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jueves 04 de junio de 2026

Rubén Kaplan / Hezbollah, el Estado libanés y la ficción del desarme

Durante años, el gobierno libanés ha sostenido ante la comunidad internacional que avanzaba en el desarme de Hezbollah, organización terrorista armada y financiada por Irán. Sin embargo, la realidad sobre el terreno desmiente rotundamente estas afirmaciones. Lejos de desaparecer, la infraestructura militar del grupo se ha expandido y sofisticado, consolidando al sur del Líbano como plataforma avanzada de la estrategia regional iraní.

Desde el inicio de la actual fase de confrontación regional impulsada por Irán contra Israel, Hezbollah ha lanzado cientos de misiles, cohetes y proyectiles antitanque desde territorio libanés contra comunidades civiles israelíes. Esta campaña sostenida ha obligado a la evacuación prolongada de decenas de miles de ciudadanos israelíes del norte del país, convirtiendo la frontera libanesa en un frente activo de la guerra que Teherán libra por intermediación de sus aliados regionales.

La Resolución 1701 del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas establecía con claridad la desmilitarización del área al sur del río Litani. Sin embargo, la persistente presencia de unidades armadas, sistemas de misiles de precisión, centros logísticos y estructuras subterráneas demuestra que el Estado libanés no ha logrado —o no ha querido— ejercer su autoridad efectiva. Oficiales israelíes sostienen incluso que las fuerzas armadas libanesas compartieron información sobre supuestos avances en la desmilitarización que luego se revelaron falsos, lo que ha sido interpretado como una forma de engaño que permitió a Hezbollah reorganizarse y fortalecer posiciones estratégicas.

La militarización de localidades como El-Khiam, cuya ubicación dominante permite amenazar directamente a comunidades israelíes, ilustra la transformación del espacio civil en escenario de guerra híbrida. En este contexto, Israel considera que el incumplimiento libanés ha vaciado de contenido el marco de seguridad acordado tras la guerra de 2006.

Como consecuencia, el Estado judío se plantea la necesidad de redefinir la profundidad defensiva de su frontera norte, tomando el río Litani como límite operativo, aproximadamente treinta kilómetros al norte de la línea preexistente. Desde la perspectiva israelí, esta medida no responde a ambiciones territoriales, sino a la necesidad imperiosa de neutralizar la capacidad ofensiva de Hezbollah y permitir el retorno seguro de los  miles de ciudadanos israelíes que aún permanecen evacuados.

El desplazamiento masivo de civiles libaneses —estimado entre 800.000 y un millón de personas— ha sido presentado en numerosos foros internacionales como una tragedia humanitaria unilateral. Sin embargo, debe señalarse que las Fuerzas de Defensa de Israel advirtieron previamente a la población sobre la inminencia de los ataques en las zonas militarizadas por Hezbollah, en un intento de reducir víctimas civiles. La militarización sistemática de áreas residenciales y la utilización de población como escudo operativo constituyen factores determinantes en la generación de estas crisis.

El problema de fondo radica en la progresiva dilución del poder estatal efectivo. La coexistencia de estructuras formales con una milicia terrorista fuertemente armada y políticamente dominante configura una realidad de autoridad fragmentada, en la que decisiones fundamentales sobre guerra y paz se subordinan a dinámicas regionales impulsadas desde Teherán.

La historia ofrece, a veces, imágenes capaces de condensar el fracaso de una conducción política. La tradición recuerda que, tras la caída de Granada en 1492, el último emir nazarí, Boabdil, lloraba por la pérdida de la ciudad mientras su madre, Aixa al-Horra, le reprochaba: “Llora como mujer lo que no supiste defender como hombre”. Más allá de su exactitud histórica, la escena simboliza la tragedia de los poderes que renuncian a ejercer un control real sobre su territorio. En el Líbano contemporáneo, la incapacidad para desmantelar una estructura armada paralela amenaza con producir consecuencias igualmente irreversibles.

Rubén Kaplan.
Periodista y escritor
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