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domingo 19 de julio de 2026

Una canción de cuna nacida en el infierno. México conmemora Yom HaShoá en el Colegio Olamí ORT

El Colegio Olamí ORT llevó a cabo la conmemoración del Yom HaShoá, Día israelí del Recuerdo del Holocausto, con la presencia de Yoram Eden, hijo adoptivo de Alexander Tamir, el compositor que en pleno gueto de Vilna escribió una de las canciones más emblemáticas de la Shoá. Enlace Judío transmitió el evento en vivo.

Hay una canción de cuna que nació en el infierno.

La compuso un joven dentro del gueto de Vilna en 1943, mientras afuera, a pocos kilómetros, se fusilaba a miles de personas en un bosque.

La letra habla de una madre que le canta a su hijo en susurros —no por ternura, sino por miedo— y le dice, con palabras que el niño todavía no puede entender, que el padre no va a volver.

Ochenta años después, esa canción resonó en las instalaciones del Colegio Olamí ORT, durante la conmemoración del Yom HaShoá. Y con ella, una pregunta que no ha perdido urgencia: ¿cómo evitamos que ese mundo vuelva a existir?

Una carta que acusa a la educación

Uno de los momentos más impactantes de la ceremonia fue la lectura de una carta atribuida a un sobreviviente del Holocausto, escrita a los maestros. El texto, que circula en comunidades educativas desde hace décadas, no ahorra dureza:

Soy sobreviviente de un campo de exterminio. Mis ojos vieron lo que ninguna persona debía haber visto. Cámaras de gas construidas por ingenieros educados. Niños envenenados por médicos educados. Infantes asesinados por enfermeras entrenadas.”

La carta no absuelve a la escuela, la interpela. “Por eso no confío en la educación”, continúa. “Les pido, maestros, que ayuden a los estudiantes a convertirse en seres humanos. Sus esfuerzos no deben crear monstruos bien estudiados, psicópatas con títulos universitarios.”

El llamado fue retomado por el evento como hilo conductor; la educación tiene valor sólo si produce, antes que profesionales, personas íntegras.

Vilna, la Jerusalén del Norte, y su destrucción

El cónsul honorario de Lituania en México, Ronén Waisser —él mismo descendiente de judíos lituanos—, ofreció un recorrido histórico por Vilna, la ciudad que durante siglos fue corazón espiritual e intelectual del judaísmo europeo. “No es casualidad que Vilna fuera conocida como la Jerusalén del Norte, dijo. “No solo por la magnitud de su población judía, sino porque fue uno de los centros más importantes del pensamiento judío en Europa.

La ciudad, que hoy se llama Vilnius y es capital del Estado lituano independiente, acumuló en su historia el peso de casi todos los imperios del siglo XX: el Imperio Ruso, Alemania, Polonia, la Unión Soviética, la Alemania nazi —nuevamente. Esa historia de ocupaciones sucesivas no fue un accidente geográfico; fue el escenario de una de las mayores destrucciones comunitarias del siglo.

Waisser subrayó la magnitud del exterminio: de una comunidad judía de más de 200 mil personas en Lituania, más del 90 por ciento fue asesinado“Es uno de los porcentajes más altos de exterminio por país en toda Europa”, dijo. Y precisó que gran parte de esas muertes ocurrió en PonarPaneriai en lituano—, un bosque a las afueras de Vilna donde fueron fusiladas más de 70 mil personas, en su mayoría judíos. Un lugar que alguna vez fue natural y quieto quedó marcado para siempre por la barbarie. Ese bosque es el que le da nombre al evento.

La luz de la Vilna judía, recordó Waisser, no se apagó sin dejar rastro. Llegó hasta México, las comunidades de judíos lituanos —los litvaks— contribuyeron a fundar instituciones que siguen existentes hoy.

“Recuérdame”: el último mensaje de un padre

El momento más íntimo y conmovedor del acto llegó de la mano de Yoram Eden, hijo adoptivo del compositor Alexander Tamir —conocido en el gueto de Vilna como Sasha— quien viajó especialmente desde Israel para participar.

Tamir fue autor de Shtiler, Shtiler (“Silencio, silencio”), una de las canciones más emblemáticas de la Shoá. La pieza fue compuesta en 1943, durante el concurso musical que el gueto de Vilna organizó en plena ocupación nazi —un detalle que por sí solo habla de la obstinada voluntad de vida cultural que persistía dentro de ese infierno.

Es increíble que dentro de todos esos horrores, con los asesinatos diarios, hubiera una vida cultural rica”, recordó Eden.La canción no ganó el primer lugar. La ironía es que las tres piezas premiadas han sido olvidadas, mientras la melodía de Tamir sigue viva 80 años después.

El padre de Tamir escribió la letra original en polaco; un poeta llamado Mark Szewczynski la tradujo al yiddish y le agregó estrofas. La canción es una nana, una madre que le canta a su hijo que el padre fue a Ponar y no va a regresar. Pero al final hay esperanza. Quizás esa combinación —el padre que se fue y no volverá, y la esperanza de que vendrá la libertad— es lo que la hizo tan popular dentro del gueto”, explicó Eden.

Cuando los sobrevivientes de Vilna llegaron a Israel al final de la guerra, se llevaron la canción consigo. Szewczynski la tradujo al hebreo. Y así Shtiler, Shtiler se convirtió en uno de los símbolos musicales del Holocausto.

Eden tenía nueve años cuando escuchó la canción por primera vez en la radio, por casualidad. Su madre le dijo: “Mira, Alex es quien compuso eso.” Fue entonces cuando entendió que el hombre al que consideraba una suerte de padre mayor —que le había enseñado a andar en bicicleta, que practicaba piano de seis a ocho horas en su casa de Jerusalén— era en realidad un sobreviviente.

Y que el padre biológico de Alex había sido asesinado en el Holocausto.

Estaba en shock. Era un niño. No pude comprender el significado de Ponar ni de la canción. Lo hice más adelante.”

La historia de Tamir es también la historia de una separación

En septiembre de 1943, cuando los alemanes liquidaron el gueto, separaron a hombres y mujeres y los enviaron a campos de trabajo. El padre de Alex —médico— fue trasladado a Estonia, donde pudo cuidar a su hijo por un tiempo. Pero cuando el ejército soviético avanzó, los alemanes liquidaron el campo. El padre fue ejecutado entre los que consideraban líderes judíos. Sus últimas palabras a Alex fueron: recuérdame. Esas palabras lo acompañaron toda su vida.

Alex sobrevivió gracias a un golpe de azar y a un soldado alemán que, en medio de una marcha de la muerte, les hizo una señal a él y a otro joven para que saltaran a un canal. Lo hicieron. Llegó a Israel en Rosh Hashaná de 1945, a los 14 años, a bordo de un barco de la Agencia Judía. En el muelle lo esperaba su abuela. A pesar de haber pasado años sin educación formal, al llegar a Tel Aviv fue inscrito con alumnos de su edad y logró recuperar todo lo que la guerra le había arrebatado —en parte, gracias a las clases que había recibido dentro del gueto de profesores universitarios que habían sido expulsados de sus cargos.

Tamir nunca quiso regresar a Vilna. Sólo en 2002, convencido por un equipo de televisión israelí para hacer un documental sobre Ponar, comenzó lentamente a abrirse.

El silencio de los testigos

La conmemoración también reservó espacio para una de las preguntas más incómodas de la historia del Holocausto: ¿qué hicieron quienes sabían?

Eden fue directo al respecto. Si bien reconoció que los alemanes amenazaban con ejecutar no solo a quien ayudara a los judíos, sino también a toda su familia, también fue claro: “Una gran parte de los lituanos participó de manera activa para quitarles sus propiedades a los judíos y para exterminarlos. Alex me dijo siempre que les tenía miedo a los lituanos igual que a los alemanes.”

Y añadió un dato que todavía duele: quienes dispararon en Ponar no fueron en su mayoría soldados alemanes, sino voluntarios lituanos. Y algunos de los comandantes de esas milicias llegaron a ser considerados héroes nacionales.

En los últimos años, el gobierno de Lituania ha hecho esfuerzos de reparación. Tamir fue invitado varias veces, recibió medallas, y el embajador lituano concurre cada año al Centro Eden de Música para conmemorarlo. El cónsul Waisser representa también esa voluntad de memoria.

“No como ovejas al matadero”

Durante el evento se leyó también un fragmento del llamado a la resistencia que circuló en el gueto de Vilna: “De los 80.000 judíos de Vilna, sólo quedan 20.000. Ponar no es un campo de trabajo. Ahí todos fueron fusilados. No vayamos como ovejas al matadero. La resistencia es la única respuesta.”

Ese texto —desesperado, lúcido, furioso— resonó en el auditorio como una advertencia que no ha caducado.

La pregunta del presente

Hacia el final de la ceremonia, se le preguntó a Yoram Eden qué habría pensado Alexander Tamir si pudiera ver el mundo hoy, después del 7 de octubre y frente al resurgimiento del antisemitismo.

Eden respondió sin rodeos: Tamir no se habría sorprendido. Y explicó por qué: el padre de Alex era un polaco orgulloso que durante años creyó que podía ser polaco y judío a la vez, sin contradicción. Hasta que sus propios amigos —gente de la inteligencia polaca, personas cultas— lo traicionaron y se revelaron como antisemitas. “Hoy vemos lo mismo“, dijo Eden. “Gente muy formada, que se llama a sí misma progresista, que termina apoyando el antisemitismo. Alex ya había visto eso antes. Sabía de lo que era capaz el mundo.”  

La conmemoración concluyó con el mismo llamado con que empezó: recordar no es suficiente. La memoria tiene sentido sólo si se traduce en responsabilidad ética, en la decisión activa de no permanecer indiferentes.

“Utilicen la educación para convertirse primero en buenas personas”, fue uno de los ejes del acto.

Porque el bosque maldito no es solo un lugar en Lituania. Es una advertencia sobre lo que ocurre cuando la formación produce conocimiento sin conciencia, y cuando la sociedad elige el silencio.

 

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