La guerra entre Irán, Israel y Estados Unidos, sumada al cierre del estrecho de Ormuz, provocó un fuerte aumento en el precio del petróleo a nivel mundial, y es que cuando existe el riesgo de que el suministro se interrumpa o disminuya, los mercados reaccionan de inmediato y el precio del crudo se eleva debido al temor de una escasez.
Aunque el conflicto se desarrolla en Medio Oriente, sus efectos económicos se sienten en prácticamente todo el planeta.
Las consecuencias no afectan únicamente a las empresas petroleras o a las industrias que producen gasolina, diésel o plásticos. El petróleo es la base del transporte moderno, por lo que cuando su precio aumenta también se encarece el traslado de mercancías por barco, avión, tren y camión.
Como resultado, fábricas, supermercados, restaurantes, empresas de construcción, productores agrícolas y numerosos negocios que aparentemente no tienen relación con el petróleo enfrentan mayores costos operativos. En muchos casos, estas empresas terminan trasladando parte de esos aumentos a los consumidores mediante precios más altos.
Los empresarios dedicados a importar productos desde China también resultan especialmente perjudicados.
La mayor parte del comercio entre China y el resto del mundo depende del transporte marítimo, y los barcos consumen enormes cantidades de combustible. Cuando el petróleo sube, las navieras elevan sus tarifas para compensar el incremento de sus gastos. Esto significa que traer mercancías desde Asia se vuelve más caro, reduciendo las ganancias de los importadores o obligándolos a aumentar los precios de venta.
De esta manera, un conflicto geopolítico ocurrido a miles de kilómetros puede terminar afectando tanto a grandes corporaciones como a pequeños empresarios en cualquier país del mundo.
De esto y mucho más nos habla el economista Luis Maizel en entrevista para Enlace Judío.
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