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Medio Oriente significa, para muchos, solo Israel.
Ahora la vida de millones de árabes atrajo la atención de Europa

NICK COHEN

La revolución árabe está enviando, al cubo de basura, cantidades de artículos, libros y discursos acerca de Medio Oriente. En pocos meses, los lectores recorrerán las bibliotecas o archivos periodísticos y se asombrarán de ver cómo tantos – que clamaron ser expertos conocedores- pudieron hacerse los tontos ante la tiranía y sus consecuencias.

Para una generación políticamente activa – e, incluso, defensores moralmente consistentes-, Medio Oriente significó Israel y solo Israel. En teoría, deberían haber sido capaces de mantener los principios universales y apoyar solo un acuerdo para los palestinos mientras se oponían a los dictadores que mantenían sometidos a los árabes. Pocos fueron capaces, de manera consistente, de oponerse a la opresión en todas sus formas. La derecha no fue – en sus obsesiones judías – mejor que la izquierda liberal. La lectura más breve de los periódicos conservadores muestra, en todo momento, que su primer interés sobre los cambios políticos en Medio Oriente es cómo afectará a Israel. Para ambas partes, la vida de cientos de millones de árabes, bereberes y kurdos – sin involucramiento en el conflicto- podía ser olvidada.
Si dudan de mí, consideren las historias que los directores de agencias de Medio Oriente se perdieron hasta que las revoluciones, que no tenían nada que ver con Palestina, los forzaron a advertir y tomar nota.

– Gadafi estaba tan atemorizado por un golpe que mantuvo a la armada libia, pequeña y escasamente equipada, y contrató a “fuerzas especiales” (mercenarias y paramilitares) con las que podía contar para masacrar, cuando fuera necesario, a la población civil.
– Leila Ben Ali, esposa del presidente tunecino, fue una figura absurdamente extravagante, quien imploraba a los corresponsales extranjeros que escribieran sobre su voraz búsqueda de riqueza. Solo cuando los tunecinos se alzaron, los periodistas se movieron para contar a sus lectores cómo había empujado a la población a la revuelta, combinando los tratos mínimamente atractivos de Imelda Marcos y María-Antonieta. Alentadoramente para aquellos de nosotros que conservamos la nostalgia por las mejores tradiciones de la vieja izquierda, Túnez y Egipto tenían sindicalistas independientes, quienes jugaban “el rol líder”, tal como solíamos decir, en organizar y ejecutar levantamientos.

Lejos de ser una causa de la revolución, el antagonismo hacia Israel en todas partes sirvió a los intereses de los opresores. Los europeos no tienen derecho a sorprenderse. Entre todos los pueblos, debemos conocer de nuestra experiencia del nazismo que, el antisemitismo, es una teoría conspiratoria sobre el poder, más que un odio racista standard a inmigrantes pobres. Los regímenes fascistas lo alcanzaron cuando buscaron negar la libertad a su propio pueblo. Los Protocolos de los Sabios de Sión, la falsificación de extrema derecha del decadente régimen zarista implementado en 1903 para convencer a los rusos que podían continuar obedeciendo cada orden del zar, denuncia a los derechos humanos y a la democracia como fachadas detrás de las cuales, los gobernantes judíos del mundo, manipulaban a los crédulos gentiles.

Los sirios ba´ath, Hamas, la monarquía saudí y Gaddafi promovieron ansiosamente los Protocolos, por lo que ¿por qué no podrían, las maliciosas elites, dar la bienvenida a una fantasía que desestima a la democracia como fraude y justifica su dominación? Apenas después de la revuelta libia, Gaddafi intentó realizar un movimiento desesperado que, sus antecesores europeos, hubiesen comprendido. Intentó desviar el enojo libio llamando a la revolución popular palestina contra Israel. Eso podría haber estado (o no) justificado pero, con seguridad, no podía contribuir para ayudar a los desgraciados libios.

En su Epitafio para un tirano, Auden escribió:

“Cuando reía, los respetables senadores estallaban a carcajadas y, cuando lloraba, un niño pequeño moría en las calles”

La amnesia de Europa sobre cómo funcionaba la tiranía en nuestro continente explica por qué la revolución libia está avergonzando a una rica colección de inocentes y sinvergüenzas que desean reír junto con Gaddafi. Sus contactos, en Gran Bretaña, fueron alguna vez restringidos a la verdadera marginalidad lunática. Proveyó de armas al IRA, fundó el Partido Revolucionario de Trabajadores, la repugnante secta trotskista de Vanessa Redgrave y entretuvo a Nick Griffin y a otros neo-nazis.
Nada de esto deberíamos olvidar cuando llegue el momento de ajustar cuentas. Pero cuando Tony Blair, tan elocuente denunciando los genocidios de Saddam, llevó a cabo una reconciliación con Gaddafi luego del 11/09, su amistad abrió el camino para que el establishment británico abrazara la dictadura.No fue solo BP y otras compañías petroleras, sino los académicos británicos estuvieron felices de aceptar su generosidad. La Escuela de Economía de Londres tomó 1.5 millones de libras de Saif al-Islam Gaddafi, dinero que, por definición, tuvo que haber sido robado del pueblo libio, a pesar de la advertencia de retroceder, por parte del difunto y tan echado de menos Profesor Fred Halliday, autoridad de la Escuela de Economía de Londres en materia de Medio Oriente, quien nunca se acobardó por mirar a los dictadores a los ojos.

“Vine para conocer a Saif como alguien que mira a la democracia, la sociedad civil y los profundos valores como centro de inspiración”, ronroneó David Held, de la LSE cuando aceptó el cheque. Human Rights Watch, alguna vez fidedigno oponente de la tiranía, fue más allá y describió – a una fundación que Saif dirigía en Libia- como una fuerza de libertad, deseando encargarse, en el Ministerio del Interior, de la lucha por las libertades civiles. Mientras tanto, y sin sorprender a nadie, Peter Mandelson, mariposa del Nuevo Laborismo, revoloteaba alrededor de Saif entre los grupos nacionales de la plutocracia.

La semana pasada, Saif, promotor “liberal” de derechos humanos y compañero de comedor de Mandelson, apareció en la TV libia para decir que su padre pistolero podría luchar hasta la última bala para mantener el negocio de la delincuencia familiar de Gaddafi, promesa que sostiene. El pensamiento detrás de tantos que lo halagaron fue que, la única cuestión en Medio Oriente que valía la pena apoyar era el conflicto israelí-palestino, y que la opresión de los árabes – en manos de árabes- era una preocupación menor.

La longevidad de los regímenes presididos por las familias Gaddafi, Assad y Mubarak y la Casa de Saud deben ser una razón para denunciarlas con más vigor pero, su aparente permanencia, agregó el sentimiento que, de alguna manera, los libios, sirios, egipcios y saudíes quieren vivir bajo dictaduras.

La Unión Europea, que tanto hizo para exportar la democracia y el gobierno de la ley a las ex dictaduras comunistas en Europa oriental, jugó un rol miserable en Medio Oriente. Derrama ayuda pero nunca exige, a cambio, democratización o restricciones en los poderes políticos. Eso tendrá que cambiar si lo prometido el mes pasado se cumple. Si se trata de contribuir a la construcción de la democracia, Europa necesitará recordarse a sí misma, así como a los receptores de su dinero, que uno nunca puede construir sociedades libres sobre la base de teorías conspirativas racistas de nazis y zares. Éstas son, y siempre fueron las melodías que cantan los tiranos.

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