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La visa de Gilberto Bosques

ALEJANDRO C. MANJARREZ

Debo decir a los pesimistas producto del bombardeo mediático cotidiano, que también existe el México de la dignidad, el país de los hombres honestos, la nación del humanismo, la patria cuya tradición es proteger a los perseguidos de la insensatez política.

No todo es delincuencia organizada ni gobiernos corrompidos. No. Hay otras expresiones que podrían aminorar o incluso acabar con el desánimo que agobia a los mexicanos, casi todos víctimas de las malas noticias y los pésimos ejemplos. De seguir las cosas tal cual, esos buenos recuerdos y ejemplos permanecerán archivados hasta que alguien haga algo contra la incuria oficial y el desinterés o valemadrismo de las autoridades. Sólo así saldría a relucir la otra cara de la República: la de la dignidad, la honestidad, el humanismo y la integridad.

Esto es parte de lo que descubrió la cineasta Lillian Liberman después de concluir su película-documental “Visa al paraíso”, testimonio que avala el reconocimiento internacional que se ganó el poblano Gilberto Bosques Saldivar, uno de los ejemplos en el mundo de la vocación humanista (quizá el más valioso): Lillian entrevistó a Bosques cuando éste tenía 100 años de edad. El filme también incluye los testimonios de los hijos y nietos de los perseguidos por Hitler, Mussolini y Franco, los tres líderes de fascismo cuyo objetivo fue exterminar a los judíos o a quienes se manifestaran en contra del absolutismo.

Esos descendientes de españoles “rojos” y judíos, algunos con lágrimas en los ojos o con la voz entrecortada por la emoción, declararon que estaban vivos o existían gracias a que Bosques arriesgó su vida (y la de su propia familia) para poder liberar a sus padres o abuelos de las prisiones y los campos de concentración donde se concretó el Holocausto.

El poblano-chiauteco rescató alrededor de cuarenta y cinco mil personas: a unos los protegió en la embajada de México; a otros los ocultó en espacios controlados o resguardados por la resistencia; creó talleres; rentó predios para los campos de cultivo de autoconsumo; formó brigadas médicas;  organizó su sistema de inteligencia que lo mantuvo informado de los pasos de la Gestapo, de la policía francesa y de los agentes de Francisco Franco; instauró distintas manifestaciones culturales para distraer a los perseguidos y confundir a los perseguidores; contrató los barcos que sacaron de Europa a los refugiados judíos y españoles; en fin, hizo la extraordinaria labor humanista que, como ya lo dije, le ganó el reconocimiento del mundo.

Después de seis décadas y debido a los festejos del Centenario de la Revolución, Puebla se convirtió en la sede de ese tardío reconocimiento que incluyó la instauración de la medalla que lleva su nombre, la reedición de su libro  Discursos, conferencias y artículos, la referida exhibición de la película-documental, y la exposición del Museo del Holocausto y del archivo de la familia Bosques. Todo ello organizado por el Congreso del Estado y la diputada Rocío García Olmedo.

Como quedó escrito al inicio de la columna, pudimos comprobar que existe el México de la dignidad, el país de los hombres honestos, la nación del humanismo, la patria cuya tradición es proteger a los perseguidos de la insensatez política, privilegio que no pudieron disfrutar la mayoría de los poblanos debido al desinterés de quienes tienen la obligación de mostranos el lado bueno de México, la otra cara de la cultura, el rostro desconocido de la política que puso en práctica Gilberto Bosques Saldivar.

Esperemos que esta iniciativa impulse a otras, las que espanten al desánimo producto de las malas noticias, hechos que incluyen la brutal corrupción que corroe las entrañas del sistema político mexicano.

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