Donald Trump sorprende al mundo al anunciar un posible alto al fuego entre Israel y Hezbolá. ¿Es viable? ¿Qué implica realmente este movimiento?
En medio de críticas recurrentes y lecturas simplificadas, el nuevo alto al fuego entre Israel y Hezbolá reabre el debate sobre el rumbo del conflicto en Medio Oriente. Sin embargo, para el analista Irving Gatell, muchas de estas reacciones parten de una premisa incompleta: ignoran el cambio estructural que ha vivido la región desde octubre de 2023.
“Las guerras no son fenómenos sencillos”, advierte Gatell. Bajo esa lógica, lo que hoy se percibe como una concesión controversial podría ser, en realidad, la administración de una ventaja estratégica ya consolidada por Israel y Estados Unidos.
El elemento más disruptivo del momento no es el cese al fuego en sí, sino quién lo protagoniza. Por primera vez en décadas, Líbano actúa como sujeto político autónomo en el plano internacional. No es Irán, no es Hezbolá, no es Francia —ni siquiera organismos multilaterales como la ONU— quienes dictan la pauta. Beirut ha comenzado a marcar distancia de todos ellos, ha rechazado ser incluido en negociaciones ajenas y ha desestimado intentos de internacionalizar el conflicto. El mensaje es que la agenda libanesa ya no se terceriza.
Para Gatell, este giro rompe con un patrón histórico en el que Líbano funcionaba como escenario, pero no como actor. “Si no se reconoce el tamaño de este cambio, no se está entendiendo nada”, sostiene.
La ONU fuera, la política dentro
El contraste con 2006 es inevitable. Aquel alto al fuego, mediado por la ONU y respaldado por la fuerza internacional UNIFIL, fracasó en su objetivo central de desarmar a Hezbolá.
Hoy, ese modelo ha sido desplazado. La ONU no solo no lidera el proceso, sino que ha quedado fuera de la ecuación. En su lugar emerge una lógica distinta, menos multilateralismo declarativo y más negociación directa entre actores con capacidad real de incidir.
Israel y Líbano —con el respaldo de Estados Unidos— comienzan a redefinir las reglas del juego.
Hezbolá: debilitado, pero aún peligroso
El nuevo escenario no elimina riesgos. Hezbolá sigue siendo un actor armado con capacidad de daño y con incentivos claros para sabotear cualquier proceso que reduzca su influencia. De hecho, ya ha emitido amenazas directas contra el gobierno libanés.
Aquí emerge una clave del análisis, el actor más vulnerable no es Israel, sino la dirigencia de Líbano. A diferencia de etapas anteriores, Beirut avanza pese a las presiones, lo que refleja un cambio en su percepción de respaldo y margen de maniobra.
Ese respaldo también se expresa a nivel social. Según Gatell, el apoyo a Hezbolá ha disminuido de forma significativa, especialmente entre sectores cristianos y sunitas, e incluso dentro de la comunidad chiita. Sin una base social sólida, su viabilidad como actor dominante se erosiona.
El punto de inflexión es estratégico. Tras meses de ofensiva, Israel habría alcanzado el umbral en el que la continuación de la guerra deja de ser la opción más eficiente. No porque el enemigo haya desaparecido, sino porque su debilitamiento abre una nueva fase: la política.
En este contexto, permitir que el gobierno libanés obtenga logros visibles —mediante concesiones o avances diplomáticos— puede fortalecerlo frente a su propia población y debilitar aún más a Hezbolá.
“No se trata de hacer lo que gusta, sino lo que funciona”, resume Gatell.
La alternativa —una escalada total o una ocupación— no solo sería inviable, sino contraproducente; implicaría asumir el control de un país fragmentado y millones de civiles, un escenario que Israel ha evitado sistemáticamente.
Una tregua que no es debilidad
Lejos de representar un retroceso, el alto al fuego marca una transición. La fase militar habría cumplido su objetivo principal, degradar a Hezbolá hasta permitir una reconfiguración política interna en Líbano.
El objetivo ya no es destruir al enemigo —algo inviable sin costos humanos masivos—, sino desplazarlo como eje de poder. Y eso no se logra únicamente con operaciones militares, sino con legitimidad política.
El nuevo tablero
Lo que emerge es un rediseño del conflicto: Líbano como actor soberano, Israel como socio táctico y Hezbolá como fuerza en retroceso.
El desenlace sigue abierto, pero la dirección no:
“El error es analizar cada movimiento de forma aislada”, advierte Gatell. “El Medio Oriente de hoy ya no es el de hace dos años y medio”.
En ese nuevo tablero, las treguas dejan de ser pausas y se convierten en instrumentos de poder.
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