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(A Dulce María Granja, diligente académica kantiana)

FEDERICO OSORIO ALTÚZAR

Enlace Judío México | A los 80 años, el 12 de febrero de 1804, expiró Manuel Kant, héroe de la Ilustración y fundador del idealismo crítico. Murió físicamente, pues su enseñanza, su idea del hombre, su concepto de educación y de la historia en sentido universal, cosmopolita, perduran y vivirán mientras haya una mente que piense, una voluntad que quiera y un modo de sentir con base en la idea protagórica del ser humano, “medida de todas las cosas”.

Fecundó la semilla del pensador de Abdera hasta convertirla en frondoso árbol genealógico del conocimiento. Llevó hasta sus últimas consecuencias la doctrina de Sócrates expresada en el aforismo “Conócete a ti mismo”. Iluminó con su vida y muerte la prédica judeo-cristiana sobre el amor y la amistad, llevándola a la experiencia social, y convirtiéndola en discurso racional, propuesta encaminada a dilucidar la finalidad de la existencia, los enigmas de la finitud y la trascendencia de acuerdo con ideas regulativas de perfectibilidad.

Si las tres Críticas (de la Razón Pura, de la Razón Práctica y del Juicio) integran la teoría filosófica sobre el sujeto creador de la experiencia, sobre su capacidad inventiva y sus acotaciones dentro de los límites espacio-temporales, sus escritos relacionados con la religión según los principios de la razón, y de la paz con arreglo a la legalidad regida por la noción de pacto cosmopolita, representan el legado kantiano sobre la trascendencia de lo humano por encima de lo transitorio y contingente. Es decir, en estos ensayos radica el afán del filósofo para delimitar lo eterno-humano, hacia la infinitud, abriéndose paso en tenaz y vigoroso voluntarismo, anticipando tesis de Schopenhauer en “El mundo como Voluntad y Representación”.

Desde las breves páginas de la “Idea de una historia universal desde el punto de vista cosmopolita”, Kant perfila el itinerario desde el cual la noción de lo humano transita desde el seno de la totalidad de la cultura y la ilustración, a través de principios, acuerdos, pactos y tratados concurrentes en el seno de la sociedad internacional.

Por esa vía, el espíritu cosmopolita, el universalismo en despliegue, trasciende el concepto de hombre en estado de naturaleza, y reafirma la idea desinteresada del amor a lo humano por lo humano mismo, superando, así, los riesgos del erotismo, del solipsismo egoísta y las tendencias autodestructivas que hay en el trasfondo de la subjetividad.

“La Paz Perpetua” es corolario que subsume sentimientos éticos hacia la convivencia y la solidaridad en donde el amor al prójimo, al forastero, y la expresión de la amistad por la amistad misma, adquieren el sentido laico de tolerancia, igualdad, motivados por el altruismo como fermento de trascendencia y universalidad. Ahí anida el ideal de Humanidad al margen de sujeciones dominadoras y denigrantes.

En su “Respuesta a ¿Qué es la ilustración?” el lector se encuentra frente a ideas de tolerancia religiosa, el reto de ser uno mismo y del sano propósito de ser audaz frente a las ataduras del dogma y la autoridad, mal entendida. El principio de autarquía, de responsabilidad y de estar a las resultas del cumplimiento del deber por el deber mismo, resplandece con luz propia, irradiando hacia el interior del hombre y en sus vínculos con los demás.

En el Día del Amor y la Amistad, Kant y después Herman Cohen (“La Religión de la Razón desde las fuentes del judaísmo”, Anthropos, 2004 ) nos hacen el gran beneficio de poder reflexionar sobre estas virtudes constitutivas del hombre en sociedad, del ser humano como proyecto en aras de trascender la finitud de la existencia.

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