La reciente decisión de Francia de excluir a Israel del salón internacional de defensa Eurosatory, una de las exposiciones militares más importantes del mundo, constituye mucho más que una controversia diplomática o comercial. Para numerosos observadores, se trata de una nueva manifestación del progresivo distanciamiento que viene produciéndose desde hace años entre París y el Estado judío.
La medida se suma a las reiteradas críticas formuladas por el presidente Emmanuel Macron contra las operaciones militares israelíes en Gaza y el Líbano. Particular controversia generaron sus declaraciones exigiendo el retiro de las fuerzas israelíes del sur libanés y afirmando que nada justificaba dicha intervención. Sin embargo, resulta difícil ignorar el contexto que condujo a esa situación. Hezbollah comenzó a atacar territorio israelí el 8 de octubre de 2023, apenas un día después de la masacre perpetrada por Hamas. Desde entonces lanzó ininterrumpidamente miles de cohetes, misiles y drones contra poblaciones civiles del norte de Israel, obligando a decenas de millares de personas a abandonar sus hogares. Más recientemente, la organización terrorista incorporó drones guiados mediante fibra óptica, cuya neutralización continúa representando un importante desafío tecnológico y militar para Israel.
La percepción de un doble estándar surge precisamente de esa omisión. Mientras se exige a Israel moderación o retirada, con frecuencia se minimiza la responsabilidad de quienes iniciaron las agresiones o utilizan sistemáticamente a la población civil como instrumento de guerra.
No se trata, sin embargo, únicamente de desacuerdos diplomáticos. La creciente distancia entre Francia e Israel refleja transformaciones más profundas que atraviesan a la sociedad francesa desde hace décadas.
En 2012, Francia quedó conmocionada por el brutal atentado perpetrado en Toulouse por el terrorista islamista Mohamed Merah, quien asesinó al rabino Jonathan Sandler, a sus hijos Gabriel y Arieh y a la pequeña Myriam Monsonego simplemente por ser judíos. Aquel crimen provocó una ola de indignación nacional y renovadas promesas oficiales de combatir el antisemitismo con firmeza.
Tres años después, Francia volvería a sufrir otro trauma nacional con la masacre perpetrada contra la redacción de Charlie Hebdo. El terrorismo islamista ya no atacaba únicamente a los judíos, sino también a periodistas, caricaturistas, policías y a uno de los valores más emblemáticos de la República: la libertad de expresión. Aquella tragedia confirmó que el fanatismo no distinguía entre judíos y no judíos, entre creyentes y laicos, ni entre defensores o críticos de Israel. Francia descubría dolorosamente que la amenaza que había golpeado a una escuela judía en Toulouse formaba parte de un fenómeno mucho más amplio.
Sin embargo, los años transcurridos desde entonces parecen demostrar que el problema estaba lejos de ser circunstancial. Francia continúa registrando elevados niveles de incidentes antisemitas y un creciente número de judíos franceses ha optado por emigrar a Israel ante la sensación de inseguridad y la incertidumbre respecto del futuro de sus comunidades.
La paradoja resulta evidente. Mientras los sucesivos gobiernos franceses reiteran su compromiso en la lucha contra el antisemitismo, numerosos judíos perciben que la hostilidad hacia Israel ha dejado de limitarse al terreno de la crítica política legítima para transformarse, en algunos ámbitos, en una forma de deslegitimación que inevitablemente termina proyectándose sobre las comunidades judías locales.
Un fenómeno particularmente revelador pudo observarse recientemente durante las celebraciones por la consagración del Paris Saint-Germain. En medio de los festejos y de los graves episodios de vandalismo registrados en distintas ciudades francesas, la presencia masiva de banderas palestinas llamó la atención de numerosos observadores. El conflicto de Medio Oriente parecía irrumpir una vez más en las calles francesas, incluso en un contexto completamente ajeno a él.
Más allá de las distintas interpretaciones posibles, el episodio puso de manifiesto hasta qué punto la causa palestina se ha convertido para determinados sectores en un símbolo identitario que trasciende ampliamente el conflicto palestino-israelí y se proyecta sobre debates internos relacionados con inmigración, integración, multiculturalismo y pertenencia nacional.
Las posiciones adoptadas por el oblicuo Macron respecto de Israel tampoco pueden desvincularse de ese contexto interno. Francia alberga una de las comunidades judías más importantes de Europa, pero también una de las mayores poblaciones musulmanas del continente. La coexistencia entre ambas comunidades, las tensiones derivadas de los conflictos en Medio Oriente y las transformaciones demográficas y culturales de las últimas décadas forman parte de una realidad que condiciona crecientemente la vida política francesa.
La situación adquiere una dimensión aún más inquietante cuando se la observa desde una perspectiva histórica. Francia fue cuna de los ideales republicanos modernos y uno de los países que más contribuyó al desarrollo de los principios de ciudadanía, igualdad ante la ley y libertades individuales. Sin embargo, también fue escenario del Caso Dreyfus, del colaboracionismo de Vichy durante la Segunda Guerra Mundial y de algunas de las expresiones contemporáneas más preocupantes del antisemitismo europeo.
Las lecciones de Toulouse y Charlie Hebdo parecían haber demostrado que el problema no residía en Israel ni en los judíos franceses, sino en el avance de corrientes radicales que rechazaban principios fundamentales de la convivencia democrática. Quizá por ello resulte inevitable preguntarse qué ocurrió con aquellas enseñanzas.
Después de los atentados islamistas, del crecimiento del antisemitismo, de la emigración de miles de judíos franceses hacia Israel y de años de amenazas provenientes de organizaciones terroristas controladas por Irán, como Hezbollah y Hamas, la presión política y diplomática parece dirigirse cada vez más contra Israel que contra quienes iniciaron la violencia.
La exclusión de Israel de Eurosatory constituye, en ese sentido, mucho más que una decisión administrativa. Representa el símbolo de la creciente distancia que separa hoy a Francia del Estado judío y de una evolución política y cultural cuyas consecuencias aún están lejos de poder medirse en toda su magnitud.
Rubén Kaplan
Periodista y escritor
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