Cuando cayeres, no quedarás postrado, porque Hashem sostiene tu mano.
(Tehilim 37:24)
Pesaj Shení se celebra el 14 de Iyar, exactamente un mes después del Pesaj original del 14 de Nisán. Su origen aparece en la Torá, en el libro de Bemidbar/Números (9:6-11). Allí se relata que “había unos hombres que estaban impuros por haber tocado un cadáver, y por eso no pudieron celebrar Pesaj aquel día”. Estos hombres se acercaron a Moshé y Aarón y dijeron: “Estamos impuros por haber tocado un cadáver. ¿Por qué deberíamos quedar excluidos de presentar la ofrenda al Señor en la fecha señalada, junto con los demás israelitas?”
Moshé respondió que esperaran hasta recibir instrucciones de Hashem respecto a su caso. Entonces Hashem habló a Moshé y le dijo: “Di a los israelitas: Todos ustedes y sus descendientes deben celebrar Pesaj en mi honor. Aquellos que estén impuros por haber tocado un cadáver, o que se encuentren lejos, de viaje, celebrarán Pesaj el día catorce del segundo mes, al atardecer. Comerán el cordero con hierbas amargas y pan sin levadura”.
Tras la destrucción del Segundo Templo de Yerushalaim y a lo largo de todo el exilio, perdimos la posibilidad de traer la ofrenda de Pesaj en la fecha establecida. Sin embargo, hemos conservado —e incluso ampliado— la celebración de la noche del Seder, cuidando con esmero sus símbolos y manteniendo vivo el recuerdo del Éxodo a través de la lectura de la Hagadá y su estudio.
Traer la ofrenda de Pesaj era considerado tan esencial que este es el único caso en toda la Torá donde se establece un “día de recuperación” oficial para asegurar que nadie quedara sin cumplir el mandamiento.
Hoy en día, Pesaj Shení se celebra solo de manera simbólica, ya que la práctica de ofrecer sacrificios cesó con la destrucción del Segundo Templo. En su lugar, la costumbre es comer un trozo de matzá durante la fecha, y omitir el Tajanún —la plegaria diaria de súplica— para recordar el carácter festivo que tuvo esta ocasión en la antigüedad.
Pesaj Shení simboliza la segunda oportunidad y el poder de la teshuvá (retorno). Nos enseña que nunca está todo perdido y que siempre existe la posibilidad de rectificar errores o cumplir obligaciones espirituales que quedaron pendientes. Este día expresa la idea de que Dios siempre deja abierta la puerta del regreso y de la corrección.
El relato también nos muestra que Moshé no sabía inicialmente qué responder a aquellos hombres que no podían aceptar quedar excluidos del festejo y de la comunidad. El líder pidió tiempo para consultar con Dios, y la respuesta divina fue ofrecerles una segunda oportunidad plenamente válida.
Visto desde hoy, vale la pena reivindicar a ese grupo de personas y mirarlos con admiración —incluso con un poco de sana envidia— por su valentía espiritual. Su pregunta, “¿Por qué habríamos de vernos privados?” (Bemidbar 9), revela un anhelo profundo: no quedar fuera del vínculo con Dios. La respuesta divina no fue una excepción temporal, sino la creación de una nueva institución: un segundo momento legítimo para la redención.
Aquí comprobamos nuevamente que la redención no está limitada a un único instante. Hay múltiples accesos al encuentro con lo divino. Que la espiritualidad reconoce la complejidad humana: fallas, distancias, impurezas y retrasos no cancelan la posibilidad de conexión.
La responsabilidad moral incluye el deseo de no quedar afuera. La iniciativa humana —el reclamo de esos hombres— es parte constitutiva de la revelación.
Pesaj Shení simboliza el poder del retorno (teshuvá). No se trata solo de arrepentirse, sino de reconfigurar el pasado, transformar experiencias negativas en motores de crecimiento espiritual.
Nunca es demasiado tarde. Incluso quien estuvo “contaminado por un muerto” —metáfora de una desconexión profunda— puede volver. Incluso quien estuvo “en un camino distante” puede regresar. A veces, es precisamente la distancia la que despierta el anhelo más intenso. La teshuvá tiene el poder de transformar errores en méritos, cuando la caída se convierte en el impulso para buscar más vida, más sentido, más luz.
Rabí Yehudá enseñó (Sucá 52a): en el futuro, al final de los tiempos, el Creador traerá la inclinación al mal y la aniquilará ante justos e impíos. Para los justos, esa inclinación parecerá una montaña inmensa; para los impíos, un simple cabello. Y ambos llorarán. Los justos dirán: “¿Cómo pudimos vencer una montaña tan alta?”; los impíos dirán: “¿Cómo no pudimos vencer un cabello?”. Incluso el Santo, Bendito Sea, se asombrará junto a ellos, como dice el profeta:
“Si esto es asombroso a los ojos del remanente de este pueblo en aquellos días, también será asombroso a mis ojos” (Zacarías 8:6).
Pesaj Shení completa la enseñanza de Pesaj. El Pesaj de Nisán representa la liberación inicial, la que viene desde afuera, cuando Dios saca a Israel de Egipto. Pesaj Shení representa la liberación elegida: la que nace del deseo humano de participar, de no quedar afuera, incluso cuando se llega tarde. La libertad no es un instante, sino un proceso continuo, con múltiples puertas de entrada y ritmos personales.
Cuando alguien pregunta: “¿Por qué seremos excluidos?”, la comunidad debe abrir puertas, no cerrarlas. La espiritualidad judía valora la participación de todos, incluso de quienes llegan desde la impureza, la distancia o la duda. La responsabilidad incluye abogar por uno mismo y por los demás, para que nadie quede fuera del servicio.
Feliz Pesaj Shení para todos, y especialmente para quienes sentimos que aún tenemos mucho por hacer para acercarnos a la redención completa.
Todavía tenemos una “montaña alta” que escalar, pero como en otros tiempos, también hoy podremos hacerlo.
En estos días de guerra, se nos presenta otra oportunidad: defender mejor nuestra Tierra, nuestras vidas y nuestra dignidad. Necesitamos un Pesaj Shení en el que no haya excluidos ni autoexcluidos. Un Pesaj Shení que nos recuerde, con firmeza y con ternura, que siempre podemos volver a empezar.
Yerahmiel
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