Leíste El Principito de niño, o quizás de adulto, y creíste que era un cuento infantil. Te equivocaste. Es un libro sobre la guerra, sobre la pérdida, sobre la amistad que desafía fronteras y exterminios. Y la dedicatoria, esa que has visto mil veces al abrir el libro, esconde una historia más trágica que la del propio principito. Porque el hombre a quien Saint-Exupéry dedicó su obra no era un príncipe ni un rey. Era un judío. Estaba enfermo. Y se escondía de los nazis mientras su amigo escribía, desde el exilio, la fábula más hermosa del siglo XX.
Un 6 de abril de 1943, se publicaba la primera edición de “El Principito” en Nueva York. Antoine de Saint-Exupéry, aviador, escritor, hombre de acción y melancolía, estaba exiliado en Estados Unidos. Francia estaba ocupada por los nazis. Él no podía volver. No podía luchar. Solo podía escribir. Y escribió una historia que parecía infantil, pero que era todo menos inocente. En sus páginas hay un aviador perdido en el desierto, un niño que pregunta sin cesar, un zorro que enseña el valor de los lazos invisibles. Pero también hay baobabs que destruyen planetas, reyes que no gobiernan nada, faroleros que obedecen órdenes absurdas. No es difícil ver en esos personajes una crítica al mundo que los nazis estaban construyendo.
Lo que no se conoce tanto de este libro es la persona a quien Saint-Exupéry dedicó su obra: Léon Werth. No era un editor, no era un héroe de guerra, no era un aristócrata. Werth era un novelista, ensayista, crítico de arte y periodista francés. Pero particularmente, era un libertario, un antimilitarista, poeta y observador, amigo de pintores y de grandes aventureros. Saint-Exupéry conoció a Werth en 1931 y pronto se convirtió en su mejor amigo. Eran una pareja improbable. Werth no tenía mucho en común con Exupéry. Era anarquista, y su padre era judío. Tenía veintidós años más que Saint-Exupéry, y un estilo de escritura surrealista que poco tenía que ver con la prosa lírica pero precisa del aviador. Sin embargo, se entendían. Se admiraban. Se necesitaban.
Cuando llegó la Segunda Guerra Mundial, Werth, a pesar de su edad, a pesar de su salud frágil, se alistó. Luchó durante quince meses en el frente, hasta que fue herido. No físicamente. Fue herido para toda la vida en el alma. Lo que vio en las trincheras, lo que sufrió, lo que presenció, lo convirtió en un profundo pacifista. Escribió sobre la guerra con tal sinceridad que su obra provocó un escándalo. No contaba batallas heroicas. Contaba el miedo, el hambre, la descomposición. No era lo que el público quería leer.
Saint-Exupéry, desde Nueva York, no sabía si su amigo seguía con vida. Los nazis habían entrado en París. Werth era judío. Estaba enfermo. No podía huir. Y entonces Antoine escribió unas palabras que deberían estar grabadas en la entrada de cada biblioteca del mundo:
“Quien esta noche me obsesiona la memoria tiene cincuenta años. Está enfermo.Y es judío.¿Cómo sobrevivirá al terror alemán? Para imaginarme que todavía respira tengo que creer que, refugiado en secreto por la hermosa muralla de silencio de los campesinos de su aldea, el invasor lo ha ignorado. Solamente entonces creo que todavía vive. Solamente entonces deambular a lo lejos en el imperio de su amistad —que no tiene fronteras— me permite no sentirme emigrante, sino viajero. Pues el desierto no está allí donde uno cree”.
Pero Léon no estaba en París. Estaba en el Jura, la región montañosa de Francia, cerca de la frontera con Suiza. Allí, escondido en una aldea remota, protegido por campesinos que no delataban a los judíos, llevó un diario. Escribió sobre la ocupación, sobre el miedo, sobre la esperanza. Su manuscrito, escondido durante décadas, solo se encontró en 1992 y fue inmediatamente publicado. En sus páginas hay una carta dirigida a Saint-Exupéry, escrita cuando el autor de El Principito aún estaba vivo. Werth le decía:
“Amigo mío, tengo necesidad de ti como de una cumbre donde se puede respirar. Tengo necesidad de acodarme junto a ti, una vez más a orillas del Saona, sobre la mesa de una pequeña hostería de tablones desunidos, y de invitar allí a dos marineros en cuya compañía brindaremos en la paz de una sonrisa semejante al día. Si todavía combato, combatiré un poco por ti”.
Saint-Exupéry no pudo ver la publicación de El Principito. El 31 de julio de 1944, despegó en una misión de reconocimiento sobre Francia ocupada y nunca regresó. Su avión fue derribado, probablemente por un piloto alemán. Su cuerpo no fue encontrado hasta décadas después. Werth sobrevivió a la guerra. Murió en 1955, sin saber que el libro que su amigo le había dedicado se convertiría en el más traducido del mundo después de la Biblia.
La próxima vez que abras El Principito, no te detengas en el principito ni en el zorro ni en la rosa. Pasa la primera página y lee la dedicatoria: “A Léon Werth”. Pregúntate quién era ese hombre. Pregúntate por qué un escritor judío, anarquista, perseguido por los nazis, merecía ser el destinatario de la historia más hermosa sobre la amistad. La respuesta es simple: porque la amistad no entiende de fronteras, ni de razas, ni de ideologías. Y porque en medio de la guerra, del horror, del exilio, lo único que nos mantiene humanos es saber que hay alguien, en algún lugar, que nos espera. Como el principito esperaba a su rosa. Como Saint-Exupéry esperaba a Werth. Como Werth esperaba a Saint-Exupéry.
©️ Edición protegida por Asombroso | Basado en material de: Fuente original: Antoine de Saint-Exupéry, “El Principito” (1943); cartas y diarios de Léon Werth; archivos de la Biblioteca Nacional de Francia; biografías de Saint-Exupéry; testimonios de la Segunda Guerra Mundial en el Jura; manuscrito encontrado en 1992 | Compartir solo con créditos: @Asombroso
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