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Arthur Miller y la muerte de un viajante

BECKY RUBINSTEIN F.

Arthur Miller, dos veces merecedor del Premio Pulitzer y ganador de un Tony, entre otros galardones, ve la luz primera en el año de 1915 en Nueva York ,y fallece en Roxbury, Connecticut en el 2005. Tercer hijo de Isador Miller y de Augusta Benet, inmigrantes austriacos, su nombre es garantía de calidad. Las marquesinas de los teatros –y también de los cines-se han engalanado con sus obras: las menos o las más conocidas, como “La muerte de un viajante”, situada en el Brooklyn de 1949, en la casa y el patio de la familia de Willy Loman, constituida por Linda, su esposa y Biff y Happy, sus hijos, quienes dan vida a, nuestros ojos, a una familia prototípica americana, y, por algunos indicios, judeo-americana, drama representado por artistas consagrados como José Elías Moreno y Silvia Mariscal ,y de artistas noveles de impecable talento, como Osvaldo de León y Guiseppe Gamba.

La trama va y viene en el tiempo, salta de una etapa a la otra, como si se tratara de una novela, donde destacan momentos determinantes de sus vidas, como individuos o bien, como familia. Asimismo, aparecen y desaparecen personajes clave, como el tío Ben, protagonizado por el talentoso Julián Pastor, y como el vecino Charly, caracterizado por Emilio Guerrero.

El papel de La mujer, o sea de la amante del padre de familia, está a cargo de Talia Marcela ; Howard Kotsifakis recrea a Howard Wagner, hijo de su antiguo empleador y su actual joven jefe, Miguel Conde da vida a Bernard, hijo de Charly, el vecino, un joven modelo, espejos donde se contempla la familia Loman.

Más allá de alabar, y con justicia, el talento de cada uno de los actores de dicha pieza teatral, producida por Sebastián Sánchez, y presentada en el Foro Chapultepec de la Ciudad de México, se nos ocurre pensar en Arthur Miller -en su juventud inspirado por el marxismo y por ende perseguido por el nefasto senador Mc Carthy- inspirador , sin duda alguna, de “Las brujas de Salem”, obra que descalifica, al parecer, la intolerancia de su tiempo, aunque, en realidad, retrata la sociedad puritana de 1692 recordada por su vergonzante cacería de brujas. Miller, por otro lado, se opone a la Guerra de Corea y la de Vietnam, y rechaza todo tipo de antisemitismo. “Focus”, presentada en 1945, es muestra patente de su preocupación por los de su grey

En cuanto a su vida privada, Miller, por cinco años “dramáticos”, por llamarlos de algún modo, vivió al lado de Marilyn Monroe, relación que terminó en divorcio. Ya libre, contrae matrimonio con Inge Morath, pionera del foto-periodismo y madre de la talentosa cineasta Rebecca Miller. Miller, influido por Ibsen, destaca por su compromiso con las ideas liberales y por su repudio contra el conservadurismo.

Por otra parte, denuncia, como en “La Muerte de un viajante”, el “ilusorio sueño americano”, espejismo que permeó –y continua perneando a la sociedad americana constituida, esencialmente, por migrantes venidos de todos los confines de la Tierra. En “Panorama desde el puente” (1955), ganadora del Premio Pulitzer, retrata el arribo de un grupo de inmigrantes.

En la obra a tratar, el padre es admirado por su esposa y por sus hijos, por su intachable conducta, por su éxito en los negocios como vendedor trashumante por más de treinta años. Poco a poco, van cayendo las caretas: el padre resulta un verdadero fiasco y apenas gana para cubrir los compromisos cotidianos, lo que obsesiona a su fiel y entregada esposa; y ni siquiera gana para el seguro de vida. E ironía de la vida, según sus propias palabras, “vale más muerto que vivo”. Resalta la escena cuando Mr. Loman regala a su amante las medias que bien podrían servirle a su esposa -la que se pasa remienda que remienda medias rotas- motivo de eterno conflicto entre los esposos.

La careta de padre y esposo ejemplar, finalmente, cae, cuando uno de sus hijos lo encuentra en un hotel de mala nota, con su joven y atractiva amante. Y otra más cae, cuando los padres desenmascaran al hijo, joven promesa por sus dotes deportivos, quien abandona los estudios por falta de empuje y compromiso, lo que lo convierte en réplica del padre, cuyo hermano, es indudable paradigma del hombre emprendedor, bendecido por el éxito.

Conflicto tras conflicto, la obra culmina con lo esperado: con la muerte del viajante, circunstancia que omitimos por razones obvias. Y aparte para el chispazo de humor judío: la esposa, personificada por la talentosa Silvia Mariscal, quien, a la manera de una típica “madre judía”, se desvive por alimentar, a cada rato, a su esposo. Incluso, le compra, para mimarlo, queso crema, al parecer, una novedad, a lo que responde con evidente sarcasmo: “Si quiero queso, pido queso; si quiero crema, como crema.”

Hay que recalcar que Miller, quien legó a la humanidad “Todos eran mis hijos”, Premio Crítica de Nueva York (1948), también escribió la comedia “Todavía crece la hierva” y en Broadway , Meca del Teatro, presentó a los 28 años “Un hombre con suerte”, que, tristemente, tan sólo se representó en cuatro ocasiones. Figura exitosa, a pesar de aquel descalabro inicial, Arthur Asher Miller, resultó: “Un verdadero hombre con suerte”, algo quijotesco, por cierto, quien peleó por las causas justas.

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