Rubén Kaplan / Los escudos humanos: una estrategia terrorista que el mundo se niega a ver

La protervia de las organizaciones terroristas islamistas parece no conocer límites. Cada nueva guerra en Medio Oriente suele venir acompañada de las mismas imágenes, idénticas acusaciones e iguales polémicas. Sin embargo, detrás de la sucesión de conflictos existe una realidad incómoda que muchos gobiernos, organismos internacionales, medios de comunicación y activistas prefieren ignorar: la utilización sistemática de civiles como escudos humanos por parte de grupos terroristas.

Recientemente, diversas informaciones difundidas por las Fuerzas de Defensa de Israel denunciaron que Hezbollah no sólo continúa ocultando armamento e infraestructura militar en zonas civiles y cristianas del sur del Líbano, sino que además utiliza adolescentes y personas con discapacidades para tareas vinculadas a su actividad operativa cerca de la frontera israelí. Según las denuncias, la organización terrorista sigue empleando una metodología que no constituye una novedad, sino la prolongación de una práctica conocida desde hace décadas.

Lo verdaderamente sorprendente no es la denuncia en sí misma. Lo llamativo es que ese deleznable accionar no cause la repulsa que merece.

En junio de 2011 publiqué un artículo en el diario español Alerta Digital titulado “Hezbollah usa niños discapacitados como escudos humanos”. Allí se describían denuncias según las cuales la organización terrorista chiíta ocultaba armamento y actividades militares en instalaciones destinadas a menores con discapacidades físicas y mentales. En aquel momento, numerosos observadores consideraron aquellas advertencias como episodios excepcionales o exageraciones derivadas de la confrontación permanente entre Israel y sus enemigos.

Quince años después, las acusaciones vuelven a repetirse con inquietante similitud. La analogía resulta tan perturbadora como reveladora. No estamos ante un hecho aislado ni ante una circunstancia excepcional derivada de una guerra determinada, sino ante una conducta reiterada en el tiempo que parece formar parte de una concepción estratégica y moral profundamente degradada.

La cuestión de fondo trasciende incluso a Hezbollah. Hamas en Gaza, Hezbollah en el Líbano y otros grupos armados respaldados por Irán han sido acusados reiteradamente de almacenar armas en zonas residenciales, operar desde áreas densamente pobladas, utilizar hospitales, escuelas o lugares de culto con fines militares y convertir deliberadamente a la población civil en un componente más de su estrategia de guerra.

La lógica resulta tan perversa como eficaz. Al instalar infraestructura militar en medio de la población civil, estos grupos dificultan la respuesta de sus adversarios. Si el enemigo no responde, preservan sus capacidades militares. Si responde, las víctimas civiles son utilizadas inmediatamente como herramienta propagandística para desacreditar a Israel ante la opinión pública internacional.

La tragedia no termina allí. Las mismas organizaciones que afirman defender a sus pueblos terminan exponiéndolos a riesgos extraordinarios. Los civiles dejan de ser personas a proteger para convertirse en activos estratégicos cuyo sufrimiento puede explotarse políticamente.

Cuando quienes son utilizados como instrumentos de guerra son menores de edad o personas con discapacidades, la conducta trasciende incluso la lógica habitual del terrorismo para ingresar en un terreno de degradación moral particularmente perturbador. Resulta difícil concebir una demostración más acabada del desprecio por la dignidad humana que instrumentalizar precisamente a quienes deberían recibir la mayor protección.

Lo más preocupante es que gran parte de la comunidad internacional parece concentrarse exclusivamente en las consecuencias y no en las causas. Las imágenes de destrucción generan indignación inmediata y comprensible. Pero con demasiada frecuencia se omite preguntar por qué depósitos de armas, centros de comando o lanzaderas de misiles terminan emplazados en barrios residenciales, escuelas o instalaciones médicas.

Esta omisión no es menor. Ignorar la utilización de escudos humanos equivale, en la práctica, a recompensar esa conducta. Cuanto mayor sea el costo propagandístico impuesto al adversario, mayores serán los incentivos para continuar utilizándola. Quienes convierten a civiles en instrumentos de guerra descubren así que su estrategia no sólo les proporciona ventajas militares, sino también beneficios políticos y mediáticos.

Desde hace años, Israel denuncia este fenómeno. También lo han documentado investigadores, analistas militares y diversos organismos especializados. Sin embargo, cada nuevo conflicto parece reiniciar la discusión desde cero, como si las evidencias acumuladas durante décadas hubieran desaparecido o nunca hubieran existido.

Tal vez la pregunta más inquietante no sea por qué organizaciones terroristas recurren a métodos tan despiadados. Después de todo, el terrorismo se caracteriza precisamente por el desprecio hacia la vida humana y por la subordinación de cualquier consideración moral a sus objetivos políticos.

El verdadero interrogante es otro:

¿Cómo es posible que una estrategia denunciada repetidamente desde hace tantos años continúe siendo minimizada, relativizada o directamente ignorada por tantos sectores de la comunidad internacional? 

Quizá allí resida uno de los aspectos más perturbadores del conflicto. No sólo la existencia de quienes utilizan a civiles como escudos humanos, sino la persistente negativa de gran parte del mundo a reconocer plenamente una realidad que lleva décadas desarrollándose ante sus propios ojos.

La historia demuestra que los métodos pueden perfeccionarse, los escenarios mutar y las tecnologías pueden evolucionar. Lo que parece inalterable es la disposición de las organizaciones terroristas a utilizar a los más vulnerables como herramientas de guerra y la sorprendente predisposición de muchos observadores a mirar hacia otro lado.

Rubén Kaplan
Periodista y escritor
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