En las últimas horas, la palabra ‘Alto al Fuego’ domina los titulares internacionales. Pero mientras el mundo respira aliviado, en los búnkeres de Kiryat Shmona y en los pasillos de la inteligencia en Tel Aviv, la sensación es muy distinta.
¿Es este el fin de la amenaza o simplemente el inicio de la cuenta atrás para algo mucho peor? Hoy analizamos lo que nadie te dice sobre la seguridad de Israel tras un posible acuerdo.
El papel lo aguanta todo. Diplomáticamente, se habla de la Resolución 1701: que Hezbolá se retire al norte del río Litani. Pero aquí está el problema de seguridad real: Hezbolá no es un ejército convencional, es una guerrilla híbrida.
Para Israel, un alto al fuego sin un mecanismo de inspección ‘sobre el terreno’ significa que la Fuerza Radwan —la élite de Hezbolá— solo tiene que cambiarse el uniforme por ropa de civil para seguir a metros de la frontera.
Sin una retirada real, el 7 de octubre del norte no es una posibilidad, es una cuestión de tiempo.
Hablemos de capacidad técnica. La mayor amenaza para la seguridad israelí hoy no son los miles de cohetes ‘tontos’ de corto alcance, sino los PGM o Proyectiles de Gran Precisión. En un escenario de cese al fuego, las FDI (Fuerzas de Defensa de Israel) pierden su ‘libertad de acción’.
Si Israel detecta un convoy de tecnología iraní cruzando desde Siria durante la tregua, ¿atacará corriendo al riesgo de reiniciar la guerra total? Si no lo hace, Hezbolá usará cada día de paz para convertir su arsenal en armas capaces de impactar en la ventana del Ministerio de Defensa en Tel Aviv.
Hay un factor que los analistas militares llaman ‘Erosión de la Disuasión’. Si Israel detiene la operación antes de degradar severamente la infraestructura de túneles y almacenes de Hezbolá, el mensaje para el Eje de la Resistencia es claro: Israel puede ser desgastado.
Además, hay 60,000 israelíes desplazados. Si regresan a sus casas bajo una tregua frágil y los ataques se reanudan en tres meses, la confianza en el Estado se romperá definitivamente. La seguridad de Israel no solo es militar, es la confianza de sus ciudadanos de que el Estado puede proteger sus fronteras.
Un alto al fuego no es el fin del conflicto, es el cambio a una guerra de baja intensidad y alta tecnología. Israel se enfrenta al dilema de aceptar una paz temporal para lamerse las heridas, o seguir presionando hasta cambiar la realidad del Líbano para las próximas décadas.
Israel está ante una apuesta de vida o muerte: o compra una paz temporal con un costo impagable a futuro, o termina el trabajo ahora cueste lo que cueste. ¿Es este acuerdo el principio del fin o simplemente la pausa antes de la tormenta definitiva?
Piénsalo, si ni la ONU ni el gobierno de Líbano han hecho nada por contener a los delincuentes, Israel es el único que lo hará.
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