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LEON OPALÍN PARA ENLACE JUDÍO

Un acontecimiento infausto

Desde que escribí la primera parte de las “Crónicas” con angustia pensé que tendría que incluir en un número posterior un acontecimiento muy difícil de mi vida: la inesperada y trágica muerte de mi esposa, Sari, en noviembre de 1973 a los 29 años; yo tenía 33 años, mi hijo Natán, ocho, y Regina, seis. El destino del hombre está prefijado y no se puede cambiar, es la voluntad de Dios; de inmediato me percaté de que si quería salir adelante con mis hijos, no sólo tendría que enterrar físicamente a Sari, sino también mentalmente; no obstante que en ese momento tan duro de mi vida, mi pequeña familia y amigos cercanos me apoyaron, me di cuenta de que la ayuda sería temporal, que ellos seguirían con su vida normal, y yo tendría que responsabilizarme totalmente por mi destino y tratar de no aferrarme al pasado.

Ante esta decisión, tuve que madurar rápidamente; tomar decisiones adecuadas, sin titubear. Sin embargo, muchos años más tarde mi hija Regina me reprochó que hablara poco de su Mamá, que fuera un “ocultador”. Creo que tiene razón, aunque si me hubiera aferrado al pasado y hubiera idealizado al mismo, el proceso de recuperación para mis hijos y para mi hubiera sido más difícil; desde luego la orfandad de mis hijos a una edad tan tierna, representó un fuerte golpe para su desarrollo emocional. No obstante, para mí tampoco fue un acontecimiento fácilmente superable y dejó huellas imborrables en mi persona.

Las dos primeras semanas después de la muerte de Sari fueron de una intensa tristeza; me pasaba horas escuchando una melodía: “Gracias a la vida” de Violeta Parra, las primeras palabras de la canción eran: “Gracias a la vida que me has dado tanto”; en lo primeros días de luto, mi cuñado Ned, dedicado a la publicidad, tenía que presentar un trabajo a la Secretaria de Turismo en un plazo perentorio, y a pesar de mi pena tuve que ayudar a realizarlo yo solo. Fueron jornadas inagotables que absorbieron toda mi energía. La presión por entregar el trabajo en un lapso tan breve distrajo temporalmente mi pena y atenuó mi sufrimiento.

La naturaleza crea contrapesos para superar los problemas del hombre.
Así, al poco tiempo de que murió Sari, nos mudamos a un edificio en condominio; mi madre y mi hermana Java vivían en un departamento de otro edificio del mismo conjunto, lo que facilitó la ayuda que me brindaron; empero, mis hijos y yo teníamos nuestro propio hogar: juntos, pero no revueltos. El departamento no era muy grande, los edificios estaban circundados por jardines, el estacionamiento era abierto y de día se convertía en un gran patio en donde jugaban los numerosos niños que habitaban en el conjunto, entre ellos mis hijos. Este entorno, facilitó su socialización.

Recibí consejos de diferentes personas para organizar mi vida; lo cierto es que terceros con buenas intensiones no sabían a ciencia cierta lo que pasaba por mi mente; dos orientaciones coincidentes, empero, sin ninguna vinculación, la de un rabino y la de un terapeuta infantil, fueron el punto de partida para abordar la nueva y difícil realidad con mis pequeños hijos. El proceso no fue fácil; ellos tenían que continuar su vida infantil e ir a la escuela, y yo, trabajar. La vida misma me fue ayudando poco a poco.

Celia, la persona de servicio en mi casa, oriunda de uno de tantos pueblos de México, de 46 años, representó para mí una ayuda invaluable. No únicamente realizaba de manera eficiente sus tareas y era una buena cocinera, quería a mis hijos y les brindaba cariño y protección. En varias ocasiones fue a defender a mi hijo Natán de los reclamos que hacían otras madres por sus travesuras.

La proximidad de mi madre a mi departamento, le permitía estar al tanto de mis hijos y comer con ellos. Contraté en diferentes ocasiones a mujeres jóvenes que ayudaban a mis hijos en sus tareas y los llevaban a clases de natación y otras actividades. A veces me fallaban y tenía que regresar del trabajo para ayudar a los niños. En el Banco en el que trabajaba fueron muy comprensivos con mi situación y el Director de Estudios Económicos, Pablo, me brindó un apoyo que sólo pude apreciar muchos años después. Pablo era una persona distinguida y culta, proveniente de una familia de buena posición; no obstante, en su juventud había sido germanófilo y en ocasiones denotaba actitudes clasistas y expresiones antijudías.

Para el desempeño de mi trabajo tenía que viajar constantemente por la República; me angustiaba dejar en casa a mis hijos, por lo que en varias ocasiones llevaba a uno de ellos conmigo. Recuerdo que mi hija Regina me acompaño a Monterrey; tenía que entrevistarme con funcionarios del Banco y con diferentes empresarios; mientras platicaba con la gente, encargaba a mi hija con las secretarias de las oficinas que iba a visitar.

Estas le proporcionaban papel y lápiz de color y la pasaba muy bien mientras yo desempeñaba mi trabajo. Aprovechamos el fin de semana para ir de visita a varios sitios turísticos próximos a la Ciudad de Monterrey, la Cascada Cola de Caballo, entre otros. Fueron vivencias muy intensas, siempre las recuerdo con gran emoción y nostalgia. Regina también me acompaño a una convención de agencias de viajes a Zacatecas, Ciudad Colonial que recorrimos a pie. La convivencia que experimentamos nos hacía feliz a ambos, aunque creo que ella no lo recuerda con tanta emoción como yo. También tengo presente un viaje en el que mi hija me acompañó a la ciudad fronteriza de Mexicali, en la cual el calor era intenso; ahí disfrutamos de las ricas y jugosas carnes que se sirven y pasamos un excitante fin de semana en Disney Land y en el Zoológico de San Diego, California. Los periplos con Regina y Natán fueron varios y haré referencia a ellos en próximas crónicas.

Después de 40 años del deceso de Sari, Natán y Regina tienen sus propias familias y me han dado cuatro nietos que representan una de las partes más motivantes de mi actual vida de la tercera edad.

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