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Por   Rosa Nissán

Cocinando bajo el fuego de Tristán e Isolda.

La música no admite rivales, es un amante posesivo. Un torrente de instrumentos enciende la orquesta. Un corno sube, baja, se adelgaza, llora, gime, se aleja voluptuoso.

Los fagots están erguidos; entra una tenue frase de flautas, un oboe, dos, la clave de sol vigila. Cuelgan las notas, tiemblan en las líneas pautadas. Unos dedos interpretan staccatos; músicos que arrancan sonidos a las maderas, a los metales. Sentir cómo nace un río, una fuente, un manantial. Ritmos, tempos, probar nuevas caricias, descubrir secretos, invitar al clavecín. Una mano ansiosa lo toca como a un tibio pecho. Dibujar la boca, hacer cantar una flauta dulcísima, un labio que se pega, un talle que se arquea. Hacer el amor con amor, la historia de ella, la de él, de todos sus antes y todos sus después. Los músicos abrazados a sus contrabajos color otoño frente a sus atriles unen sus perfumes. El triángulo canta, las campañas tañen, el movimiento se eterniza, la piel se estremece, se humedece, la carne se amolda, los violonchelos se inquietan, el tacto escudriña, las manos se deslizan, van y vienen, las trompetas se alargan. La yema de un dedo delinea la forma del chelo. Los pezones murmuran, los alientos aspiran. Se insubordina fa, los silencios se repiten.

Los labios ocultos, sinuosos, oscuros, el pelo revuelto, sudado. El aire se abochorna en esta comunión en la que vibran cornos, ojos, pianos, saxos, sexos, muslos, manos, corvas, tubas, cuellos, todo atento, todo acorde; el tempo se prolonga, se detiene. Afloran los sentidos. Los chelos conversan con las violas, las violan invitan al flautín. Los pechos acarician, se acarician, se tornean en vibrantes allegrettos; el sabor de fa incita al do, que enmudece ante un silencio tan sostenido, se eleva. Las sensaciones suman, los cuerpos se acoplan, los alientos deslumbran, alumbran.

Las maderas sangran, se forman parejas de oboes con tubas. Un chelo invita al otro, las notas se columpian, se acuestan, flotan, se multiplican, se expanden, se vacían, se olvida la partitura, el pentagrama. El ritmo in creshendo, el mar embravecido, las olas danzándonos. Todo se cimbra: se alzan las montañas, se agrietan, se hunden los barrancos. Un volcán en erupción. Temblores de tierra, la lava hirviente. Emprendemos un viaje, lo que cuenta es la travesía, perderse en enmarañadas selvas, en excavaciones profundas; llegar al cráter por infinidad de caminos, estrategias sin mapas, ni guías.

Durante el amor nadie es nadie, el clarinete no es más que un clarinete, el piano sólo un piano, las pieles enredadas, el corazón se suspende, el espacio se llena de soles, el gong se prepara, se siente venir el estruendoso finale, los ojos húmedos y brillantes, se tiembla de calor y de frío, todo hierve, suda, se desploma. Los cuerpos cansados, pianísimo. Huele a incienso, a aromas distintos…. Silencio.

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