Hace 3500 años, el pueblo de Israel, en el desierto del Sinaí, vivió el evento más importante de la historia humana: una alianza, un pacto formal — un Berit — entre la nación hebrea y HaShem. Este pacto es único en la historia de la humanidad y define al judaísmo: no es una religión. Es un Pacto Eterno entre Dios e Israel.
En la festividad de Shabuot recordamos este pacto, que en hebreo se suele llamar Maamad Har Sinai: el evento, el pacto, que tuvo lugar en el Monte Sinaí.
Este evento se describe en detalle en los capítulos 19, 20 y 24 del libro de Shemot.
La mejor manera de comprender el desarrollo de esta alianza es verla como la vieron nuestros profetas y poetas a través de los siglos: una “boda” entre HaShem y Am Israel. Un casamiento que nace del amor mutuo y se establece en un compromiso de fidelidad y lealtad.
Y como toda boda, tuvo tres momentos: la propuesta, el compromiso y la boda misma.
LA PROPUESTA (1 de Siván)
En el primer día del mes de Siván, Moshé ascendió al Monte Sinaí y recibió este mensaje divino (Shemot 19:3-6):
«Esto le dirás a la casa de Yaaqob y así hablarás a los hijos de Israel: ustedes han visto lo que hice a los egipcios, y cómo los he guiado a ustedes como un águila sobre sus alas, y los he traído hacia Mí. Y ahora, si ustedes aceptan obedecer Mi voz y cumplir con Mi pacto, se convertirán en la posesión más preciosa para Mí — segulá — entre todas las naciones… y se convertirán en un reino de sacerdotes y en una nación consagrada».
Esta fue la propuesta. HaShem “le pidió la mano” a Israel:
«¿Quieren ser Mi pueblo especial? ¿Aceptan convertirse en un reino de sacerdotes — cohanim — consagrado a servirme, a aprender y enseñar Mis leyes, y a dar testimonio de Mi existencia?»
Ser una Nación de Sacerdotes implica el privilegio de la cercanía con HaShem. Pero ese derecho exige también un nivel muy alto de moralidad y un número mucho mayor de obligaciones y preceptos. Es el principio de “Nobleza obliga”.
Cuando Moshé presentó los términos de este pacto al pueblo, este, con una sola voz, dio el primer “sí” (Shemot 19:8): «Todo lo que HaShem ha dicho, haremos» — na’ase.
Pero, igual que en un compromiso matrimonial, este “sí” todavía no era el casamiento formal. Era la aceptación de la propuesta, la voluntad de entrar en el pacto. En los días siguientes, Am Israel se preparó — como el novio y la novia que se preparan para el gran día.
LA PREPARACIÓN (Mikvé)
Cuando Israel expresó su disposición, HaShem anunció que se revelaría a toda la nación dentro de tres días, en Shabuot. Dios le dijo a Moshé (Shemot 19:10-11):
«Consagra al pueblo hoy y mañana. Que se purifiquen, que laven sus vestimentas y se preparen para el tercer día, porque ese día descenderé al Monte Sinaí a la vista de todos».
Según nuestros Sabios, la purificación y el lavado de las vestimentas se refieren a la inmersión en un mikvé o baño ritual — lo mismo que hace una novia antes de la boda. Los Bene Israel se purificaron durante esos tres días (3, 4 y 5 de Siván) y quedaron listos para el día siguiente.
EL COMPROMISO (la noche del 6 de Siván)
En la noche del 6 de Siván, la ceremonia continuó hacia su etapa más formal: HaShem enunció los Diez Mandamientos, los primeros términos del Pacto. Esta fue la única vez en la historia que HaShem se reveló a una nación entera. Dios pronunció directamente, sin la mediación de Moshé, los dos primeros mandamientos.
La Torá nos cuenta que el pueblo no pudo tolerar físicamente el impacto de la Revelación Divina. HaShem no habla con una voz producida por cuerdas vocales; la voz divina y su efecto son indescriptibles. La Torá expresó esta experiencia única con una frase singular: «Y el pueblo veía las palabras». Vieron las palabras — probablemente en su mente, telepáticamente — cuando HaShem les hablaba.
Los Sabios explican que la experiencia fue tan intensa que se hizo parte de la memoria genética judía, moldeó nuestro carácter y reforzó nuestra creencia en HaShem: en ese momento nos convertimos en testigos de la existencia de Dios (אַתֶּם עֵדַי). Ningún otro pueblo experimentó esta revelación.
Después del segundo mandamiento, el pueblo pidió la mediación de Moshé para recibir el resto de las Mitzvot. Esa misma noche, tras escuchar todos los preceptos (Shemot 21-23, los mishpatim), el pueblo declaró por segunda vez su disposición a aceptar entrar en un pacto con Dios (Shemot 24:3):
«Moshé transmitió al pueblo todas las palabras de HaShem y todas las leyes. Y el pueblo respondió con una sola voz: Todo lo que HaShem dijo, lo haremos» — na’ase.
Este fue el compromiso formal. Moshé permaneció despierto toda la noche y escribió lo que HaShem le había transmitido en un documento que la Torá llama, sugestivamente, Sefer haBerit — el Libro del Pacto. Es la Ketubá de esta boda.
LA BODA (la mañana del 6 de Siván)
Al amanecer del 6 de Siván, Moshé erigió un altar — que representa la Presencia Divina — y doce pilares, que representan a las doce tribus de Israel. Envió a los jóvenes a ofrecer sacrificios, tomó la sangre y la dividió en dos: una mitad en los receptáculos junto a los pilares, la otra mitad en el altar.
Así describe la Torá la ceremonia (Shemot 24:7):
«Entonces Moshé tomó el Sefer haBerit, el libro del pacto que incluía los Diez Mandamientos y las leyes básicas de los Mishpatim, y lo leyó en los oídos del pueblo. Y el pueblo declaró: Todo lo que HaShem ha dicho, lo haremos y obedeceremos».
Las palabras más famosas de toda la historia judía son estas: na’ase venishma — נַעֲשֶׂה וְנִשְׁמָע. Significan: «Aceptamos hacer todo lo que hemos escuchado hasta ahora, y obedeceremos también todos los preceptos que HaShem nos pida en el futuro (613 preceptos)». Este fue el “sí, quiero” definitivo.
Entonces Moshé tomó la sangre y la roció sobre el altar — que representa a HaShem — y sobre los pilares que representan al pueblo, diciendo (Shemot 24:8):
«Esta es la sangre del pacto que HaShem ha establecido con ustedes, sobre la base de todas estas palabras».
Esta era la manera en que se celebraba un pacto en aquellos días. Hoy sería una ceremonia de firmas, apretones de manos, fotografías, etcétera.
Con esta ceremonia formal quedó sellado nuestro Pacto eterno con HaShem.
HaShem nos adoptó como Su pueblo: nos supervisa directamente, no permite que Israel desaparezca y nunca nos abandonará ni cancelará esta alianza. Israel, por su parte, aceptó ser gobernado por la Ley Divina, la Torá, transformándose en una Nación de Sacerdotes.
Desde ese momento, nos convertimos en el pueblo elegido — como casados con HaShem — y nos comprometimos, para siempre, a ser leales a Dios y a obedecer la Torá, que desde ese día adoptamos como la Constitución de nuestra nación.
El judío, gracias a este Pacto, tiene la posibilidad de mantener una “conversación” permanente con Dios, sin intermediarios: escucha a Dios cuando estudia Torá, y le habla directamente —en la segunda persona del singular, Atá— cuando reza.
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