alqaeda

ESTHER SHABOT/EXCELSIOR

Por si no fuera suficiente con la devastación creada por los dos años de combates entre el régimen de Bashar al-Assad y los rebeldes que pretenden derrocarlo, la infiltración de células foráneas integradas por terroristas afiliados a Al-Qaeda ha vuelto todavía más sangriento este escenario en el que las estimaciones de víctimas mortales rondan ya la cifra de 70 mil. Se trata de una guerra civil en toda la extensión de la palabra, sin que hasta ahora se haya autorizado oficialmente la intervención directa de fuerzas internacionales. La férrea oposición rusa, a ello aunada a las dudas occidentales sobre la conveniencia de actuar con determinación en el conflicto sirio, han dejado librados a su suerte a los rebeldes, quienes, por otra parte, no han conseguido superar su fragmentación y su carencia de un mando unificado que les permita actuar guiados por directrices claras.

Sin embargo, un actor llegado de fuera que incluso alardea de su activismo en tierras sirias es la organización Jabat al-Nussra, afiliada a Al-Qaeda, y presuntamente responsable del bombazo suicida que hace tres días cobró 53 muertos en Damasco, en una zona cercana a oficinas del partido Baath y a la embajada rusa. Ya esta organización se había adjudicado 17 atentados terroristas previos en los últimos tiempos, dando con ello fe de que se ha convertido en un actor más de esta atroz guerra. Todo parece indicar que después de haber perdido protagonismo y fuerza en Irak, Al-Qaeda, bajo la etiqueta de Jabat al-Nussra, está tratando de reconstruirse y empujar sus objetivos a través de su activismo en el río revuelto en que se ha convertido la situación en Siria.

Al-Nussra apareció por primera vez en Siria en enero de 2012 cuando sus voceros anunciaron su intención de unirse a las fuerzas anti Al-Assad. Sus miembros, llegados de diferentes partes del mundo, pero especialmente de Irak, donde se les ha dificultado cada vez más actuar, pretenden llevar agua a su molino, consistente en instaurar en Siria, tras el eventual derrocamiento de Al-Assad, un orden islamista radical de corte sunnita, del tipo al que aspiraba Bin Laden. Para ese fin, la explotación de las rivalidades internas sirias y la siembra del caos constituyen el núcleo de su táctica de guerra. Y por supuesto, los civiles, muchos de ellos niños, son las víctimas más frecuentes de los devastadores operativos de Al-Nussra.

Entre los rebeldes locales ha habido grupos que no han puesto objeciones al activismo de este brazo de Al-Qaeda, bajo el principio de que cualquier factor que debilite al Presidente sirio es bienvenido. Sin embargo, otra buena parte de los opositores a Al-Assad rechaza a Al-Nussra, no sólo por lo indiscriminado y mortífero de sus ataques y los objetivos últimos que persigue, sino también porque le brinda a Al-Assad la oportunidad de legitimar sus ofensivas bajo el argumento de que no existe tal descontento de su pueblo contra él, sino que más bien se trata de una conspiración maligna llegada desde fuera, tal como lo demuestran esos terroristas que de forma abierta reivindican la autoría de un buen número de atentados.

Así las cosas, la fragmentada oposición siria que bajo diversas banderas ideológicas combate a la cruel dictadura de Al-Assad y su camarilla, está urgida de encontrar un común denominador efectivo capaz, no sólo de unificar esfuerzos en pos del derrocamiento del régimen, sino también de luchar en un frente adicional contra agrupaciones como Al-Nussra, la cual está funcionando como un germen patógeno extra que agrava todavía más el de por sí enfermo cuerpo de la nación siria.