El libro “Los Dueños del Norte” de la autora Roberta Garza Medina, recién lanzado por la editorial Planeta, es un buen ensayo para entender y conocer pasajes históricos así como la cultura de uno de los municipios más sui generis de México: San Pedro Garza García que se distingue porque la mayoría de sus habitantes registran el ingreso per cápita más alto de Latinoamérica y en donde el menor porcentaje de su población son los pobres.
Roberta Garza es descendiente de una de las familias más privilegiadas económicamente de México, los Garza Sada, quienes junto con otras que radican en San Pedro, convirtieron al estado de Nuevo León en la cuna de las más destacadas industrias de México, en un centro financiero y sede de una de las más prestigiadas universidades privadas del país.
“Los Dueños del Norte” inicia con un capìtulo dedicado al pasado judío de los fundadores de Nuevo León. A través de varios capítulos se narran momentos históricos que tienen importancia nacional, como el enfrentamiento entre los empresarios “regios” contra el presidente Luis Echeverría, además de la trascendencia e influencia que tuvo el pederasta “Padre Maciel” sobre las familias ricas de San Pedro, entre otros pasajes.
Describe el nacimiento de las principales industrias como Cervecería Cuauhtémoc a finales del Siglo XIX y las acciones sociales de sus empresarios que están entre los primeros en ofrecer sistemas de salud, vivienda, vacaciones pagadas y educación, años antes de que esos beneficios se decretaran en la Ley Federal del Trabajo.
Entre los pasajes relevantes está el asesinato del empresario Eugenio Garza Sada, quien fue emboscado por el grupo guerrillero conocido como Liga Comunista 23 de Septiembre, antentado en el que donde participó Jesús Piedra Ibarra, el hermano de la actual titular de la Comisión Nacional de los Derechos Humanos (CNDH), entre otros.
Enlace Judío entrevistó a Garza Medina para que contara de su propia voz algunos pasajes de su texto. A continuación el contenido de la entrevista, con las preguntas que se le hicieron y las respuestas de la autora.
¿La familia Garza Sada y otras familias privilegiadas de San Pedro tienen conciencia sobre su pasado judío?
“Más bien no, o no del todo. Si bien el origen sefardita de los fundadores de Monterrey siempre fue por todos conocido y aceptado, se asumió que no todos lo eran, que los que sí tenían esas raíces eran ya devotos cristianos cuando llegaron al norte y que entre éstos sólo una minoría practicaba la fe de sus padres en secreto.
Nada de esto es del todo cierto; todas las supuestas 12 familias —vaya número cabalístico— que llegaron a la tercera y definitiva fundación de la ciudad eran sefarditas, y la mayoría practicaba la fe de Abraham en secreto, que por ello migraron al norte a unas tierras inhóspitas donde la encomienda era trabajar las minas y matar indios a cambio de que la corona cerrara un poco los ojos y no investigara demasiado si tenían o no el certificado de limpieza de sangre, indispensable para cualquier encomienda que no fuera el comercio raso.
En todo caso, no pasó mucho tiempo para que la Inquisición lograra su cometido; una vez fundadas y establecidas las ciudades al norte llegaron los curas y sus misiones, y en menos de un siglo o dos las prácticas “judaizantes” de los fundadores, como las llamaban los dominicos, quedaron sólo en memorias, y encima, en un ambiente recalcitrantemente católico que, hay que decirlo, prevalece hasta nuestros días, unas memorias más bien vergonzantes de admitir.
Las muchas referencias culturales y simbólicas que hasta el día de hoy delatan la raíz judía de la ciudad no son del todo conscientes, o son vistas apenas como anecdóticas”.
¿Cómo se expresa el pasado sefardí en la cultura de Nuevo León, además de ciertos platillos?
“Sin duda la esperada subsidiaridad de las mujeres regias ante el padre y el esposo es parte de esa herencia. Es cierto que la misoginia es un rasgo que encontramos en cualquier sociedad católica promedio, pero en Monterrey se vive con especial enjundia y con un fuerte énfasis patriarcal.
De manera más específica, recuerdo que muchas de mis amigas y amigos portaban dijes con la estrella de David. Lo hacían porque les parecía bonito, bíblico. Para ellos eran sólo adornos, y a todos les parecía perfectamente normal colgarse al pecho una estrella de David al lado de un crucifijo e ir con ambos a la misa dominical.
Recuerdo también, como lo puse en el libro, que las comidas familiares, al menos en mi familia, se hacían los sábados. Y no hablemos del estereotipo, hasta cierto punto cierto, de casarse entre las mismas familias.”
En el libro Los Dueños del Norte describes varios pasajes históricos relevantes para Monterrey y para México, entre ellos el conflicto entre los empresarios regios y el presidente Echeverría, crisis que ha tí te tocó vivirlo de niña. ¿Puedes ampliar sobre las amenazas que hizo el gobierno de esa época contra tu padre y el resto de los empresarios?
Eran tiempos cuando la economía mexicana estaba cerrada al mundo, al comercio internacional. Se requerían permisos especiales para importar y exportar casi cualquier materia prima. La amenaza de interrumpir u obstaculizar esos permisos, necesarios para la producción de no pocos de los productos del grupo industrial, estuvieron allí por muchos años, al igual que el hostigamiento fiscal.
En esa época los empresarios de Nuevo León le plantaron cara a Echeverría. ¿Crees que en la actualidad se necesitan esos hombres de negocios que enfrenten un gobierno que le sigue los pasos a Echeverría, y sus políticas estatistas?
Me parece que siempre se necesitan personas, hombres de negocios y no, que denuncien y se opongan a los comportamientos desde el poder que conduzcan a restringir la prosperidad y la libertad del país. Los empresarios tienen un megáfono más grande y, con él, una mayor responsabilidad. Pero eso no parece estar de moda, hoy.
Por último, ¿consideras que el pasaje que narras sobre la influencia del Padre Maciel sobre las familias de San Pedro es el más importante de tu libro, o por lo menos para ti?
Sin duda para mí, porque es lo que más afectó, para mal, mi vida personal. Creo firmemente que la herencia que Maciel dejó en la ciudad acabó con sus mejores atributos y exacerbó los peores. Pero todas las viñetas que narro fueron, de una o de otra manera, determinantes para que Monterrey adquiriera el carácter que hoy tiene.
Para bien y para mal.
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