Quisiera dar mi testimonio sobre Diego Sciretta… No sobre el autor, ni sobre el conferencista, periodista, corresponsal de guerra, ni sobre la persona pública que muchos conocen. Quisiera hablar del ser humano que existe detrás de las páginas, porque es ahí donde encontré algo extraordinario.
Mi vida dio un giro abrupto cuando fui acusado falsamente de delitos que no cometí, que jamás cometería y que tampoco aprobaría que nadie cometiera. Las circunstancias políticas y sociales que rodearon mi caso me colocaron en una situación límite, bajo arresto domiciliario, enfrentando acusaciones aberrantes y una realidad que pocas personas podrían imaginar.
Fue en ese contexto cuando Diego Sciretta llegó a mi casa.
No llegó con prejuicios. No llegó con respuestas prefabricadas. No llegó a juzgar.
Llegó a escuchar.
Escuchó durante horas. Investigó. Hizo preguntas. Buscó evidencia. Contrastó versiones. Y, sobre todo, hizo algo cada vez más raro en nuestro tiempo: intentó comprender.
Muchos hablan de empatía. Pocos la practican.
Thomas Nagel escribió que jamás podremos saber verdaderamente qué se siente ser un murciélago. Del mismo modo, nunca podremos experimentar exactamente lo que vive otra persona. Sin embargo, existe una forma superior de humanidad: el esfuerzo sincero por salir de uno mismo para acercarse al dolor, a la esperanza y a la verdad del otro.
Eso fue lo que hizo Diego.
Pero con el tiempo descubrí que la empatía era apenas el comienzo.
Porque Diego no solamente comprende el sufrimiento ajeno. Lo enfrenta.
Y ahí encontré a un guerrero.
Lo vi negarse a aceptar versiones fáciles. Lo vi hacer preguntas incómodas. Lo vi dedicar horas, días y meses a buscar aquello que tantas veces parece enterrado bajo toneladas de ruido, prejuicios e intereses: la verdad.
No le debía nada.
No era mi hermano.
No era un amigo de toda la vida.
No tenía ninguna obligación moral, profesional o económica conmigo.
Sin embargo, decidió involucrarse.
Y lo hizo sabiendo que defender una causa impopular tiene costos. Sabiendo que quien cuestiona las narrativas dominantes puede ser atacado. Sabiendo que levantar la voz por alguien señalado puede implicar riesgos para su propio nombre y reputación.
Lo hizo porque su brújula moral se lo exigía.
Y me consta que esa generosidad no ha sido exclusiva conmigo.
He visto a Diego luchar por causas sociales y humanitarias. Lo he visto acompañar a personas en momentos de enorme vulnerabilidad. Lo he visto ofrecer tiempo, atención y escucha cuando no había reflectores ni reconocimiento posible. Lo he visto estar presente cuando más se necesita a alguien.
Porque escuchar de verdad es una forma de amor.
Y prestar atención a otro ser humano es una de las expresiones más profundas de la dignidad.
Ese es Diego Sciretta
Por eso, cuando alguien me pregunta sobre sus libros, pienso que la pregunta correcta es otra.
¿Qué clase de persona está detrás de esas páginas?
¿Qué hay detrás de cada palabra?
¿Qué hay entre líneas?
Porque todo libro es, en alguna medida, una extensión de quien lo escribe. Cada idea, cada reflexión y cada historia llevan la huella invisible de la persona que les dio origen.
Y detrás de esta obra hay un hombre profundamente comprometido con el humanismo.
Un hombre que, en una época donde los algoritmos pueden destruir reputaciones en cuestión de horas; donde convivimos simultáneamente con los avances tecnológicos más extraordinarios y con nuevas formas de linchamiento público; donde el futuro parece haber llegado mientras algunas conductas siguen atrapadas en la lógica de la inquisición medieval, se atreve a levantar la voz y decir:
“Alto. Basta. Detengámonos.”
No perdamos la brújula moral.
No renunciemos a la compasión.
No sacrifiquemos la verdad por la conveniencia.
No olvidemos que detrás de cada expediente, de cada titular, de cada tendencia y de cada juicio público existe una persona de carne y hueso.
Eso es lo que Diego nos recuerda.
Ojalá el mundo tuviera más gente como él.
Y quizá por eso este libro resulta tan necesario.
Porque más allá de sus páginas, de sus argumentos y de sus reflexiones, esta obra representa algo mucho más escaso y valioso: la defensa de nuestra humanidad compartida.
Y esa defensa tiene nombre y apellido:
Diego Sciretta
Andrés Roemer
Autor del libro Prisionero #9209701 y Ex Embajador de México ante la UNESCO
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