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Lluvia en el cristal

CUENTO DE IRVING GATELL EN EXCLUSIVA DE ENLACE JUDÍO


Otra gota.

Choca contra el cristal y se queda fija, temblando como si tuviera dudas, o como si estuviera a punto de tomar una decisión importante, buscando de reojo a sus posibles cómplices. Por fin decide acercarse lentamente a otra gota, y una vez que se juntan, toman valor para seguir el viaje, perdiendo discreción y ganando desenfado, cada vez más hacia abajo donde otras gotas las esperan para integrarse al movimiento, hasta que logran soltarse en una vertiginosa caída libre, sólo limitada por las posibilidades que les da el vidrio, y entonces arrastran -ya no invitan- a otras gotas que al caer dejan un rastro lineal, única huella que los demás podemos contemplar durante unos pocos segundos, para saber cuál fue la ruta que siguieron en su colapso. Rastro lineal que, una vez terminada la caída, se descompone y se transforma en muchas gotas diminutas, quietas otra vez, sin el suficiente peso como para moverse, y que más tarde no servirán para que alguien pueda saber de la tragedia que sucedió. Tal vez para uno como observador externo sea una trivialidad, pero tal vez para cada una de esas gotas, mundos diminutos, sea todo un apocalipsis.

Como el que nos está sucediendo, por ejemplo.

Apenas si volteo hacia donde estás, jugando a que me cuesta un gran trabajo, fingiendo que es un gran esfuerzo, como si las gotas en el cristal y sus caídas ejercieran sobre mí una fascinación hipnótica, y no quisiera perderme ninguno de los apocalipsis que están sucediendo todo el tiempo en la ventana, frente a nuestras propias narices. Luego juego a que salgo del trance por unos segundos, y te observo en silencio. Ya sé que tal vez no te importe, y que no vas a responder a mi mirada. Ya sé que no tiene sentido que te platique toda mi fantasía sobre gotas, caídas libres, rutas construidas, rutas perdidas, apocalipsis en miniatura. Ya sé que no me vas a hacer caso, porque hace mucho que la comunicación entre los dos murió, y con ello tú perdiste el interés por mis sutilezas internas, y yo perdí el interés por contártelas.

Por eso, en este momento sólo yo contemplo la catástrofe de las gotas. Y sólo yo me preocupo por ellas.

Sin embargo, todavía hay una parte de mí que quisiera preguntarte de qué lado estás en esa tragedia, acaso sólo para después preguntarte de qué lado estás en la nuestra.

Afuera, la gente va y viene. Corren, caminan, trotan de un lado a otro intentando taparse un poco de la lluvia, aunque saben que no tiene caso, y entonces se entregan al agua, como si de ese modo consiguieran la energía necesaria para seguir con lo que hacen, apresurar lo que los ocupa. Algunos hablan, pero están del otro lado del cristal en el cual las gotas chocan, escurren y mueren ante mi mirada impávida. Están del otro lado de la tragedia, y supongo que por eso no los escucho ni me interesa hacerlo. Como tampoco te escucho a ti, a pesar de que estás de este lado de la ventana, sin que eso me diga de qué lado de la tragedia estás.

Me gustaría que, por lo menos en esta, la última ocasión, volviéramos a estar del mismo lado.

Llámalo demencia poética, o amor por las despedidas frívolas. De todos modos, acabo de ver como tres o cuatro gotas se acumularon en la parte superior de la ventana, y al desplomarse trazaron un surco largo, largo, logrando una velocidad poco usual para las gotas. Y yo quisiera que pudieras detenerte a contemplar esa caída con los mismos ojos que yo. Te observo en silencio, y supongo que lo más probable es que no quieras. O que ya no puedas.

Es lógico. Supongo que difícilmente te fijas en mí, y es imposible que te interesen las gotas. Estás pensando en tu mamá. No lo dudo, porque el pleito de hace unos minutos fue muy fuerte. Tal vez por eso, frente al mismo cristal, frente a la misma tragedia, perdiéndonos definitivamente el uno al otro, ya no podemos comunicarnos. Yo me pongo a reflexionar sobre la caída de las gotas, y tú ni siquiera hablas. Hace unos momentos vi como una lágrima atravesó tu rostro mientras respirabas pausadamente, pero nunca me volteaste a ver. Y por eso supongo que esa lágrima no fue para mí.

Curiosamente, gracias a esa lágrima descubrí la tragedia de las gotas, porque justo cuando iba a abandonarme al dolor que me desbarata por dentro, vi una gota líquida, brillante, cristalina, bajando por la pálida redondez de tu mejilla, y en ese momento vi que del otro lado de la ventana pasaba lo mismo, como si la lluvia también llorara su propia tragedia.

O como si llorara la nuestra. Como si las gotas también estuvieran viendo a través del vidrio, y contemplaran nuestro propio apocalipsis, en el cual nos vamos distanciando más y más, sin poder, sin querer hacer algo para volvernos a acercar. Incluso, pareciera que las gotas están más atentas que toda la gente que afuera sigue yendo y viniendo, hablando y diciendo. Esa gente a la que no le ponemos mucha atención, a la que no escuchamos, como si supiéramos que la lluvia es la única que se puede sumir en una profunda tristeza al ver todo lo que de este lado del cristal también está muriendo.

En eso te pareces a las gotas de lluvia, porque también has llorado. Sólo que lo has hecho fuera de mí. O lo has hecho excluyéndome de tu tristeza. Lo sé porque lo único que me dedicaste fue un grito. Le diste la forma de un reclamo de varios minutos, pero a fin de cuentas fue tan sólo un grito que empezó desde el penoso desenlace de la comida en casa de tu mamá, con la discusión con tu hermana. Luego, salir cada quien por su lado, tú dando portazos y yo disculpas, seguido por la furia con la que arrancaste el auto, y la ira con la que tomaste el camino de regreso a casa. Y yo sin poder decirte nada, quedándome quieta, dejándote respirar y esperando a que recuperaras la calma.

Lo último que te pedí fue que te tranquilizaras. Lo último que me dijiste fue un grito, que -en esencia- era el mismo que habías comenzado con tu hermana, y que ahora le dabas conclusión conmigo.

Ya no volvimos a hablar, aunque poco a poco fuiste relajándote. Tus duras facciones se fueron suavizando, y por momentos parecía que ibas a decir algo. Fruncías un poco el ceño y acariciabas tu incipiente barba, pero te reservaste cualquier comentario bajo tu política de no discutir tus asuntos familiares conmigo.

Excluirme.

Sé que hubo un momento en el que estuviste a punto de llorar, porque vi como una lágrima se formó en tus ojos oscuros. Ya te habías calmado, ya manejabas tranquilo, prudente como de costumbre. La lágrima estuvo a punto de caer, pero te resististe, y sé que lo hiciste sólo por orgullo, por no ceder a la fragilidad de llorar delante de mí. Y aunque ya estaba lloviendo, en ese momento no se me ocurrió que la lluvia fuera otra forma de llorar, y la ventana otro rostro por el cual se deslizan otras lágrimas. Menos aún se me ocurrió pensar en la tragedia de las gotas, y en cuánto se parecen esas lágrimas a las tuyas: se quedan quietas, se resisten a caer, tiemblan de frío o de miedo, y sólo emprenden su largo camino hacia abajo cuando no queda otra alternativa.

Y hasta que lo inevitable pasó, me di cuenta de lo mucho que nos parecemos a la lluvia. Primero percibí la mueca de terror en tu rostro, al tiempo que intentabas frenar para evitar el tráiler que no pudo tomar la curva mojada y en declive, y que continuó su trayecto en línea recta para embestirnos junto con los tres carros que estaban detrás de nosotros.

Como si fuéramos gotas. Como si fuéramos lágrimas.

La de arriba pierde el control y se desmorona, arrastrando hacia abajo a las demás.

Ahora, lo único que percibo es este ominoso silencio. La gente afuera sigue yendo y viniendo, intentando ayudar, hablando, gritando y ordenando. Pero no los escucho. Mi única, mi última comunicación, es con la lluvia que llora del otro lado del cristal, que me deja atestiguar sus apocalípticas caídas, pero que también me deja envidiarla porque sé que esas gotas caen juntas. A diferencia de nosotros, que aunque caímos compartiendo el mismo auto y quedamos prensados entre los mismos hierros, tu última lágrima no fue para mí, y quedé excluida de tu tragedia.

Ahora, tu vista simplemente se ha apagado y se ha quedado fija y has dejado de respirar, del mismo modo que me sucederá a mí en breves momentos.

Pero he decidido que no moriré sola. Moriré con esas gotas que chocan con esta ventana estrellada que ha quedado a tres centímetros de mi rostro, y que tiemblan durante unos segundos mientras buscan un cómplice al que acercarse, esperando el momento para ser suficientes y dejarse caer, dejando un ambiguo rastro que después de unos segundos no dará idea de quiénes eran, de dónde venían, a dónde fueron.

Como nosotros.

 

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