Mientras Israel y los judíos del mundo nos preparamos para la celebración de Pesaj —la Pascua judía—, la conmemoración de la salida de la esclavitud en Egipto adquiere este año una resonancia particular, atravesada por un contexto de guerra, amenazas persistentes y desafíos existenciales.
Pesaj no es únicamente una festividad religiosa. Constituye el relato fundacional del pueblo judío como nación libre. La Hagadá, que a diferencia de otros textos litúrgicos mantiene una notable uniformidad entre tradiciones askenazíes y sefardíes, establece una premisa central: cada generación debe considerarse a sí misma como protagonista de aquella liberación.
Ese mandato no es simbólico. Es histórico y, en momentos como el presente, profundamente actual.
Los elementos centrales del Seder condensan esa experiencia. La matzá, el pan de la aflicción, remite a la precariedad y urgencia de la huida. Las hierbas amargas evocan el sufrimiento de la esclavitud. Y la pregunta que estructura la noche —“¿por qué esta noche es diferente a todas las demás?”— trasciende lo ritual para interpelar la realidad de cada época.
En determinados momentos de la historia judía, esa pregunta deja de ser litúrgica para convertirse en una constatación concreta.
Este Pesaj se inscribe en una de esas etapas.
No es la primera vez que una festividad judía se ve atravesada por la guerra. En Iom Kipur de 1973, Israel fue atacado sorpresivamente en un intento de destrucción. Más recientemente, el 7 de octubre de 2023, en coincidencia con Sucot, el país fue nuevamente escenario de una masacre deleznable.
Pero incluso en circunstancias infinitamente más extremas, como durante el Holocausto, muchos judíos en los campos de concentración arriesgaron sus vidas, apelando a una creatividad desesperada, para poder celebrar, dentro de lo posible, algunas de sus festividades. Aun en el umbral de la muerte, la identidad y la tradición no fueron abandonadas.
Hogaño, bajo los ataques diarios de misiles y drones, muchas familias en Israel se preparan para celebrar el Seder en condiciones de seguridad precaria, cerca o dentro de refugios. La escena, lejos de ser excepcional en la historia judía, confirma una constante: la convivencia entre la celebración de la libertad y la persistencia del peligro.
En este contexto, la celebración de Pesaj trasciende su dimensión religiosa y adquiere un significado político ineludible.
La continuidad de las tradiciones en medio de la guerra no es solo una expresión cultural. Es una afirmación de existencia. Una forma de resistencia frente a quienes, en distintas épocas, han buscado negar no solo la soberanía del Estado de Israel, sino la propia continuidad del pueblo judío.
La Hagadá establece que en cada generación se levantan contra nosotros para destruirnos. Esta afirmación, lejos de ser una fórmula retórica, encuentra en la realidad contemporánea una vigencia inquietante.
Al mismo tiempo, la respuesta también se repite: la persistencia, la adaptación y la decisión de sostener la identidad incluso en condiciones adversas.
Pesaj, en este contexto, no es solo el recuerdo de una liberación pasada. Es la reafirmación de un principio: la libertad no es un estado garantizado, sino una conquista que permanentemente debe ser defendida.
En tiempos de guerra, esa verdad deja de ser una abstracción.
Y cuando un pueblo celebra su libertad bajo la amenaza de quienes buscan destruirlo, esa celebración deja de ser solo tradición.
Se convierte en una férrea actitud ante las adversidades e indeclinable afirmación de existencia.
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