¿De verdad pensaban que el memorando de junio iba a durar? Bienvenidos a la realidad del Medio Oriente, donde los acuerdos interinos duran lo que tarda en despegar un dron de ataque.
Olvídense de la diplomacia de salón. Lo que Donald Trump acaba de soltar desde los pasillos de la cumbre de la OTAN en Ankara no es una simple rabieta de prensa; es un mapa de objetivos militares. Cuando el presidente de los Estados Unidos dice en televisión abierta que “podrían tomar el control de la Isla de Kharg” y arrasar las centrales eléctricas de Irán si es necesario, no está negociando. Está midiendo los tiempos para la segunda noche de bombardeos masivos.
La tregua está muerta, señores. Y el Estrecho de Ormuz vuelve a oler a pólvora.
Vamos a los hechos puros y duros, sin anestesia ideológica. La tregua de sesenta días para el libre tránsito en el Estrecho colapsó porque Teherán pretendió imponer tarifas y sembrar minas en aguas internacionales bajo la excusa de “controlar las rutas”.
¿La respuesta de Washington? Revocación inmediata de las licencias de venta de crudo y un zarpazo del CENTCOM: más de ochenta objetivos de la Guardia Revolucionaria borrados del mapa en una sola noche.
Pero si creen que los iraníes se van a quedar de brazos cruzados esperando el funeral del difunto Líder Supremo Alí Jamenei, no entienden cómo opera el tablero de ajedrez asimétrico. La respuesta del régimen fue inmediata: ochenta y cinco instalaciones vinculadas a posiciones estadounidenses en Bahrein y Kuwait bajo fuego.
Esto ya no es una guerra de baja intensidad en las sombras. Esto es un intercambio abierto de artillería pesada entre superpotencias regionales.
Ahora, entiendan esto bien:
¿Por qué Trump menciona específicamente la Isla de Kharg? Porque Kharg no es solo una isla de tres por cuatro kilómetros en el Golfo Pérsico; es el corazón financiero del régimen de los ayatolás. El noventa por ciento de las exportaciones de crudo de Irán salen de esas terminales marítimas. Si tocas Kharg, desconectas el respirador artificial de la economía iraní.
El Pentágono ya confirmó que los ataques de la última noche rozaron la periferia de la isla, pero Trump se guardó la carta de golpear la infraestructura petrolera de forma directa. ¿Por qué? Porque “tomar el control de Kharg”, reactivar un bloqueo naval absoluto y asfixiar sus puertos civiles es la máxima palanca de extorsión militar antes de una invasión formal. El mensaje de Washington es quirúrgico: “O firman bajo mis términos, o los devuelvo a la Edad de Piedra energéticamente“.
¿Qué posibilidad real hay de que este ataque ocurra?
Es extremadamente alta en las próximas setenta y dos horas. Trump ya avisó que dar la orden para una segunda oleada de ataques nocturnos no le quita el sueño. Y para los analistas que insisten con que esto es solo “retórica para presionar”, les digo: despierten. La retórica se termina cuando los misiles de crucero ya están programados en las computadoras del Comando Central.
Irán no tiene la capacidad de sostener un pulso naval convencional contra los grupos de ataque de portaaviones de Estados Unidos, pero sí tiene miles de minas submarinas y enjambres de drones listos para colapsar el veinte por ciento del comercio petrolero mundial.
Quien crea que esto se va a enfriar con declaraciones de la ONU, vive en un planeta de fantasía. La disuasión falló. Lo que viene ahora es pura fuerza bruta.
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