizar preventivamente la capacidad de Irán para convertir los corredores marítimos en instrumentos de coerción estratégica. La eliminación de mandos clave revela una lógica operativa destinada a impedir que la guerra se desplace hacia un bloqueo sistémico de las rutas energéticas globales.
Conscientes de las implicaciones estratégicas que tendría una interrupción sostenida de las rutas marítimas críticas, tanto Estados Unidos como Israel difícilmente carezcan de planes operativos destinados a neutralizar una eventual escalada hutí. La protección de los corredores energéticos y comerciales constituye un interés vital no solo para ambos países, sino para el funcionamiento del sistema económico internacional en su conjunto. En este contexto, cualquier intento de transformar el estrecho de Bab el-Mandeb en un instrumento de coerción estratégica podría desencadenar una respuesta militar destinada a eliminar esa capacidad de disrupción.
La eventual activación plena del frente hutí debe entenderse, por tanto, como una tentativa de transformar la naturaleza misma del conflicto. Irán no solo buscaría ampliar su radio de acción geográfica, sino trasladar la confrontación desde el plano militar regional hacia el funcionamiento estructural del sistema económico internacional.
Si este escenario se materializa, la guerra en Medio Oriente dejaría de ser percibida como un conflicto regional para convertirse en un factor de inestabilidad sistémica. La geopolítica del territorio cedería paso al dominio de las rutas, y el control —o la perturbación— de los corredores marítimos adquiere un valor estratégico equiparable al de las fronteras tradicionales. La entrada plena de los hutíes no implicaría únicamente la apertura de un nuevo frente, sino el inicio de una fase cualitativamente distinta de la guerra.
Rubén Kaplan
Periodista y escritor
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