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URI DROMI – NYT

El intercambio de más de un millar de prisioneros palestinos por un soldado israelí fue negociado por un mediador alemán y por Egipto, ello se debió a que Israel considera a Hamas como una organización terrorista con la que no va a negociar.

Pero el hecho es que se trataba de un acuerdo entre Israel y Hamas. La pregunta ahora es si esta muestra de pragmatismo puede llevar a nuevos desarrollos y unas mayores ramificaciones del conflicto árabe-israelí.

Cuando Hamas tomó el poder hace más de cinco años, escribí en estas páginas que ese desarrollo tenía un lado potencialmente positivo: “Las cosas ahora podrían llegar a ser mucho más claras. No habrá encubrimiento, no habrá ese estilo de doble lenguaje propio de Arafat (en árabe e inglés), o bien la impotencia sin fin de Abbas.

Es mejor tratar con un enemigo puro: luchar contra él sin piedad, mientras que él es el enemigo, y sentarse a hablar con él cuando esté realmente dispuesto a hacer un trato. La historia ha demostrado cómo esas cosas pasan”.

Esto ha ocurrido ahora. Israel se ha cansado de la Autoridad Palestina ante la sospecha de que ese elusivo rival esquiva sistemáticamente la mesa de negociaciones con la esperanza de obtener mejores resultados en otros lugares: a través del terror en tiempos de Yasser Arafat, a través de las Naciones Unidas en la actualidad.

No es así con el Hamas. Para los israelíes, la organización no es más que un enemigo. Su respuesta a los cohetes Qassam lanzados desde Gaza fue el bloqueo, los ataques aéreos, los asesinatos selectivos, e incluso una operación militar. Hamas, por su parte, se mantuvo fuerte en su determinación de combatir a Israel para siempre.

El caso de Gilad Shalit, sin embargo, ha introducido un elemento de pragmatismo en este juego de suma cero. De repente, un ideólogo como el primer ministro Benjamín Netanyahu, que en los dos libros que ha editado sobre el terrorismo, advierte contra la negociación con los terroristas, se ha encontrado a sí mismo actuando en contra de sus propias y fuertes creencias.

Hamas, por su parte, ha tenido que comprometer su voto para liberar a sus principales dirigentes de las cárceles israelíes. El intercambio de prisioneros se materializó porque ambos partes – un ideólogo y unos fanáticos islamistas – tenían mucho que ganar con él, aunque no todo lo que desearían. Es una señal de una buena oferta cuando ambas partes se muestran igualmente insatisfechas.

Que Israel debería reforzar sus medidas contra los secuestros y en el futuro exigir un precio personal muy duro ante estos perpetradores del terror, resulta más que evidente. Al mismo tiempo, esta nos muestra que este tipo de pragmatismo no debe ser visto como la única excepción ante la regla, sino más bien trasladarse a otras áreas, por ejemplo y para empezar, la economía.

Mientras que las masas de Gaza celebran el regreso de sus hermanos y hermanas de las cárceles israelíes, su economía está en ruinas, el desempleo es extremadamente alto y no hay esperanza para las generaciones jóvenes.

Con una jugada audaz, Netanyahu puede obtener un impacto dramático en la situación de Gaza, y de hecho en todo el Oriente Medio. Puede proponer aliviar el bloqueo sobre Gaza y mirar con buenos ojos cualquier medida que pudiera hacer la vida más fácil allí.

A cambio, Hamas se comprometería a una hudna de 10 años (tregua), una noción bien establecida en la tradición islámica. A los egipcios les encantaría seguramente intermediar en ese acuerdo, el cual también les permitiría mejorar su posición. Y, por último, esta resonaría bastante bien ante el espíritu de progreso que conduce a la Primavera Árabe [N.P.: ya estamos, especulando sin contemplar toda la realidad]

Esto no es un reciclaje de aquella ingenua visión sostenida por Shimon Peres, el “Nuevo Oriente Próximo” de la década de 1990, sino más bien una idea con los pies en la tierra que pueda favorecer las necesidades básicas de la gente de aquí: dar un horizonte económico a la población de Gaza y seguridad para los israelíes.

Después de todo, Richard Nixon no fue a China para reformar a los chinos, ni tampoco esa visita cambió a los Estados Unidos. Les dio un descanso a los antiguos enemigos mortales, lo que les permitió canalizar sus energías hacia canales más productivos.

¿Es esto un sueño? Tal vez. Pero por una vez, cuando la gente en ambas partes abraza a sus seres queridos, dejémonos guiar por nuestras esperanzas y no sólo por nuestros miedos.

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