Enlace Judío presente en el pabellón de Israel en el Arsenale, en la 61ª Exposición Internacional de Arte — La Biennale di Venezia 2026.
Hay obras de arte que se explican. Y hay obras que te explican a ti.
La obra de Belu-Simion Fainaru
El pabellón de Israel en la Bienal de Venecia 2026 pertenece a la segunda categoría. Instalado este año en el Arsenale —el antiguo astillero de la República de Venecia, de muros de piedra desnuda y luz filtrada— la obra de Belu-Simion Fainaru titulada Rose of Nothingness no grita. No acusa. No se defiende. Simplemente gotea.
Agua oscura cayendo desde tubos de riego agrícola hacia una pileta rectangular blanca. Una rosa sumergida, apenas visible bajo la superficie. El ritmo del goteo: 42 segundos de caída, pausa, reinicio. Cuarenta y dos, el número que en el pensamiento místico judío representa el poder creativo divino. El ciclo del mundo.
No es un grito de victoria ni una afirmación de fe tranquila. Es lo que uno se dice a sí mismo en la oscuridad para no quebrarse del todo.
EL CANDADO QUE LO DICE TODO
Pero lo que detiene al visitante —lo que hizo que quien escribe estas líneas se quedara inmóvil frente a un muro de piedra del Arsenale— no es la pileta. Son los candados.
Diseminados por la instalación, grabados en latón dorado, colgados de los tubos metálicos con cadenas. Cada uno lleva una inscripción. Uno de ellos dice, en inglés sencillo y devastador:
El candado que dice : “Everything is going to be alright”. “Todo estará bien”
“Everything is going to be alright”. “Todo estará bien”
Leída en otro contexto, podría ser optimismo banal. Aquí, en el Arsenale de Venecia, en mayo de 2026, grabada sobre metal y cerrada con llave, es otra cosa completamente. Es el mantra que se repite una persona que no está bien. Es la frase que se dice un pueblo que lleva más de dos años con la herida abierta desde aquel sábado negro de octubre de 2023.
El candado está cerrado. No hay llave visible. Eso también es parte del lenguaje de la obra.
Este candado está en hebreo. Una sola palabra: וְאָהַבְתָּ. Ve’ahavta. Y amarás.
וְאָהַבְתָּ — Y AMARÁS
Otro candado. Este en hebreo. Una sola palabra: וְאָהַבְתָּ. Ve’ahavta. Y amarás.
Es la primera palabra del párrafo central del Shemá Israel, la oración más sagrada del judaísmo: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas.” Pero en hebreo la conjunción “y” que abre la frase no es gratuita. Viene después de algo. Viene como consecuencia. Como si el texto dijera: has sufrido, has perdido, estás roto — y aun así, amarás.
Fainaru no propone el amor como punto de partida. Lo propone como destino posible, incluso desde la fractura. El amor no como negación del dolor, sino como respuesta a él.
El artista no borra la herida. La enmarca. Y pregunta: ¿es posible amar desde aquí?
EL ALMA DE ISRAEL ENCERRADA
Lo que Fainaru ha logrado —quizás sin proponérselo explícitamente, o quizás con toda la intención del mundo— es un retrato del estado anímico colectivo de Israel en este momento histórico.
El 7 de octubre de 2023 no fue solo un ataque terrorista.
Fue la ruptura de un contrato psicológico que el Estado de Israel había sostenido durante 75 años: la idea de que dentro de sus fronteras, los judíos estarían a salvo.
Que el horror que describió a las generaciones anteriores —el pogrom, la carnicería, la indefensión— era historia, no presente.
Ese contrato se rompió en Kibbutz Be’eri, en el festival Nova, en los pasillos de casas familiares en los kibutzim del sur. Y la guerra que siguió, con todo su peso moral, sus dilemas imposibles, sus muertos de ambos lados, sus rehenes, sus soldados que volvieron con el alma partida — esa guerra no cerró la herida. La hizo más compleja.
El pueblo de Israel ya no es el mismo. No porque haya perdido su capacidad de vivir, de construir, de innovar, de reír. Sino porque algo se instaló en lo profundo: la conciencia de la vulnerabilidad.
La certeza de que el odio hacia los judíos —el odio más antiguo de la humanidad— no es un fantasma del pasado sino una realidad presente, activa, capaz de organizarse y de matar.
ROSE OF NOTHINGNESS, la rosa de la nada, una rosa negra congelada
ROSE OF NOTHINGNESS — LA OBRA QUE EXPLICA EL MOMENTO
La instalación de Fainaru se inspira en la poesía de Paul Celan, el poeta judío rumano que sobrevivió el Holocausto y cuya obra más célebre, Todesfuge —Fuga de la muerte— contiene la imagen de la “leche negra”: un líquido paradójico que une vida y muerte, nutrición y veneno. El agua oscura que cae en la pileta blanca del pabellón es esa misma imagen: algo que debería ser vida y que lleva la oscuridad dentro.
La obra se apoya también en el concepto cabalístico del Tikkun Olam —la reparación del mundo— y en el Ein Sof, la fuente infinita de la que emana la creación. El ciclo del goteo no es desesperanza: es creación medida, consciente, responsable. Como el riego por goteo israelí —tecnología nacida del desierto, de la necesidad, de la voluntad de hacer crecer vida donde no había agua.
Y Venecia no es un escenario casual. Es la ciudad donde el Talmud fue impreso por primera vez en el siglo XVI. La ciudad que inventó el gueto —la palabra y el concepto— y donde los judíos vivieron durante siglos entre el privilegio del comercio y la humillación del encierro. La instalación habla desde esa historia también.
Una rosa negra sumergida en agua que parece leche. Un candado que dice: todo estará bien. Otro que dice: amarás. Venecia, 2026.
La puerta cerrada y marcada con una flor del pabellón oficial de Israel dentro de la Bienal.
EL CONTEXTO QUE RODEÓ AL PABELLÓN
La edición 61 de la Bienal de Venecia fue, desde semanas antes de su inauguración, un campo de batalla político.
De hecho, el pabellón en El Arsenal no es el pabellón oficial. Este último, localizado en la parte central de la Biennale, está cerrado desde 2024.
Por ello, la exposición israelí en El Arsenal es solo una exposición temporal. La guía mencionó que Israel había “pedido asilo” en El Arsenal y se desdijo cuando pedimos explicaciones del “asilo”
Alrededor de 20 pabellones cerraron sus puertas en protesta por la presencia de Israel. El jurado internacional renunció en bloque, negándose a otorgar los Leones de Oro en una edición que incluyera al Estado hebreo. La Bienal respondió eliminando la ceremonia de premios: los galardones serán decididos por los visitantes, al estilo de una votación pública.
“Rose of Nothingness”, “Rosa de la Nada” es una instalación que incluye un gotero utilizado para regar campos. Según Fainaru, el agua se acumula en el suelo, representando en parte la unión de personas de diferentes comunidades.
El propio Fainaru —nacido en Rumanía, emigrado a Israel a los 14 años, Premio Israel 2025, fundador de la Bienal Mediterránea en Haifa y del Museo Árabe de Arte Contemporáneo en Sakhnin— declaró al New York Times que la exclusión que pretendía el jurado “me discriminaba por motivos raciales. Soy artista y tengo los mismos derechos. Solo debería ser juzgado por la calidad y el mensaje de mi arte.”
«El arte debe ser un espacio para dialogar», afirmó, «no una forma de excluir».
Y paradójicamente, fueron visitantes libaneses e iraníes quienes se acercaron al artista dentro del pabellón a expresarle su apoyo. Algunos lo invitaron a exponer en Beirut.
El arte, cuando es verdadero, cruza muros que la política cierra.
UNA CRÓNICA DESDE ADENTRO
Quien escribe estas líneas estuvo presente en el Arsenale. Vio la rosa bajo el agua oscura. Leyó los candados. Se quedó en silencio frente al que dice “everything is going to be alright” más tiempo del que cualquier guía de museo recomendaría.
Y pensó en lo mismo que piensa este texto: que esa frase no es un mensaje de esperanza fácil. Es la voz de alguien que se aferra. Que no ha terminado de caer. Que sabe que el abismo sigue ahí pero elige, a pesar de todo, seguir de pie.
La herida del 7 de octubre aún sangra. La fractura que supuso sentirse vulnerable —que hombres armados de odio hicieran una carnicería incomprensible con familias enteras— aún no ha soldado. El pueblo de Israel no se ha repuesto. Su alma ya no es la misma. Y no se ve que la herida sane pronto.
Y aun así. Ve’ahavta. Y amarás.
Esa es la apuesta de Fainaru. Imposible, necesaria, judía en la médula: la capacidad de amar desde la herida. No a pesar del dolor, sino a través de él. No cuando el candado se abra, sino mientras sigue cerrado.
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