Una exhaustiva investigación desarrollada durante meses, distribuida en varios volúmenes y basada en testimonios de sobrevivientes, personal médico, rescatistas, expertos forenses y abundante material audiovisual, concluyó que la violencia sexual perpetrada durante la masacre del 7 de octubre constituyó un componente sistemático e integral de la ofensiva terrorista llevada a cabo por Hamas y otros participantes de la invasión a Israel.
Las conclusiones del informe demolieron definitivamente los intentos iniciales de relativizar o negar las atrocidades. Las violaciones, mutilaciones sexuales, torturas y humillaciones no fueron hechos aislados ni excesos individuales producto del caos del ataque, sino prácticas utilizadas deliberadamente como armas de terror psicológico colectivo.
Los testimonios recopilados describen violaciones grupales, abusos frente a familiares, agresiones incluso contra cadáveres y mutilaciones deliberadas. En numerosos casos, los perpetradores filmaron a las víctimas o fotografiaron los cuerpos para enviar las imágenes a sus familias, transformando el sufrimiento en una prolongación calculada del terror. La violencia no buscó únicamente asesinar, sino degradar, humillar y quebrar emocionalmente tanto a las víctimas directas como a toda la sociedad israelí.
Las agresiones sexuales fueron utilizadas como instrumentos de guerra y deshumanización. El sadismo no fue accidental. La difusión de imágenes, las filmaciones de abusos y la exhibición pública de la humillación revelan una metodología destinada a sembrar miedo, destruir la dignidad humana y provocar un trauma colectivo perdurable.
Con el correr de los meses también quedó en evidencia que en la masacre no participaron únicamente miembros de Hamas y de la Jihad Islámica Palestina. Diversas investigaciones posteriores señalaron asimismo la intervención de civiles gazatíes que ingresaron junto a los terroristas a territorio israelí, así como denuncias sobre la participación o colaboración de empleados vinculados a la UNRWA. Estos elementos profundizaron todavía más la conmoción y erosionaron las narrativas iniciales que intentaban presentar los hechos como acciones limitadas exclusivamente a combatientes armados.
Además de los jóvenes asesinados y secuestrados en el festival Nova por la Paz, los terroristas irrumpieron en kibutzim del sur de Israel y perpetraron matanzas de una brutalidad extrema contra familias enteras, ancianos, mujeres, niños y bebés. Muchos de esos kibutzim habían estado históricamente identificados con posiciones pacifistas, de izquierda y favorables a la convivencia con los palestinos. La barbarie no distinguió ideologías ni trayectorias personales.
Viviendas incendiadas con sus habitantes en el interior, cuerpos calcinados, niños y bebés asesinados, familias ejecutadas dentro de sus hogares y escenas de sadismo difícilmente concebibles formaron parte del panorama encontrado por rescatistas y equipos forenses en los días posteriores a la masacre. El ataque destruyó incluso a quienes durante años habían defendido activamente el diálogo y la coexistencia.
Entre las víctimas había jóvenes de distintas nacionalidades que participaban del festival Nova, además de numerosos israelíes y judíos identificados como tales. El ataque no distinguió entre ciudadanos israelíes, extranjeros, mujeres o jóvenes reunidos en un evento dedicado precisamente a la música, la convivencia y la libertad personal. La barbarie alcanzó indiscriminadamente a todos ellos.
Sin embargo, frente a semejante nivel de atrocidades, resultó impactante la reacción de amplios sectores feministas, organizaciones internacionales y movimientos de izquierda occidentales. Mientras se acumulaban testimonios sobre violaciones grupales, mutilaciones y torturas, muchos de quienes históricamente proclamaron la defensa irrestricta de las mujeres evitaron condenas claras o reaccionaron con una frialdad imposible de imaginar ante víctimas de cualquier otra procedencia.
La utilización de la violencia sexual como arma de guerra no constituye una novedad histórica. Lo verdaderamente revelador fue comprobar que, para ciertos espacios ideológicos contemporáneos, la empatía parece depender de la identidad de las víctimas. El sufrimiento dejó de ser universal para transformarse en un hecho políticamente clasificable. El universalismo desaparece cuando las víctimas israelíes y judías no encajan en el relato dominante.
Resulta difícil comprender cómo, después de semejantes atrocidades, amplios sectores del mundo continúan sintiendo simpatía política, ideológica o emocional hacia quienes utilizaron violaciones, torturas y mutilaciones como armas deliberadas de terror contra víctimas israelíes y judías. Las imágenes del 7 de octubre no mostraron únicamente terrorismo: exhibieron una degradación moral profunda que demasiados observadores prefieren minimizar o relativizar.
Una sociedad como la palestina, que celebra, justifica o banaliza semejante horror, difícilmente pueda aspirar a construir un Estado basado en la convivencia, la dignidad humana y la paz. Pero igualmente inquietante resulta comprobar cómo parte del mundo democrático parece dispuesto a tolerar, explicar o incluso romantizar esas atrocidades cuando las víctimas pertenecen al Estado judío.
No deja de ser revelador que numerosos gobiernos y organismos internacionales que hoy acusan a Israel de “genocidio” hayan reaccionado con tibieza, ambigüedad o silencio frente a las atrocidades documentadas del 7 de octubre. Mientras las imágenes de violaciones, mutilaciones, familias masacradas, niños y bebés asesinados recorrían el mundo, gran parte de la comunidad internacional pareció más preocupada por contextualizar, relativizar o explicar la barbarie que por condenarla con claridad moral.
Particularmente perturbador resulta comprobar que, paradójicamente después de la peor masacre de judíos desde la Shoá, el antisemitismo mundial haya experimentado un crecimiento alarmante en numerosos países. Ataques contra instituciones judías, agresiones físicas, intimidaciones en universidades, discursos de odio y manifestaciones abiertas de hostilidad hacia comunidades judías se multiplicaron en distintas partes del mundo. Como tantas veces en la historia, las víctimas terminaron nuevamente convertidas en objeto de sospecha, demonización o desprecio.
El silencio, la relativización e incluso la negación provenientes de amplios movimientos de izquierda y sectores progresistas frente a las atrocidades del 7 de octubre no sólo constituyeron una traición a las víctimas. También revelaron hasta qué punto el universalismo moral puede derrumbarse cuando las víctimas son israelíes y judías.
Rubén Kaplan
Periodista y escritor
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