La Parashá de esta semana, Bamidbar, comienza con un censo militar. HaShem le ordena a Moshé contar a todos los hombres de Israel de veinte años para arriba, kol yotse tsava beIsrael, “todos los que sirven en el ejército de Israel” (Bamidbar 1:3). El resultado es preciso: 603,550 soldados.
La Torá pudo haber dicho simplemente “una gran multitud.” En cambio, nos da una cifra exacta, tribu por tribu, hombre por hombre.
Un paralelo asombroso
Este censo transforma al pueblo de Israel de una multitud que salió de Mitsrayim en una nación organizada. Cada hombre es contado individualmente, asignado a una tribu, a una bandera, a una posición específica en el campamento. Y hasta en la guerra.
Hoy, el ejército de Israel cuenta con aproximadamente 170,000 soldados en servicio activo (sadir) y unos 430,000 o 440,000 reservistas (Miluim) que, como ocurrió después del 7 de octubre, pueden ser movilizados ante una emergencia. La cifra combinada es notablemente cercana al censo de Bamidbar. Hemos vuelto a tener un ejército bíblico, creo que por primera vez desde los tiempos de Sinaí.
En el actual ejército judío, el principio es el mismo: cuando Israel necesita defenderse, no envía a un ejército profesional separado del pueblo. El pueblo es el ejército. El maestro, el ingeniero, el médico, el rabino, el músico, todos dejan su vida civil y se ponen el uniforme. Kol yotse tsava beIsrael.
El elemento esencial
Pero hay algo mucho más profundo que une al ejército de Bamidbar con el ejército de Israel de hoy, y que ningún otro ejército del mundo posee.
El ejército de Bamidbar marchaba detrás del Aron haBerit, el arca del pacto entre Dios e Israel. El campamento se organizaba alrededor del Mishkan, el tabernáculo en el que los judíos iban a sentir la presencia Divina, la Shejina. Esa presencia de HaShem no era un símbolo decorativo, era el centro literal y físico de la formación militar. La guía, la brújula del ejército judío. Cuando Israel sale a la guerra, Dios “sale” con ellos.
El moderno ejército de Israel es un ejército admirable, con la mejor fuerza aérea del mundo y la tecnología más avanzada: Cúpula de Hierro, F-35, inteligencia cibernética de primer nivel y mucho más. Pero eso no es todo. No es lo que hace al ejército judío un ejército de Dios. Los soldados del ejército de Israel no son simplemente profesionales militares. Llevan tsitsit debajo del uniforme, incluso aquellos que convencionalmente no se consideran religiosos. Se ponen tefilin en el frente de batalla, incluso aquellos que no siempre lo hacen en casa. Recitan Shema Israel antes de entrar en combate. Bailan con la Torá en las bases militares. Hacen Kidush, honran al Shabbat y mucho más.
Ellos saben algo que el mundo no entiende: el verdadero poder de Israel nunca fue el número ni la tecnología.
El Rey David lo dijo con claridad:
“Entre los pueblos gentiles, algunos se ufanan de sus carros (sus tanques), otros de sus caballos de guerra, pero nosotros, los judíos, nos enaltecemos al invocar el Nombre de ה׳ nuestro Dios” (Tehilim 20:8).
Lo que la Parasha nos enseña
El censo de Bamidbar no era un ejercicio burocrático. Era una declaración: este ejército es diferente. Cada soldado tiene nombre, linaje y lugar. Cada soldado pelea con algo sagrado en el centro de su campamento.
Hoy, mientras los soldados de Israel arriesgan sus vidas para defendernos, entendemos: somos el mismo pueblo, el mismo ejército, contados uno por uno, cada uno precioso ante los ojos de HaShem, y cada uno cargando con algo que ningún arma puede reemplazar.
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