Durante décadas, Irán construyó su estrategia regional sobre una idea muy clara: proyectar poder, intimidar a sus enemigos y presentarse como el líder del llamado “Eje de la Resistencia”. Pero hoy surge una pregunta que hace apenas unos meses parecía impensable: ¿está Teherán destruyendo con sus propias manos todo lo que tardó décadas en construir?
Porque una cosa es desafiar a Israel o a Estados Unidos. Pero otra muy distinta es comenzar a preocupar, e incluso a incomodar, a los países árabes que durante años intentaron mantener una relación pragmática con la República Islámica.
Las señales son cada vez más evidentes.
Arabia Saudita y los Emiratos Árabes Unidos observan con creciente preocupación la escalada iraní. No sólo por el lanzamiento de misiles, drones o amenazas públicas, sino porque entienden que cada nueva provocación aumenta el riesgo de que toda la región quede atrapada en una guerra de dimensiones impredecibles.
Y esa preocupación ya no se queda en los discursos diplomáticos.
Cada vez hay más coordinación en materia de defensa, más cooperación estratégica y más conversaciones sobre cómo contener la capacidad de Irán para desestabilizar Oriente Medio.
Paradójicamente, la política agresiva de Teherán podría estar logrando exactamente lo contrario de lo que buscaba.
En lugar de dividir a sus adversarios, los está acercando.
En lugar de sembrar miedo, está generando coordinación.
Y en lugar de ampliar su influencia, podría estar acelerando su aislamiento.
Quizá el ejemplo más revelador sea Jordania.
El reino hachemita ha enviado un mensaje extraordinariamente claro: no permitirá convertirse en un campo de batalla.
Amán ha dejado claro que protegerá su espacio aéreo y que no aceptará que su territorio sea utilizado por ninguna potencia regional para librar una guerra.
Ese mensaje tiene un enorme peso estratégico.
Porque Jordania no habla únicamente por sí misma. Refleja el temor de muchos gobiernos árabes de que el conflicto deje de ser un enfrentamiento entre Irán e Israel y termine consumiendo a toda la región.
Y aquí aparece el gran problema para Teherán.
Durante años, Irán cultivó relaciones, influencia política y redes de aliados desde Irak hasta el Líbano, pasando por Siria y Yemen.
Pero cuando incluso países que habían buscado reducir tensiones comienzan a reforzar su cooperación en seguridad frente a la amenaza iraní, es legítimo preguntarse si la estrategia del régimen está entrando en una fase de rendimientos decrecientes.
El poder no consiste únicamente en tener misiles.
También consiste en conservar aliados, mantener capacidad de influencia y evitar que los vecinos terminen viendo tu comportamiento como el principal factor de inestabilidad regional.
Y en ese terreno, las señales empiezan a ser preocupantes para Teherán.
Prospectiva
Los próximos días serán decisivos.
Si Irán mantiene el mismo nivel de amenazas y acciones militares, es muy probable que veamos un fortalecimiento aún mayor de la cooperación entre los Estados del Golfo, Jordania y sus socios occidentales.
También podrían intensificarse los acuerdos de defensa, el intercambio de inteligencia y los mecanismos conjuntos para interceptar drones y misiles.
En otras palabras, cada nuevo movimiento de Teherán será observado no sólo por Israel o Estados Unidos, sino por un número creciente de gobiernos árabes que ya no quieren convertirse en rehenes de una estrategia basada en la confrontación permanente.
La gran incógnita es si el liderazgo iraní comprenderá que el poder regional no se mide únicamente por la capacidad de atacar, sino también por la capacidad de evitar que todos tus vecinos terminen alineándose en tu contra.
Porque si esa tendencia continúa, la pregunta dejará de ser si Irán está perdiendo influencia… y pasará a ser cuánta influencia está dispuesto a sacrificar antes de cambiar de estrategia.
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