Rabino Yerahmiel Barylka / Parashat Beahalotja

La esencia de la vida y de la historia judías reside en la capacidad de sobrellevar la frustración y la decepción, y en la resiliencia frente al fracaso y la tragedia. Un breve recorrido por nuestras fuentes revela diversas estrategias desarrolladas a lo largo de los siglos para sobrevivir, reinterpretar y trascender la adversidad. 

Rabí Nájum Ish Gamzu enseñaba que incluso aquello que parece negativo contiene un bien oculto; es preciso buscar el sentido dentro de la dificultad. La frustración puede convertirse en una transición hacia algo mejor que aún no alcanzamos a ver. Rabí Akiva afirmaba: Todo lo que hace el Misericordioso es para bien” (Berajot 60b). Su enfoque invita a reformular la experiencia para extraer de ella un aprendizaje: aquello que hoy decepciona puede ser, en realidad, protección o preparación.

El Rambán (Najmánides), en su Igueret, la carta dirigida a su hijo enseña que la humildad es la clave para gestionar la ira, la frustración y la decepción. La humildad no implica rebajarse, sino reconocer que no controlamos todos los aspectos de la realidad. La frustración disminuye cuando dejamos de exigir que el mundo se ajuste a nuestras expectativas.

Los Sabios enseñan que habitamos un mundo “imperfecto por diseño”. Qohelet afirma: “No hay justo en la tierra que haga el bien y no peque” (7:20). El Talmud añade: “El ser humano fue creado el último… para que, si se enorgullece, se le diga: incluso un mosquito fue creado antes que tú (Sanedrín 38b). La decepción, por tanto, es un componente estructural de la existencia, no un fallo personal.

La tradición del Musar sostiene que la frustración es una señal interna que invita a perfeccionar una virtud, un hábito o una expectativa. La jasidut añade que la energía emocional puede elevarse y transformarse: la emoción negativa puede convertirse en un impulso positivo y creador.

El comienzo de la parashá de esta semana reconoce que cometer errores constituye una parte integral del proceso de desarrollo de la vida. Se aprende más de los errores que de los aparentes éxitos y triunfos, y se nos enseña algo particularmente difícil de practicar: la generación siguiente debe ser capaz de valerse por sí misma.

Rashí explica que el cohen que encendía las luces del candelabro del Tabernáculo acercaba la vela encendida a la mecha de la lámpara “hasta que la nueva llama se encendía por sí sola”. El mensaje es claro: cuando la llama es capaz de elevarse por sí misma, la vela utilizada para encenderla debe retirarse. La nueva llama debe arder autónomamente.

La historia registra diversas épocas en las que nuestro pueblo se enfrentó a desafíos y dificultades, así como al problema de ser una voz moral y, al mismo tiempo, una minoría demográfica reducida. Cada generación, sin embargo, debió afrontar sus propios desafíos particulares, condicionados por su tiempo y su lugar.

Aunque las estrategias generales de supervivencia judía —Torá y observancia, conducta moral, actitud optimista y resiliencia— permanecieron inalterables, las tácticas concretas de supervivencia y de éxito judío cambiaron y se adaptaron. La llama debía alzarse por sí misma, o la ayuda y la presencia de la generación anterior se desvanecerían de manera inexorable.

Parte del desafío de nuestra sociedad actual radica en su dependencia de las generaciones pasadas, ya sea en el plano financiero, moral, intelectual, cultural o social. Esta transición hacia la autonomía rara vez se logra de manera fácil o indolora. Y, en verdad, muchos nunca alcanzan esta transición y permanecen en un estado de dependencia abyecta durante toda su vida.

Recrear un pasado idealizado y justificar políticas que ya han demostrado ser ineficaces solo agrava los problemas que enfrentamos. No se permite que la nueva llama crezca y arda por sí misma. La tarea del pasado es instruir, fortalecer e iluminar la nueva llama, no sofocarla con su presencia.

Determinar dónde debe trazarse esta línea es cuestión de sabiduría y visión de futuro, de responsabilidad y de integridad. Aarón, el Cohen Gadol, fue el encargado de esta tarea. Su amor por los demás garantizaba que encendería correctamente las lámparas del futuro con la ayuda de la vela que sostenía en sus manos.
_______________________________________________________________________________
Las opiniones, creencias y puntos de vista expresados por el autor o la autora en los artículos de opinión, y los comentarios en los mismos, no reflejan necesariamente la postura o línea editorial de Enlace Judío. Reproducción autorizada con la mención siguiente: © EnlaceJudío

Yerahmiel Barylka: "Después de liderar el movimiento juvenil Ezra, a los diecisiete años de edad se inició en la educación formal, dirigiendo la Escuela Religiosa Israelita Heijal Hatorá, en Buenos Aires, luego de lo cual fue profesor del Instituto de Superior de Estudios Judaicos (Majón Lelimudey Haiadut) y dirigió las escuelas Talpiot y José Caro en Buenos Aires. Durante 11 años fue el director de la Agrupación Juvenil Ramah de la Congregación Israelita de la República Argentina en la que centenares de jóvenes tuvieron sus primeras vivencias religiosas y participaron en sus actividades educativas. Se desempeñó como Capellán de los Institutos Penales de Buenos Aires, entre 1960 y 1976, asistiendo a los internos de religión judía en sus necesidades espirituales personales y espirituales. Se trasladó a México en el año 1976 convocado para dirigir la escuela Yavne y durante su larga estadía en ese país, dirigió el Seminario de Maestros Hebreos que luego se convirtió en la Universidad Hebraica, el Centro de Estudios Judaicos (CEJ), la representación en México del Instituto Weizmann de Ciencias de Rehovot, Israel, y fue Asesor de Presidencia de la Comunidad Maguen David. Actualmente se desempeña como asesor de comunidades judías latinoamericanas y como Director General de Otot -Servicio de consultoría educativa y comunitaria especializado en las comunidades judías de habla española."