Inicio » Opinión » Literatura » Yom Haatzmaut 2012/ El último artículo de Manuel Levinsky: Israel hoy, una espléndida realidad

Yom Haatzmaut 2012/ El último artículo de Manuel Levinsky: Israel hoy, una espléndida realidad

MANUEL LEVINSKY, Z¨L

El 26 de abril 2012, celebraremos 64 años del Estado judío, el Estado-milagro que, día a día, sigue luchando por su supervivencia e intentando alcanzar la paz con sus vecinos. Al cumplir Israel 60 años, el Keren Kayemet LeIsrael publicó un libro, “60 voces por Israel desde México”(en venta en las oficinas de esta organización), donde sesenta escritores, en su mayoría mexicanos, expresaron su sentir por Israel, a través de artículos, cuentos y relatos. Publicaremos estos textos a lo largo del mes de abril, en homenaje al Estado judío

El lugar de nacimiento del pueblo judío es la Tierra de Israel. Ahí se desarrolló una considerable parte de la larga historia de la nación, de la cual los primeros mil años están registrados en la Biblia

La historia judía empezó hace aproximadamente 4000 años con el patriarca Abraham, su hijo Isaac y su nieto Jacob. Documentos descubiertos en Mesopotamia, que se remontan a la primera mitad del segundo milenio antes de la Era Común presentan aspectos de su vida nómada, que se describen en el libro de Génesis.

Después de cuatrocientos años de esclavitud, los judíos fueron conducidos a la libertad por Moisés, quien de acuerdo a la narración bíblica, fue elegido por Dios para sacar a su pueblo de Egipto y retornarlo a la Tierra Prometida.

Durante los siguientes dos siglos, los israelitas conquistaron gran parte de la tierra circundante, y abandonaron sus costumbres nómadas, transformándose en campesinos y artesanos.

Vamos a imaginarnos que nos encontramos en el año 1004 AEC, cuando David compra a la jebusita Arauna un granero en el Monte Moriah, derrota a los filisteos y extiende el Reino de Israel desde el mar Rojo hasta Aram Zoba, país arameo que hoy es Alepo, Siria. David convirtió a Israel en una importante potencia, unió a las doce tribus de Israel en un solo reino. Pero la obra más brillante y grandiosa de David fue la conquista de Jerusalén de manos de los jebuseos. David fue nombrado rey de todo Israel y escogió a Jerusalén como el centro de la vida religiosa y política de su pueblo. La Biblia lo considera como el más grande de los monarcas de Israel. A su muerte, fue sepultado en su ciudad, Jerusalén.

La historia de Israel, comienza en una época en que la ciudad de Paris no se llamaba ni siquiera Lutecia y Londres era apenas un lodazal que no habitaban ni los anglos ni los sajones.

Pero hagamos memoria para que se comprenda bien el milagroso hecho el retorno a la tierra de sus ancestros y su increíble desenvolvimiento que ha sido objeto de admiración de todas las naciones del orbe.

Comencemos pues por el nombre de Palestina. Se deriva de la voz Palastu, con los que los antiguos asirios designaban la tierra de los filisteos, pueblo egeo que se estableció al sur del país, hacia el año 1300 AEC. Ese pueblo desapareció completamente de la faz de la Tierra y al igual que otros pueblos, como los asirios, babilonios, fenicios y tantos otros que dominaron en su momento al mundo occidental conocido, no dejaron más que ruinas y monumentos. La única civilización del Medio Oriente que no desapareció fue la judía, porque su pueblo conservó siempre su religión, su fe y sus tradiciones. Este territorio de los filisteos de cuya denominación se deriva el vocablo Palastu, recibió el nombre de Eretz Israel, que significa Tierra de Israel después de la conquista y su establecimiento por los hebreos. Este último nombre fue adoptado por el movimiento sionista para todo el territorio palestino. En consecuencia, debe quedar bien claro que los poseedores de Palestina fueron los judíos y que los que actualmente se hacen llamar palestinos poblaron esta Tierra mucho tiempo después, y la que se hizo llamar la Organización para la Liberación de Palestina (OLP) fue creada en mayo de 1964 por la Liga Árabe.

Y ya que hemos mencionado la capital de Israel, debemos decir que, ubicada en el corazón de Israel que separa el desierto del mar, se halla una ciudad suspendida entre el cielo y la tierra. Una ciudad de belleza y hermosura sin igual. Una ciudad de encanto y de historia. Una ciudad que es inspiración de poetas. Esta ciudad se llama Jerusalén.

Pocos panoramas son tan bellos, pocas vistas tan impresionantes como la resplandeciente y majestuosa ciudad de Jerusalén, contemplada desde el Monte de los Olivos.

En las tempranas horas, cuando el rocío de la noche brilla sobre las cúpulas, las torres y los techos planos de la ciudad, cuando una neblina transparente descuelga su encaje de los muros y los rayos del sol perforan la dura piedra, el visitante se asoma a una de las grandes maravillas: la ciudad de Jerusalén.

Al contemplar aquella magnificencia, uno se asombra de observar la Ciudad Antigua, encerrada en un cinturón de murallas. Y los rayos del sol del atardecer, antes de esconderse detrás de los montes, la convierten en Yerushalayim Shel Zahav, en la “Jerusalén de Oro” ¡Tan poca geografía y tanta historia!
Aquí se alzaba la ciudad del rey David. Aquí, en el ángulo del área de lo que fue el Templo de Salomón, uno mira y murmura: Aquí, todo comenzó.

Su hijo Salomón, el rey sabio, mandó construir el Primer Templo con materiales importados de Tiro, ciudad de Fenicia en el año 955 A.E.C. Empezó su construcción en el cuarto año de su reinado y tardó siete años en terminarlo.

La estructura del Primer Templo tenía tres pisos de altura, estaba rodeada de una galería de columnas, un patio interior y otro exterior. Fue hecha de piedra tallada, sus paredes recubiertas de cedro bordado de oro.

En el año 586 A.E.C el rey de Babilonia, Nabucodonosor, destruyó el Templo al capturar Jerusalén, saqueó todos los tesoros y dejó el santuario en ruinas, llevando a todos los judíos cautivos a Babilonia en calidad de esclavos. El recuerdo indeleble de ese desastre nacional perdura hasta hoy día, conmemorándose el ayuno de Tishá Beav, el noveno día del mes de Av. Medio siglo después en el año 539 A.E.C, Babilonia cayó bajo el dominio del poderoso rey Ciro de Persia, quien expidió un decreto permitiendo el regreso de los judíos a Jerusalén. En el año 519 A.E.C, el rey persa Darío mandó reconstruir el Templo por primera vez y la obra fue terminada en tres años. La ciudad fue lentamente reedificada para adquirir su antigua fisonomía. Se pobló densamente y se construyó un cinturón de murallas para defenderla. La ciudad de Jerusalén fue nuevamente capturada por Antíoco Epifanes de Siria y fue profanado su Templo. En el año 200 A.E.C fue invadida por los griegos, y en el año 164 A.E.C, los Hasmoneos de Yehudá el Macabeo la liberaron y purificaron su Templo.

Restablecieron el culto divino del Estado Independiente. Jerusalén se transformó nuevamente en el corazón del pueblo judío. Nosotros lo recordamos con el milagro de la fiesta de Januká.

Después fue nuevamente conquistada por Pompeyo, el general de las fuerzas romanas y en los años 20 y 19 A.E.C. El rey Herodes, gobernador de Judea, a la muerte de su padre Antípater, que era protegido del emperador romano César, comenzó a edificar palacios y ciudades para congraciarse con los judíos. Herodes fundó Cesárea, de dimensiones y grandeza monumentales y reconstruyó Samaria (Shomrón).

Jerusalén fue embellecida con teatros y anfiteatros, pero la obra más célebre del reinado de Herodes fue la restauración y reconstrucción del Segundo Templo, que duró ocho años. Siguió el plano general del Primer Templo de Salomón. Al mismo tiempo Herodes que no se consideraba judío, pobló al país de templos paganos. Herodes murió en el año 4 A.E.C. De este Templo quedan los restos del Muro de los Lamentos.

En el año 70 de la Era Común, el sanguinario romano Tito destruyó el Templo y las fortificaciones. El Arco de Tito fue erigido en el Foro Romano. Transportaron el candelabro de siete brazos a Roma, anunciando el exilio y la Diáspora de los judíos, que duró dos mil años y, aunque en el año 132 de nuestra era Bar Kojbá se rebeló contra el emperador romano Adriano, resistiendo tres y medio años, finalmente cayó la última fortaleza judía, la colina de Betar. Los romanos le cambiaron el nombre a Jerusalén y la llamaron Aelia Capitalina.

Después de que empezó el largo destierro, Jerusalén fue conquistada por los bizantinos, los árabes, los cruzados, los mamelucos, los tártaros, los otomanos y los británicos. El 7 de junio de 1967, en la Guerra de los Seis Días fue liberada la Jerusalén antigua, la Jerusalén amurallada, la Jerusalén del Muro de los Lamentos, la capital del Estado de Israel.

Es interesante hacer notar que para ninguno de los reinos que la invadieron significó jamás una patria. Para la religión musulmana, la patria espiritual es la Meca, para los cristianos es el Vaticano : sólo para los judíos es la eterna Jerusalén, en su propio Estado de Israel.

Debemos pues entender que el lugar de nacimiento del pueblo judío es la Tierra de Israel. Ahí se desarrolló una considerable parte de la larga historia de la nación, de la cual los primeros mil años como ya lo mencionamos están registrados en la Biblia.

Es por ello que, al conmemoramos años de existencia soberana de Israel, recordamos aquel 14 de mayo de 1948, en que Ben Gurión, primer Jefe de Gobierno, leyera la Declaración de Independencia en el Museo de Tel Aviv, ya que Jerusalén estaba sitiada. Sus palabras fueron escuchadas por la Asamblea y el mundo entero:

“El nuevo Estado de Israel, ha sido la cuna del pueblo judío: aquí se ha forjado su personalidad espiritual, religiosa y nacional; aquí ha vivido como pueblo libre y soberano, aquí ha creado su cultura con valores nacionales y universales y ha legado al mundo entero el imperecedero Libro de los Libros: la Biblia.

Hacemos un llamado al pueblo judío en toda la Diáspora a congregarse en torno al Estado de Israel y a secundarlo en sus tareas de inmigración y construcción y en su gran empresa por la cristalización de sus aspiraciones milenarias de redención del país”.

En esa hora definitiva podemos decir que los pueblos arriban a veces a ciertas encrucijadas que requieren la elección de alternativas decisivas, no solamente de índole socio-económico, sino también de saber vislumbrar el futuro y comprender la esencia de la vida. Creemos que una de tales encrucijadas fue la tragedia del Holocausto, clara demostración de que los grandes hechos y cambios por los cuales pasa la humanidad encuentran a los judíos siempre indefensos y de que no tenemos derecho, si es que queremos subsistir, a confiar en que nuestros problemas y nuestro destino puedan ser resueltos por los demás y no por nosotros mismos.

Esta convicción de preservar todos los valores espirituales de nuestro pueblo, nos impone una lucha a vida o muerte por el derecho a la supervivencia. Sólo podíamos lograr este objetivo con la existencia de un territorio propio e independiente, el Estado de Israel.

Manuel Levinski (1923, Garyevo, Polonia- 2008, Ciudad de México) Activista comunitario, periodista y escritor. Fue excelente deportista y talentoso actor del teatro idish. Presidente de la Organización Sionista Juvenil; presidente de le Segunda Generación del Comité Cultural del Keren Hayesod; presidente de la Organización Sionista así como de la Federación Sionista; fundador y presidente honorario y vitalicio de la Asociación de Periodistas y Escritores Israelitas de México; presidente honorario y vitalicio del Keren Kayemet Leisrael; presidente de la Academia del Instituto Mexicano de Ciencias y Humanidades. Autor de 8 libros, entre ellos “Guedale el Inmigrante”, “Alex perfil de un hombre sin rumbo”, “Cien personajes” y su última obra “Los criptojudíos en Hispanoamérica”. El presente texto es uno de los últimos que escribió antes de su fallecimiento.

3 Comments

  1. Ubaldo dice:

    Muy interesante artículo que demuestra con hechos historicos que Jerusalén es la capital del pueblo Judío. En lo único que si difiero del Sr. Levinski es afirmar que para los Cristianos la Patria espiritual es el Vaticano. Para los católicos si. Cristo dividió en dos la historia de la humanidad, no la ¨Epoca Común¨.

  2. mordechai dice:

    Al lector que considera Jerusalem como capital de los cristianos y católicos, quisiera que se diera cuenta que Cristo dijo que “no vino a cambiar ni una jota ni una tilde de esta ley” (comentario editado para evitar ofensas)

  3. Felix dice:

    La Iglesia del Señor Jesùs el Cristo se inicia en Jerusalen y es confirmada por el que administraria la Iglesia en esta dispensaciòn, que es el Espiritu Santo, para desde alli el mismo el consolador en sus hijos la llevaria por todo el mundo conforme Hechos 1:8. El que no tiene Amor no tiene a Dios y el que no tiene a Jesùs el Cristo no tiene amor.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *