Juntos Venceremos
sábado 06 de junio de 2026

Diego Sciretta / El grotesco de la indiferencia

Para entender el valor de la presencia, primero debemos mirar el espejo de la ausencia. La película argentina Esperando la carroza es un clásico del humor negro que desnuda la hipocresía de una familia frente a la vejez. En la trama, los hijos de Mamá Cora se disputan quién debe hacerse cargo de ella, tratándola como un bulto molesto. Es una sátira feroz sobre el egoísmo filial que, tristemente, hoy se repite en los pasillos de los hospitales.

​El hospital de los mentirosos

Ese grotesco de ficción cobró vida frente a mis ojos hace unos días. Mientras acompañaba a mi madre en sus momentos finales, escuché a una hija recriminarle a su madre anciana a través del teléfono que no podían ir a verla porque “estaban trabajando”. Ni siquiera tuvieron la decencia de decírselo a la cara; usaron la frialdad de una línea para imponer su ausencia. La respuesta de la viejita, con la lucidez que da el desamparo, fue una sentencia amarga: “Son todos unos mentirosos”. Es el grito de una generación de padres que se sienten estafados por hijos que prefieren la comodidad antes que el compromiso de la mano tendida.

​La reina de mi casa

Hace cuatro años, junto a mi hermano, decidimos traerla desde Argentina, pero fui yo quien eligió la convivencia total. No fue fácil: renuncié a mi intimidad, a las salidas y a las vacaciones. Pero no la traje para que ocupara un rincón, sino para que fuera la reina de mi casa. Abrí las puertas de mi hogar para que ella no fuera una paciente, sino la protagonista absoluta, rodeada de la dignidad que su historia merecía.

​El guardián de su historia

En este tiempo, asumí el honor de ser su recordatorio viviente. Le relataba sus días de universidad y su vida en las tablas: sus obras de teatro y sus películas donde ella, como actriz, puso el cuerpo. También le recordaba cada una de las citas con mi padre, rescatando del olvido los suspiros de su primer amor. No fue un sacrificio; fue el privilegio de devolverle su identidad a través de mi voz, sin las excusas laborales que otros usan como escudo.

​Contra la hipocresía del último adiós

A mis contemporáneos les pido: dejen de lado la hipocresía. Es inadmisible que quienes no permitieron que sus propios padres durmieran en su casa, ni soportaron sacarlos de vacaciones o ni siquiera los invitaron a los cumpleaños de sus nietos, pretendan ahora ofrecer sus hogares para la Shivá o el velatorio.

No quieran lavar su culpa con gestos de última hora o quejándose por la plata que costaba su subsistencia. La verdad es una sola: quien cerró la puerta de su casa a su padre o padres ancianos lo hizo porque mucho antes ya les había cerrado el corazón. Y ese corazón no se abre más.

​[El honor de ser la voz que narra la vida de quien nos dio la nuestra]
​Sderot, Israel
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