Juqat la porción de la Torá de esta semana, presenta el Joq (mandamiento cuya razón desconocemos) por excelencia: la Pará Adumá, las cenizas de la vaca roja, como procedimiento para eliminar la impureza ritual causada por el contacto con un cadáver.
¿Es este joq uno, cuya razón no conocemos; una mitzvá cuya razón no puede ser conocida excepto por lo Divino; o una mitzvá sin razón alguna?
Es difícil encontrar una respuesta que nos satisfaga a todos. O, ¿es cómo el devenir de la vida?
La vida no es, más que un misterio. Lo desconocido y lo incierto superan con creces aquello que creemos comprender y en lo que basamos nuestras actividades y planes vitales. A todos nos suceden constantemente acontecimientos imprevistos y, a veces, poco afortunados, que sacuden nuestra sensación de seguridad y serenidad. Aunque la parashá de esta semana se centra en una de las leyes de la Torá llamada «joq» —una ley sin comprensión ni explicación racional—, en realidad nos habla de la vida humana.
La Torá afirma explícitamente «zot juqat Hatorá»: esta es la ley de la Torá con respecto a todos los asuntos de la vida. En realidad, lo que creemos entender aún no es plenamente comprendido por los seres humanos. Cada capa de descubrimiento y avance científico nos revela el espectro de nuevos misterios incalculables de los que antes no teníamos la menor idea. La naturaleza de toda la vida es, por lo tanto, un joq. Así pues, la Torá, aunque se concentra en el mandamiento y el misterio de la Pará Adumá, en todas sus particularidades, en realidad se refiere a la vida en general.
Desde el punto de vista de la Torá, los seres humanos tenemos limitaciones en nuestra capacidad para percibir y racionalizar nuestra existencia y nuestro propósito. «Ningún ser vivo puede verme» (Shemot-Éxodo 33:20) “No podrás ver mi rostro; porque no me verá hombre, y vivirá.”), se interpreta en la tradición judía como:
«Ningún ser vivo puede comprender jamás plenamente el mundo, la naturaleza y la lógica del Creador de todos nosotros. El hombre está condenado a ser un vagabundo en un desierto de dudas e incertidumbre, sin poder nunca encontrar claramente su camino por sí mismo. Todas las frustraciones y decepciones de la vida se derivan de esta dura realidad».
R. Moshé Jaim Luzatto, en su obra Mesilat Yesharim, compara la vida con un laberinto gigantesco del que, sin indicaciones ni guía, nunca se puede salir. Había personas desconcertadas por la situación. Otras estaban visiblemente frustradas y casi enfadadas por su incapacidad para escapar. Y luego estaban aquellas que estaban visiblemente presas del pánico por haberse perdido en el laberinto. Al cabo de un rato, un guardia entró en el laberinto y guio a todos a salvo hasta la salida.
¿Qué representa el “laberinto” según el Ramjal?
El Ramjal compara la vida con un laberinto de setos altos, como los que existían en los jardines reales europeos. Desde dentro: No se ve el camino correcto. Cada giro parece prometedor. Muchas rutas llevan a callejones sin salida. La persona siente que avanza, pero en realidad puede estar dando vueltas. El laberinto simboliza la confusión moral, las ilusiones del mundo material, la falta de perspectiva, la tendencia a seguir impulsos inmediatos, la dificultad de distinguir entre lo que parece bueno y lo que realmente lo es.
El Ramjal dice que solo quien sube a un punto elevado puede ver el diseño completo del laberinto. Desde arriba se ve el camino correcto. Se ven los errores de quienes están dentro. Se entiende la estructura general. Se puede guiar a otros. ¿Quiénes son estos “observadores desde arriba”? Los tzadikim (justos) que ya recorrieron el camino. Los profetas y sabios que alcanzaron claridad espiritual, la Torá, que es la “vista aérea” revelada por Dios. Ellos no están atrapados en la inmediatez del laberinto; ven la vida desde una perspectiva más alta.
El Ramjal sostiene que la persona por sí sola no puede encontrar el camino correcto, porque sus sentidos la engañan. Sus deseos la confunden. Sus prioridades cambian constantemente. El mundo está lleno de distracciones. Sin guía la persona cree que avanza, pero retrocede. Confunde placer con propósito. Toma decisiones basadas en emociones momentáneas. Se pierde en actividades sin trascendencia.
La guía necesaria es la Torá, que revela el mapa. Los sabios, que lo interpretan. La introspección, que permite caminar con conciencia. La vigilancia moral (zehirut), primer paso del libro.
El Ramjal quiere transmitir varias ideas clave:
- La vida no es intuitiva, lo que “se siente bien” no siempre es lo correcto.
- Lo que “parece lógico” puede ser un engaño.
- La claridad viene de arriba.
- La persona necesita una perspectiva superior: Torá, sabiduría, maestros.
- El esfuerzo personal es indispensable, aunque exista un mapa, cada uno debe caminar.
La humildad es esencial, reconocer que uno está en un laberinto es el primer paso para salir. Porque describe perfectamente la experiencia moderna que maneja información infinita, pero poca sabiduría. Personas “ocupadas”, pero sin propósito claro.
El Ramjal anticipa que la mayor trampa del laberinto es creer que no estás en uno.
El laberinto no es un lugar físico, sino psicológico y espiritual. Es la condición humana: vivir sin perspectiva, confundiendo lo urgente con lo importante. La salida existe, pero solo se encuentra con guía, disciplina y claridad moral.
Luzatto había hecho la siguiente observación: si uno se coloca en una plataforma elevada que permite observar el laberinto y trazar su mapa mentalmente, entonces es posible, e incluso sencillo, pasear por el laberinto. La Torá es esa plataforma elevada que permite enfrentarse al laberinto de la vida. Esa es la lección definitiva de la parashá de esta semana.
La vida es un joq, un laberinto confuso de eventos, personalidades y fuerzas. Por qué está construido el laberinto como está o incluso por qué es necesario un laberinto es joq, algo que está más allá de nuestro nivel de comprensión.
Pero, cómo ubicarse en el laberinto, cómo situarse en la plataforma elevada que lo abarca y lo interpreta, eso está al alcance de nuestras posibilidades. Esa es la esencia de Juqat Hatorá que se nos otorga.
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