​Diego Sciretta / El desarraigo bajo fuego: La familia inmigrante frente a la guerra prolongada

Soldados de las FDI en el Libano (Portavoz de las FDI)

​El impacto de un conflicto bélico prolongado altera las fibras más íntimas de cualquier sociedad, pero cuando ese fenómeno se observa a través del prisma de la familia inmigrante, las grietas que se abren no son solo de carácter psicológico, sino estructurales. En estos hogares, la extensión del tiempo de guerra no hace más que profundizar una herida previa: la de la asimilación asimétrica, donde los hijos avanzan hacia la nueva realidad a una velocidad que los padres, atrapados en el choque cultural y lingüístico, simplemente no pueden seguir. 

La soledad del hijo conscripto: Sin legado para la guerra

​El vacío del consejo primario: El silencio de los padres

​En sociedades con una historia de conflicto permanente, la experiencia militar y los códigos de supervivencia se transmiten de generación en generación. Un padre o un hermano mayor suelen ser el primer mapa de ruta para el joven que enfrenta el peligro; hay anécdotas, advertencias y un entendimiento tácito de lo que significa vestir el uniforme en tiempos de crisis.

​Sin embargo, en la familia inmigrante, ese puente de transmisión hereditaria está roto. Los padres están completamente fuera del sistema de códigos locales, desconocen la geografía del conflicto, la psicología de la vida de cuartel y las sutilezas de la amenaza. No tienen herramientas, ni sugerencias, ni un solo consejo práctico que dar para lo más elemental y primario: cómo mantenerse con vida. Esta falta de transferencia de experiencia deja al joven en una soledad absoluta ante el peligro, obligándolo a construir su instinto de preservación en total aislamiento de su núcleo originario.

​La invalidez guía frente a la amenaza cotidiana

​Esta orfandad estratégica no se limita a la línea de frente; se manifiesta en el desayuno, en la sala de estar, en el refugio. Los padres inmigrantes, al no haber crecido bajo la dinámica de las alarmas y la urgencia geopolítica local, experimentan la crisis desde el desconcierto absoluto y el desamparo.

​El hijo percibe tempranamente que la figura protectora tradicional está desarmada ante la realidad del entorno. Para el joven, ver a sus padres paralizados o dependientes de una traducción para entender un reporte de emergencia es la confirmación de que la casa ya no es el búnker emocional que solía ser. Por pura necesidad de supervivencia, el hijo entiende que para aprender a vivir en una guerra prolongada debe buscar referentes y contención fuera de su hogar, acelerando un proceso de desapego que, en tiempos de paz, habría tomado años.

La distorsión de la realidad militar

​La ceguera del entusiasmo: El ejército como escuela de civismo

​Existe un fenómeno alarmante en una porción de las familias inmigrantes: la incapacidad de calibrar la verdadera dimensión del peligro. Al provenir de sociedades donde las fuerzas armadas ocupan un rol periférico o donde la defensa nacional no se traduce en una amenaza de exterminio diaria, muchos padres procesan el ingreso de sus hijos a las filas desde la ingenuidad.

​Ven el servicio militar como una suerte de campamento de formación, una versión rigurosa de los Boy Scouts que ayudará a los jóvenes a forjar el carácter, obtener estatus o acelerar su integración social. Bajo esta premisa, despiden y mandan alegremente a sus hijos a combatir, ignorando que los están enviando al epicentro de una guerra cruda, tecnológica y devastadora. Esta falta de madurez analítica frente a la violencia real del entorno profundiza aún más la soledad del hijo, quien percibe que su familia celebra con orgullo un sacrificio cuyo verdadero precio ni siquiera alcanzan a vislumbrar.

​El despertar abrupto y la culpa posterior

​Esta desconexión no es sostenible en el tiempo cuando la guerra se prolonga. El choque contra la realidad es inevitable y suele llegar de la forma más brutal: a través de la herida de un compañero, el regreso de un hijo transformado por el trauma psicológico, o la notificación de una tragedia.

​Es en ese punto donde la alegría ingenua se transforma en una culpa asfixiante. Los padres descubren, demasiado tarde, que el entorno lingüístico y cultural que no dominaban les ocultó la gravedad de la situación, y que empujaron a sus hijos a un abismo del cual ellos no tenían mapas para rescatarlos. La brecha generacional se convierte entonces en un muro de silencio insalvable: el hijo no puede perdonar la ligereza con la que fue enviado al frente, y los padres no encuentran forma de procesar el remordimiento de haber sido entusiastas promotores de su propio desamparo.

​La solidaridad egoísta: La normalización de la tragedia

El blindaje psicológico: Vivir en la anormalidad normalizada

​Cuando un conflicto bélico deja de ser una crisis temporal y se convierte en un estado permanente, la sociedad en su conjunto se ve obligada a desarrollar anticuerpos psicológicos para no colapsar. Así nace lo que podemos definir como una solidaridad egoísta.

Es el mecanismo de defensa definitivo de una comunidad bajo fuego: para que los comercios abran, las escuelas funcionen y la vida continúe, es imperativo anestesiar la empatía cotidiana. Los misiles, los atentados y las notificaciones de caídos en combate se transforman en parte del paisaje diario, en estadísticas que se consumen entre el café de la mañana y la rutina laboral. La sociedad se vuelve solidaria en los grandes rituales colectivos, pero profundamente egoísta en su trinchera emocional interna: se acepta la muerte del otro como el precio necesario para mantener la ficción de la normalidad propia.

​La frontera del dolor: La preocupación con nombre y apellido

​Bajo la lógica de la solidaridad egoísta, la angustia social no es un fluido constante, sino un interruptor que solo se enciende cuando la tragedia cruza el umbral de la puerta de la casa. Existe un pacto implícito de indiferencia defensiva entre las familias:

“Mientras ningún miembro de mi sangre esté en la primera línea o en la lista de víctimas, la guerra es un eco lejano”.

​La verdadera preocupación ya no es un ejercicio de empatía comunitaria, sino un recurso escaso que se reserva exclusivamente para los propios. Si el hijo o el esposo de la familia vecina está combatiendo, se lo acompaña con una solidaridad formal y protocolar; pero el alivio silencioso de saberse a salvo opera como un bálsamo que permite seguir viviendo sin quebrarse. Esta compartimentación del sufrimiento crea una sociedad fragmentada en miles de burbujas familiares, donde el dolor ajeno solo se vuelve real cuando se transforma en dolor propio.

​La postal de la indiferencia defensiva: playas y helicópteros

​No hay mejor testigo de esta desconexión psicológica que la cotidianidad de un día de verano. Cualquiera que camine por las playas del sur de Tel Aviv o por los espacios públicos de la costa puede presenciar una escena que en cualquier otro lugar del mundo paralizaría el pulso de la nación: el rugido constante de los helicópteros militares cortando el cielo azul en dirección a la Franja de Gaza.

​Toda la playa sabe lo que ese sonido significa. Hacia el sur, los helicópteros van cargados de jóvenes soldados que entran al combate; de regreso, esas mismas naves vuelven volando bajo, transportando a los heridos graves hacia los hospitales de la zona central. Y sin embargo, abajo, sobre la arena, la vida no se detiene. La gente sigue tomando sol, los chicos juegan en la orilla, las conversaciones no se interrumpen. No es crueldad consciente; es el triunfo del blindaje psicológico. Si el bañista se permitiera conectar emocionalmente con la agonía que viaja en el helicóptero que pasa sobre su cabeza, el miedo colonizaría su espacio de tregua. La mente elige mirar el mar y normalizar el cielo en guerra, porque sabe que, mientras el nombre de su hijo no esté en los registros de esa nave, la ficción de la normalidad debe preservarse a toda costa.

El humanismo animal: La clausura de la empatía exógena

La doble vara del horror: De la tragedia natural al acto bélico

​El blindaje psicológico de una sociedad en guerra prolongada exige un paso más allá de la indiferencia interna; requiere la edificación de una barrera ética frente al padecimiento del enemigo. Es lo que podemos denominar como el humanismo animal. El cerebro colectivo, operando bajo la lógica más primaria de la supervivencia de la manada, altera los parámetros de la compasión humana.

Si esas mismas muertes masivas al otro lado de la frontera fueran el resultado de una catástrofe ajena a la voluntad humana —un tsunami, un terremoto o una epidemia—, la reacción social unánime sería de genuino horror y empatía universal. El dolor se percibiría con un sentido de humanidad compartida. Sin embargo, cuando esas vidas caen bajo el peso de la propia acción militar legítima, la mente construye un dique conceptual inmediato. La muerte del enemigo se normaliza, se descontextualiza del dolor humano y se codifica como un dato táctico inevitable. Se suspende la condición de “ser humano” del otro para blindar la propia moralidad frente a las consecuencias del conflicto.
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