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sábado 18 de julio de 2026

Lo que muchas comunidades judías todavía no entienden

Durante mucho tiempo, gran parte del mundo judío occidental entendió su relación con los movimientos progresistas a través de una lógica relativamente estable.

Los judíos apoyaban causas universales.  
Defendían derechos civiles.
Participaban en coaliciones contra discriminación, racismo y exclusión.
Y a cambio, asumían —muchas veces correctamente— que serían reconocidos como parte natural de ese mismo universo moral.

Ese mundo está cambiando.

Y muchas comunidades judías todavía no entienden hasta qué punto cambió.

La reacción más común frente al crecimiento del antisionismo contemporáneo sigue siendo interpretarlo como hipocresía, desinformación o antisemitismo tradicional disfrazado. A veces lo es. Pero esa explicación, por sí sola, ya no alcanza para entender lo que está ocurriendo dentro de muchas instituciones progresistas occidentales.

Porque el cambio más importante no es solamente político.
Es moral.

Durante décadas, gran parte del progresismo liberal organizó su visión del mundo alrededor de principios relativamente universales: derechos, integración, pluralismo, tolerancia, convivencia democrática. En ese marco, las minorías eran vistas principalmente como grupos vulnerables que necesitaban protección e inclusión.

Pero en muchos espacios académicos, culturales y activistas, ese lenguaje fue reemplazado gradualmente por otro.

El centro moral ya no es solamente la igualdad universal.
Es la relación entre poder y vulnerabilidad.

Y dentro de ese nuevo marco, Israel aparece de manera muy distinta.

No como una minoría histórica perseguida.
No como un pueblo que sobrevivió expulsiones, exterminio y vulnerabilidad permanente.
Sino como una expresión de soberanía, poder militar, capacidad estatal y control territorial.

Eso transforma completamente la lectura moral.

Muchos judíos siguen pensando que el conflicto principal es desacuerdo sobre políticas israelíes específicas. Pero en numerosos espacios progresistas, la discusión ya no gira principalmente alrededor de fronteras, asentamientos o gobiernos concretos. El problema pasa a ser algo más profundo: la legitimidad moral del poder judío mismo.

Y ahí aparece la gran incomprensión.

Porque gran parte del mundo judío liberal todavía opera con las categorías morales de una etapa anterior. Sigue suponiendo que memoria histórica, vulnerabilidad pasada y compromiso universalista garantizan reconocimiento automático dentro de coaliciones progresistas.

Pero el nuevo lenguaje moral funciona distinto.

En ese lenguaje, el sufrimiento pasado no necesariamente otorga legitimidad presente.
La integración exitosa puede reinterpretarse como privilegio.
La capacidad de defenderse puede convertirse en evidencia de opresión.
Y la insistencia en soberanía, seguridad o continuidad colectiva puede comenzar a verse como sospechosa en sí misma.

Por eso muchas conversaciones actuales producen tanta frustración mutua.

Las comunidades judías suelen percibir hostilidad, simplificación o dobles estándares.
Y muchas instituciones progresistas perciben que los judíos están defendiendo estructuras de poder incompatibles con su nueva visión moral.

No se trata simplemente de mala fe.
Se trata de un cambio profundo en la forma de interpretar legitimidad, vulnerabilidad y obligación moral.
Eso no significa que toda crítica a Israel sea antisemita.
Tampoco significa que el progresismo contemporáneo sea homogéneo o irreparablemente hostil a los judíos.

Pero sí significa que muchas comunidades judías están reaccionando a un cambio estructural como si todavía estuvieran dentro del marco anterior.

Y eso tiene consecuencias importantes.

Porque una comunidad que no entiende el lenguaje moral que ahora organiza una institución tampoco entiende completamente cómo esa institución interpreta su presencia dentro de ella.

El resultado es una creciente sensación de desconcierto.

Muchos judíos occidentales sienten que las reglas cambiaron sin aviso. Que alianzas históricas dejaron de funcionar. Que personas e instituciones que antes hablaban el lenguaje de inclusión ahora utilizan categorías morales donde el particularismo judío aparece como un problema y no como una experiencia legítima de supervivencia colectiva.

Y, honestamente, tienen razón en percibir el cambio.

Lo que todavía no terminan de entender es la naturaleza exacta de ese cambio.

Porque el problema ya no es solamente antisemitismo clásico.

Es que gran parte del mundo progresista occidental comenzó a reorganizar su visión moral alrededor de categorías donde soberanía, poder y capacidad estatal generan sospecha moral automática. Y el sionismo, precisamente, representa una afirmación explícita de las tres.

Eso explica por qué muchas discusiones actuales parecen imposibles de resolver mediante argumentos históricos tradicionales. Las partes no están operando desde el mismo marco moral.

Un lado habla de supervivencia histórica, vulnerabilidad y continuidad colectiva.
El otro interpreta principalmente relaciones contemporáneas de poder.

Y mientras esa diferencia no se reconozca claramente, la conversación seguirá produciendo más shock que entendimiento.

Tal vez la pregunta más importante ya no sea cómo defender mejor a Israel dentro de instituciones progresistas.

Tal vez la pregunta más difícil sea otra:

¿entienden realmente las comunidades judías el cambio moral y cultural que ya ocurrió alrededor de ellas?

Allen Zeesman

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