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La muerte a manos de un vampiro

IRVING GATELL
EN EXCLUSIVA PARA ENLACE JUDÍO

Hay existencias patéticas. Son aquellos que nacieron para morir sin ofrecer resistencia. Lamentan su desgracia, pero se limitan a esperar la llegada de aquél que habrá de alimentarse de ellos.

– Dicen que el proceso es doloroso…
– Y lento, en la mayoría de los casos.
– Callense, carajo. Es deprimente

Se quedan quietos, sin saber -ni querer saber- si no quieren o no pueden moverse. La única sensación en la que reparan, de tanto en tanto, es el extraño frío que se siente en el centro de detención. Aparte de eso, sólo el ventanal a prueba de fugas que los separa del mundo exterior, a través del cual perciben las luces de neón que iluminan todo el lugar de modo frío, impersonal, artificial y hostil. Y afuera, ellos, los otros, yendo y viniendo. Son los que administran el lugar, pero también los clientes, que no son otros sino los que buscan una víctima. Por eso, todos saben que están en la antesala de la muerte. Su muerte.

– ¿Jamás hubo algún sobreviviente?
– En los pisos de abajo dicen que sí. Incluso, algunos dicen que se puede sobrevivir varias veces, pero me han contado que eso sólo hace que repita el sufrimiento y el dolor.
– Entonces, sobrevivir es peor.
– Parece.
– De todos modos, quisiera intentarlo. Por lo menos una vez, para luego decidir si vale la pena o no.
– ¿Para qué? No creo que sea opcional. No creo que pidan tu opinión. Dicen que primero vacían tus entrañas criminalmente, y luego te mandan a un laboratorio para que revivas. En el intermedio, tienen que hacerte un lavado o una desintoxicación. Los que ya han pasado por eso no saben qué duele más. Pero todo duele.
– Anda. Informado nos resultó el señor.
– ¿Qué otra cosa hacer? Desde que llegas a este maldito lugar sabes que tu destino es morir. Si intentas evadirte, de todos modos te van a matar. Así que mejor saber a qué se atiene uno, acaso así logras desarrollar el suficiente temple para enfrentar la muerte. Tal vez pierdas otras cosas, pero no el honor.
– Jo! Como si se perdiera todo. No, señor: sólo pierdes la cabeza.
– También pierdes las entrañas. Claro: salen por la cabeza.
– No salen, idiota. Las sacan.

Siguen mirando detrás del cristal que los aprisiona, viendo cómo van y vienen aquellos que ni siquiera importa quiénes son. Son los asesinos, los verdugos, los que tarde o temprano buscan saciar su ansia voraz que consume la esencia vital de los prisioneros.

– Dicen que sólo engullen tu esencia vital.
– Cierto. Al resto del cuerpo no le hacen nada.
– Vampirismo, sin más ni menos.
– Revientan tu cabeza, y luego succionan todo lo que pueden.
– ¿La cabeza o el cuello?
– Dicen que la cabeza.
– Los de arriba dicen que te hacen una trepanación.
– ¿Una qué?
– Joder, te hacen un hoyo en la cabeza. Y por ahí te extraen todo.
– Vampirismo, ni más ni menos.
– Fuimos hechos para ser víctimas del vampirismo. Qué heroico.
– Qué mierda. No le veo lo heroico por ningún lado.
– Yo supe de uno que logró brincar antes de que se lo llevaran.
– ¿Brincar? ¿Hacia adonde?
– Idiota. Si estás diciendo que los del piso de arriba dicen cosas, es porque hay un arriba y un abajo. Eso te da la posibilidad de brincar.
– ¿Y qué le pasó?
– Reventó. La caída fue tan fuerte que quedó hecho mierda en el piso.
– ¿Qué será peor?
– Yo preferiría morir así. No dejar que un vampiro gordo me saqué todo lo que llevo adentro.
– ¿Gordo? ¿Por qué gordo?
– No me interrumpas, torpe. ¿No te has fijado que la mayoría de los que nos atacan son gordos?
– Algunos son unos verdaderos cerdos.
– Deja eso, carajo. Sigue con lo que estabas diciendo.
– Decía: me parece más digno quedar desparramado en el piso que ser víctima de un parásito.
– Supe de otro que también quiso suicidarse brincando.
– ¿Murió reventado?
– No. Dicen que cayó de cabeza, empezó a convulsionarse, y murió después de un brutal vómito.
– O se desangró, o algo así. Vinieron a recogerlo y lo llevaron directamente al depósito de cadáveres. Los muy malditos ni siquiera se tomaron la molestia de limpiarlo. Sólo se limpiaron sus puercas manos.
– Allá atrás hay un traumado que casi no habla. Lo poco que alguna vez dijo fue que vio a alguien morir así.
– ¿Otro suicida?
– No. Un accidentado. En el camión.
– ¿Cómo?
– No sabe. No alcanzó a ver. Un movimiento brusco, o una pérdida de control, o un golpe que nadie esperaba. Y de repente, uno empezó a convulsionarse. Se retorció y empezó a vomitar, tan fuerte que terminó expulsando sus propias vísceras. Quedaron regadas por todos lados. Todos los que venían en el camión quedaron manchados. No hubo ninguno que saliera limpio de allí. Y luego los metieron acá. Llegaban los vampiros por alguno, pero hacían una expresión de repugnancia. Parece que la sangre sólo les gusta cuando está fresca, recién salida del cuerpo. Si te encuentran manchado o con costras, te someten a un brutal proceso de lavado, sin ninguna delicadeza, sin ningún respeto. Y sólo hasta que te sienten limpio, acaban contigo. Bueno, eso dice el de atrás.
– ¿Es el huraño que dicen que lleva aquí más tiempo que cualquiera de nosotros?
– Exacto. ¿No te has fijado en su hedor?
– Seguro. Huele a muerto.
– Es una peste insoportable. Huele a vísceras. Ya estaba aquí cuando nos trajeron, y ningún vampiro lo ha escogido. Lo han tomado, pero siempre lo dejan y escogen a otro.
– Mira que cosas. La peste de la muerte impregnada en tu cuerpo es la única forma posible para sobrevivir.

De pronto callan. Una silueta del otro lado del cristal empieza a acercarse. No es gordo, pero da igual. Viene hacia ellos, y su paso es decidido. De repente, sin que puedan explicar cómo, el enorme ventanal se abre y todos quedan aterrorizados. El vampiro extiende una mano y empieza a palpar los cuerpos. Los siente, los acaricia, los reconoce, pero no toma a ninguno. Luego se retira. Balbucea algo incomprensible en su idioma similar a ladridos, y el ventanal se cierra, mientras el casi verdugo desaparece por la lejana puerta que apenas se ve.

– Puta madre. Lo único que faltaba: que además de todo, te pongan una manoseadota. De eso si que no me habían hablado.
– Carajo. Casi me atrevería a decir que fue placentero.
– ¿A ti qué tanto te tocó?
– Todo. Bueno, la cabeza no, pero el frente, la espalda, el trasero, carajo, me agarró todo el cabrón.
– Interesante. ¿No será una especia de orgasmo el momento de morir? A fin de cuentas, es una expulsión de líquidos.
– No mames. La expulsión de los líquidos que te dan la vida no me parece un orgasmo. Me parece un puto crimen.
– Y duele.
– ¿Y acaso el orgasmo no es dolor en cierto modo? Recuerden como empezó nuestra existencia. Por decirlo en tecnicismo, quienes nos engendraron expulsaron sus líquidos vitales. E hicieron un ruido bárbaro. Momentos después, eternos para nosotros, pero insignificantes en el universo, ya estábamos aquí. Bueno, en el hogar original, de donde fuimos secuestrados y separados para venir a dar a este maldito centro de detención donde los vampiros trafican con nosotros.

– Qué poético. “Quienes nos engendraron expulsaron sus líquidos vitales”. Mamón. Eres un maldito charlatán de mierda. Debería matarte yo mismo.
– ¿Cómo sabes que hicieron ruido? Algunos amantes hacen todo en silencio.
– ¡Maldita sea! ¿Qué sé yo? ¿Quién sabe algo cierto sobre el nacimiento o sobre la muerte? Nos dijeron, nos contaron, nos platicaron. Nuestra miserable información no pasa de allí. Nadie recuerda el momento en que fue engendrado, el momento en que despertó su conciencia. Sólo recordamos que nos rodeaba un ambiente familiar que ahora nos parece perfecto, lleno de seres queridos, sin conocer la brutalidad del mundo, sin saber que a fin de cuentas sólo somos alimento para una horda de bestias inmisericordes. Dicen que desangrarnos y vaciarnos los hace felices. Dicen que la mayoría son gordos. Dicen que nos parte la cabeza o nos hacen una trepanación. Dicen que, dicen que, dicen que. Y nadie sabe nada, salvo que estamos frente a este estúpido ventanal esperando a que alguien venga a matarnos. ¿Cómo llegamos aquí? No importa. ¿Quién lo recuerda? ¿Quién entiende el por qué? Un día llegaron a casa, nos sacaron, nos formaron, nos integraron en grupos ordenados y nos subieron en un maldito camión o tren o yo qué sé, y nos fueron repartiendo en diferentes estaciones de encarcelamiento, campos de concentración, antesalas de la muerte, centros de detención o como quieran llamarles. Lo único que nos permite ver este estúpido ventanal es que los vampiros van y vienen, y se llevan a cualquiera de nosotros. No importa nuestra dolor, nuestra estatura, nuestro peso. Cualquier día nos llega la hora y uno de esos parásitos nos toma. A veces nos lleva, a veces nos aniquila aquí mismo. En nuestra breve estancia aquí ¿cuántos cadáveres no hemos visto caer al piso? Y los que atienden a los vampiros sólo toman el cuerpo inerte, y sin ningún respeto o consideración se deshacen de él. Luego llegan los capataces trayendo más víctimas, que vienen con la mirada desconcertada, la expresión de pánico. Y uno se queda con ganas de ir y decirles lo único que se puede decir: que no sabemos cómo llegamos a este mundo, y tampoco cómo o cuándo nos vamos a ir. Sólo sabemos que si estamos aquí, es porque no falta mucho para morir.

Todos callan. La elocuencia del discurso ha sido casi letal. Por un momento, el frío del lugar parece sentirse más intenso, más hiriente, más oscuro.

– Lo que nos faltaba. Un filósofo existencialista. Eres un maldito mamón y…
– ¡Cállate, tarado!
– ¡Sí, cállate, cállate!

Todos gritan, todos se agreden, todos se insultan. Hasta que uno dice eso que nadie quiere oír. Eso que provoca el pánico.

– Silencio. Viene uno.

Callan y voltean. Apenas si les da tiempo. El ventanal se retira otra vez de ese modo misterioso, y el vampiro empieza el rito erótico de toquetear, sentir, palpar. Hace una expresión de autocomplacencia, y sujeta firmemente al que está junto al filósofo. La víctima ni siquiera logra oponerse. Sólo voltea tristemente, y con una mirada que parece perderse en la nada se despide de sus compañeros. Mientras, todos miran el rostro del vampiro, sabiendo que el rostro de la muerte -sus propias muertes- será muy semejante cuando les llegue el turno: un rostro repugnante, ansioso por cometer el crimen, por mantenerse vivo a costa de la vida de otros.

Para terror de todos, el vampiro no se retira. Por el contrario, todos sus movimientos indican que va a acabar con su víctima en ese mismo lugar, delante de los incrédulos observadores que siguen presos detrás del ventana.

Una mano del vampiro se coloca estratégicamente en los hombros de su víctima, mientras con la otra toma firmemente la cabeza. Luego, un movimiento rápido y certero. Estrangulamiento. Ni trepanación ni perforación. Le revienta el cuello. La cabeza cuelga flácida de un cuerpo al que todavía le queda un poco de vida, y entonces el vampiro hace una enorme abertura y acerca su boca. Sin dejar que caiga una sola gota, empieza a succionar todo aquello que alguna vez llenó de vida a alguien que ya ni siquiera parece lo que fue, y que se ha convertido en un cuerpo en sus estertores finales, que ya sólo sirve para saciar la sed criminal de un asesino.

Apenas unos segundos y todo termina. El vampiro levanta el cuerpo flácido e inerte de su víctima, y le dedica una sonrisa sádica y triunfal. Luego observa al resto de los detenidos detrás del ventanal con una expresión entre burlona e indiferente, da media vuelta, y con su descomunal fuerza lanza el cadáver a un lugar donde ya hay otros cuerpos sin vida. Dando la espalda a todos los condenados a muerte, se va.

– Parece que es rápido.
– Pero algunos dicen que también puede ser lento.
– Agradézcanle a Dios una cosa: no se nos concedió saber cómo llegamos al mundo, ni entender por qué nos trajeron al centro de detención. Pero se nos ha concedido ver cómo será el final. Detalles más, detalles menos, ya sabemos de que se trata la muerte.

La muerte a manos de un vampiro.

 

Sabrina observó sorprendida a Morris.
– ¡Oye! Tenías calor.
– Todo el calor del mundo.
– Te lo acabaste de un trago.
– Ajáh. Lo extraño fue que…
– ¿Qué?
– Casi puedo jurar que cuando saqué la Coca-Cola del refrigerador, los demás refrescos me veían con caras tristes. Como si tuvieran miedo.
– ¡Estás loco!
– Te lo juro. Esos refrescos tenían miedo.

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