Centro-comercial-Kenia

ESTHER SHABOT

Enlace Judío México | Los días pasados estuvieron marcados por una serie de actos terroristas de gran calado que cobraron numerosas víctimas en medio de escenarios macabros de sangre y horror. Varios de esos atentados ocurrieron en Irak donde hacer volar mercados o población civil en fila esperando para recibir algún servicio se ha vuelto práctica cotidiana tanto de agrupaciones sunnitas contra población chiíta o viceversa. En Kenia se registró el magno asalto de las milicias somalíes de Al-Shabaab contra los visitantes de un centro comercial, asalto que tardó días en apagarse y que cobró la vida de decenas de personas. Igualmente en Pakistán, específicamente en la ciudad de Peshawar, ataques súbitos contra feligreses cristianos que salían de un servicio religioso o contra civiles inermes en una zona común, tuvieron similar macabro resultado. Y también Nigeria, país africano cuya población está compuesta casi por partes iguales de musulmanes y cristianos, registró dos actos de este tipo, el último de ellos consistente en el acribillamiento a balazos mientras dormían de cerca de 40 estudiantes de una institución de enseñanza. Los atacantes se identificaron como miembros de la organización islamista Boko Haram, que rechaza todo aquello que tenga que ver con lo que considera ajeno al Islam, en este caso, la educación en materias laicas.

¿Cómo puede explicarse este furor asesino que no tiene escrúpulos en destruir indiscriminadamente tantas vidas inocentes? No existe una respuesta totalmente satisfactoria porque el fenómeno es por supuesto muy complejo, pero el concepto de “fanatismo” como su sustento algo puede aclarar. El escritor israelí Amós Oz publicó hace más de una década una breve conferencia suya titulada “Contra el fanatismo” donde desarrolla el tema de manera coloquial y muy ilustrativa. Algunas de sus reflexiones van como sigue: el fanatismo es más viejo que el islam, que el judaísmo y que el cristianismo y más antiguo que los Estados y los sistemas políticos. Se trata de una especie de “gen del mal” presente en la naturaleza humana que no sólo actúa movido por convicciones religiosas o políticas sino que lo puede hacer también arropado por cualquier otra causa que tome como su bandera. Para Oz, la semilla del fanatismo siempre brota al adoptar una actitud de superioridad moral exenta de un sano relativismo capaz de equilibrar moralmente la legitimidad de la diversidad humana.

El fanático es víctima de su pensamiento absolutista, de su entrega a esa verdad absoluta que le sirve de guía en la vida para no perderse en la inconsistencia de las certezas relativas y muy probablemente temporales donde no encuentra asidero. Por lo general acompañan a este síndrome el culto a la personalidad de su líder o líderes y la idealización de su causa de una manera fervorosa y carente de cualquier duda. De eso se nutren los regímenes totalitarios, el chovinismo agresivo, lo mismo que las formas violentas del fundamentalismo religioso.

Analiza Amós Oz, además, otras dos características inherentes al ser fanático. Una de ellas es la carencia de sentido del humor. El fanático es alguien incapaz de reírse de sí mismo y de sus férreas convicciones porque de no ser así, estaría en riesgo de debilitar su compromiso. Con sentido del humor hay más probabilidades de no tomarse nada demasiado en serio y eso es algo que no combina con la solemnidad necesaria para ser verdaderamente radical. La otra característica del fanatismo, también según Amos Oz, es su obsesión por hacer ver a los otros que no comparten sus convicciones “la luz de la verdad”, es decir, salvarlos de vivir en el error. Y en el fanatismo que nos ocupa, el de los acontecimientos de Kenia, Nigeria y Pakistán, si no había posibilidad de convencer a los otros de su evidente error, por lo visto no quedaba más remedio que destruirlos, arrasar con ellos porque su mera existencia fuera del ámbito de esa verdad indiscutible y absoluta poseía a ojos de los atacantes un efecto perverso y contaminante.

Fuente:excelsior.com.mx