Rabino Yosef Bitton / Behaaloteja: La ansiedad del que no le falta nada

Ansiedad clínica, y la otra

Hay varios tipos de ansiedad, y conviene no confundirlos. Está la ansiedad clínica —la angustia con una causa real, el miedo ante una amenaza concreta, el ataque de pánico, las palpitaciones—; esta ansiedad es un asunto médico, pertenece a otro terreno y debe ser tratada por profesionales. Nada de lo que sigue se refiere a ella.

Hay otra ansiedad, más cultural y hasta espiritual si se quiere: la que brota del materialismo y de la abundancia. No es la ansiedad del que no tiene qué comer; es exactamente lo contrario: la del que lo tiene todo.

Esa fue, más o menos, la situación de los hijos de Israel en el desierto. El Creador les proveía todo lo que necesitaban: experimentaban un nivel de satisfacción y plenitud material que ninguna generación volvió a conocer. El maná (man) caía del cielo cada mañana: no había que sembrarlo, ni cosecharlo, ni almacenarlo, ni temer por el de mañana. Era un alimento completo, de buen sabor, nutritivo y saciante. Y resolvía el mayor problema que había desvelado a la humanidad desde Adam: ¿de dónde conseguiré el sustento? En Egipto habían trabajado como bestias de carga solo para resolver eso: qué comer. Ahora estaba resuelto. Y fue precisamente entonces, en la prosperidad, con todo lo material satisfecho, cuando estalló la crisis.

La ansiedad y el vacío existencial 

Conviene entender la mecánica de este irónico estado de plenitud. El ser humano tiene una energía mental activa hecha para resolver problemas: procurar el pan, defender a los suyos, levantar un techo. Esa energía no se evapora cuando los problemas desaparecen; queda intacta, encendida, buscando dónde aplicarse. Y cuando no encuentra un objetivo no material al cual entregarse, se transforma en ansiedad. Entonces afloran, desde el subsuelo de la mente, asuntos que pertenecen al universo de lo trivial e intrascendente (en hebreo, shtuyot) y que de pronto ocupan el vacío que quedó en el centro de la mente: ya no es “no tengo lo que comer”, sino “¿qué se me antoja hoy, el bife medium o medium well?”; ya no es “no tengo qué ponerme para protegerme del frío”, sino “¿cuál de los quince pares de zapatos del clóset me queda mejor con este vestido?”. Los mismos judíos que durante siglos trabajaron como esclavos por un pedazo de pan, ahora se quejan del maná y piden carne, y pescado. Y de postre, melón. ¡En el desierto!

No es casual que quienes primero se quejaron fueran el asafsuf: la gente de menor preparación espiritual, los que no abrazaban el nuevo objetivo nacional: aprender la Torá recién recibida, y prepararse para ser el pueblo de Dios. La libertad, sumada a la abundancia, sin un propósito claro, los dejó frente a un vacío para el que no estaban preparados: no tenían adónde dirigir esa energía sobrante. Les resultaba más fácil sobrellevar el yugo de la esclavitud que sostener una libertad sin contenido.

El error de diagnóstico

Lo que ocurrió en el desierto describe uno de los desafíos que vivimos hoy. Somos la generación más abastecida de la historia —la que erradicó el hambre de continentes enteros, la que tiene calefacción, aire acondicionado, medicina, comida en exceso y entretenimiento infinito— y somos también ¡la más ansiosa que ha existido! La curva es la inversa de lo esperable: cuanta más abundancia, más angustia; cuantas menos carencias reales, más shtuyot, más sufrimiento inventado.

Frente a esto es fácil errar el diagnóstico. Esta ansiedad concreta —no la clínica, que sí necesita tratamiento— suele tratarse como una avería que reparar. Pero, leída desde nuestra Parashá, esta clase de angustia no es un problema psiquiátrico: es espiritual. Y su remedio no es químico, sino de dirección.

Entrenamiento

La Torá presenta la situación paradisíaca del desierto como un nisayón: una prueba o, mejor dicho, un entrenamiento. Al liberar al pueblo de la lucha por la subsistencia, se fuerza la pregunta de fondo: ¿qué harás con tu energía mental cuando ya no necesites usarla para resolver tus problemas materiales?

La solución no es regresar a la escasez ni inventarnos privaciones; la escasez no nos hace mejores, solo nos distrae. La salida es darle a esa energía mental vital un objetivo que merezca la inversión: formar una familia, criar a los hijos, levantar un hogar con valores, estudiar Torá, acercarnos a Dios y mejorar nuestra Amidá. Ofrecernos como voluntarios en un hospital, en Bikkur Holim, en un asilo para cuidar ancianos, o en cualquier otra obra de bien.

Cuando falta la ocupación, nace la preocupación que crea la ansiedad. La mejor forma de dejar de rumiar en nuestras pequeñeces es ocuparnos en hacer cosas trascendentes, útiles, y beneficiosas para los demás.
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