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sábado 18 de julio de 2026
¡No voy a dejar que se muera! Con el Dr. Elias Rozillio Husny

¡No voy a dejar que se muera! Con el Dr. Elias Rozillio Husny

El Dr. Elías Rozillio Husny, otorrinolaringólogo con más de cuatro décadas de trayectoria, es un médico que no solo cura enfermedades, sino que cura personas.

Pero para entender al doctor, hay que conocer primero al hombre. Y para conocer al hombre, hay que remontarse mucho antes del quirófano, a una infancia en la Colonia Roma, a un taller mecánico lleno de grasa, a un grupo de primos vendiendo pecheras de colores en los camiones de la ciudad.

La historia del Dr. Rozillio comienza con una migración marcada por la pobreza y la esperanza. Sus abuelos llegaron desde Siria en condiciones paupérrimas —su familia materna vivió tres meses de travesía en tercera clase hasta llegar a Veracruz— buscando el país cálido y generoso que México siempre ha sabido ser con sus migrantes.

“México les abrió los brazos como a todos los migrantes que vinieron de España, de Europa, de Arabia, de Siria”, recuerda el doctor. “Siempre ha sido un país muy cálido y amigable con los que llegan.”

Su padre, hijo de esa primera generación y nacido en Haití, terminó apenas la primaria, pero compensó cada año de escuela con determinación pura; tomó cursos de mecánica en Estados Unidos, trajo equipos especializados y abrió uno de los primeros talleres en México dedicado a afinaciones y frenos de precisión.

Un pionero, a su manera, pero con una condición clara para sus hijos, ellos irían a la universidad. No habría taller que heredar, sino profesiones que construir.

Pecheras, thinner y la escuela de la calle

Elías Rozillio aprendió desde pequeño que el dinero no llegaba solo. A los 10 u 11 años, en las vacaciones escolares, salía con sus primos a recorrer la ciudad vendiendo pecheras —esos cuellos de tortuga coloridos que entonces estaban de moda— en salones de belleza, en las casas del vecindario y subiéndose a los camiones.

Éramos como 10 o 15 primos. Las mujeres compraban todo, todo. Llegabas a tu casa con dinero en la bolsa después de haber trabajado duro, y era muy agradable.”

Más adelante vendría el taller paterno, donde las vacaciones de preparatoria se convirtieron en jornadas de nueve de la mañana a siete de la noche, con las manos llenas de grasa y el thinner como único jabón. Una vez, después de dos meses de trabajo intenso, alguien robó todos sus ahorros de su ropero. “Me dolió mucho“, admite. “Pero también lo fui superando.

Esas experiencias tempranas no fueron simples anécdotas, fueron la fragua de un carácter.

La honestidad como legado

Si hay un valor que el Dr. Rozillio menciona con la convicción de quien ha vivido comprobándolo, es la honestidad. Lo aprendió de su padre, que jamás quiso deber un centavo a nadie. Lo reforzó en las escuelas religiosas por las que pasó y lo transmitió, a su vez, a sus propios hijos.

“Tal vez alguien no tenga una profesión, ni un oficio, ni una carrera. Pero si es honrado, tiene la llave de la puerta del éxito. ¿Quién no quiere un empleado honesto en su vida? Eso es una garantía que no cualquiera tiene.”

Para él, la honestidad no es una virtud abstracta, es una estrategia de vida. Una que, según su experiencia, abre puertas que el dinero fácil tarde o temprano cierra.

La UNAM y el deporte como escuela

Antes de entrar a la Facultad de Medicina de la UNAM —que el doctor recuerda como “un mosaico de toda la sociedad mexicana”— el deporte le dio algo que ningún libro podría haberle enseñado: disciplina. Nadaba cuatro mil metros diarios en el Club Deportivo Israelita, tres horas y media en la alberca, todos los días, bajo la amenaza simple de ser sacado del equipo si no cumplía. También llegó cerca de la cinta café en karate.

Esa misma exigencia física la encontraría en las aulas. Un maestro lo resumió sin rodeos:

“Aquí es disciplina de las nalgas. Se tienen que sentar con un libro y estudiar, aunque les duelan las pompas.”

Doce horas diarias de estudio. La UNAM por las mañanas, los libros por las tardes. Y entre medias, clases de biología y química que daba él mismo para pagarse los gastos, porque la universidad era gratuita pero los libros y los uniformes no.

La noche que Dios estuvo presente

Hay una anécdota que el Dr. Rozillio guarda con especial reverencia. Sucedió durante su internado en el Hospital General, cuando era el escalafón más bajo de la jerarquía médica: el que recibe órdenes, el que trabaja de noche, el que carga camillas por pasillos vacíos a las tres de la madrugada.

Esa noche, el residente que lo relevaba le señaló a un joven de 18 años en la cama cuatro y le dijo, casi de pasada: Ese se te va a morir. De hecho, ya te firmo el acta de defunción.”

El Dr. Rozillio decidió que no.

Con sus conocimientos de interno, con una enfermera para todo el pabellón y con la ayuda improvisada de otros pacientes que se pusieron guantes para asistirlo, pasó la noche completa trabajando: le hizo dos venodisecciones porque no le encontraba las venas, le administró sueros, cortisona, antibiótico y, cuando el corazón empezó a fallar, adrenalina diluida.

A las seis de la mañana, el joven abrió los ojos.

Cuando llegó el residente a relevarlo, preguntó a qué hora había muerto el paciente. El Dr. Rozillio simplemente le pidió que pasara a verlo. Lo encontró sentado, comiendo su gelatina.

Esa experiencia estuvo 100% en manos de Dios“, dice el doctor.

Fe, familia y el día más feliz de su vida

La fe del Dr. Rozillio no es ceremonial. Es cotidiana, razonada, casi científica: “Este mundo no se pudo haber hecho de la nada. Nadie ha logrado crear una célula viva en un laboratorio. Tuvo que haber un creador.”

Y en esa misma lógica de certezas profundas ubica a su familia. Lleva más de 42 años casado con la misma mujer, en una época que, como él mismo apunta, “todo es desechable“. El día más feliz de su vida, sin embargo, no fue una cirugía exitosa ni un reconocimiento académico, fue el momento en que su hijo nació por cesárea de emergencia —el cordón umbilical enrollado dos veces en el cuello— y salió sano del quirófano.

“Hasta el día de hoy me acuerdo de ese momento. Fue el día más alegre de mi vida.”

Hoy, como abuelo, confiesa que gran parte de lo que da a sus nietos viene de su madre, esa abuela siria que aguantó los golpes más duros de la pobreza “siempre con una sonrisa en la boca”. De ella heredó el instinto de reírse de la vida, incluso cuando la vida no da muchas razones.

El Dr. Elías Rozillio Husny es socio emérito y fundador de la Sociedad Médica Ángeles de las Lomas, miembro del Consejo Mexicano de Otorrinolaringología y de la Sociedad Mexicana de Otorrinolaringología y Cirugía de Cabeza y Cuello.

Participó en la fundación de una unidad médica comunitaria, impulsó el movimiento juvenil Jabad Shalom y lideró Juventud Magen David. A los 23 años vivió solo en la brecha de Sinaloa, siendo el único médico de toda una comunidad durante un año.

Pero más que cualquier credencial, lo que define al doctor es algo que no aparece en ningún currículum: la convicción de que se puede construir una vida íntegra desde la honestidad, el trabajo y el servicio a los demás.

“La honestidad es el legado más importante que les dejo a mis hijos”, afirma. “Sean honestos, hagan lo que hagan en la vida, les va a abrir siempre las puertas.”

El Dr. Rozillio ofrece una definición diferente de éxito. Una construida no sobre reconocimientos ni consultorios llenos, sino sobre noches enteras velando a un paciente de 18 años, sobre manos llenas de grasa de taller, sobre una sonrisa heredada de una abuela siria que nunca se rindió.

Una definición que, viniendo de quien viene, resulta  difícil  de rebatir.

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