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Aquel anciano

Enlace Judío México.- Dos jóvenes abandonaron la humilde aldea donde vivían, y fueron a probar suerte a las grandes ciudades de Rusia. Durante años estuvieron yendo de un lugar a otro vendiendo sus mercancías. Y así como se habían alejado de sus familias, también se alejaron de sus raíces, y casi se habían olvidado de que eran Yehudim.

RAB. DAVID ZAED

En una de sus paradas, llegaron a una posada de un buen hombre. Éste los recibió amablemente, y les dio albergue. A la noche, el posadero les preguntó qué querían comer. Los jóvenes dijeron: “Lo que tenga; lo que les sirva a los demás huéspedes”.

– ¿No son ustedes judíos? – les preguntó el posadero.

– Sí, ¿por qué?

– ¿Acaso no comen comida “Kosher”? Yo no soy judío, y únicamente tengo carne que ustedes no pueden comer.

Los jóvenes rieron.

– No. No se preocupe. Nosotros ya dejamos estas cosas hace mucho tiempo.

El hombre salió apesadumbrado; los jóvenes se encogieron de hombros y siguieron platicando. Al rato, el hombre regresó con una enorme hacha en la mano, y su cara demostraba que estaba furioso.

– ¡Prepárense para morir, judíos! ¡Soy un ladrón asesino; voy a llevarme todo el dinero que tienen, y los voy a cortar en pedazos ahora mismo!

De nada valieron las súplicas de los jóvenes. El hombre los empujó a un cuarto de la posada, y los arrojó allí.

“¿Qué le hicimos?”, “¿Por qué nos hace esto?”, le decían. Pero el hombre no les contestaba.

– ¡Pónganse a rezar! ¡Éste es el último día de sus vidas…! – les gritaba.

Temblando de miedo, los jóvenes comenzaron a llorar y a abrazarse entre ellos cuando la puerta se cerró a sus espaldas. Se pusieron a orar para que Hashem los salvara, y pronunciaban los pocos párrafos de Tefilá que se acordaban, y entre gritos admitían que todo esto les estaba pasando porque se alejaron del Camino de la Torá.

–¡Hemos cometido un pecado muy grave: el de Jilul Hashem! – le dijo uno al otro – Cuando el posadero nos ofreció comida Kosher teníamos que haber aceptado, porque él se dio cuenta de que somos judíos. Y con nuestra actitud hicimos quedar mal a todo nuestro pueblo… ¡Por eso nos está sucediendo todo esto!

– ¡Vamos a regresar en Teshubá! – dijo el otro – Si nos salvamos, será porque Hashem habrá visto nuestro arrepentimiento y nos hizo un milagro. Y si vamos a morir, por lo menos que sea como Yehudim dignos, y no como pecadores…

Luego de un rato, se abrió la puerta y entró el posadero. Esta vez tenía el mismo semblante amable que los recibió cuando llegaron.

– ¡No nos haga nada, por favor! ¡Somos gente buena!

– Ya lo sé. Ya los escuché de atrás de la puerta. Y quiero decirles que yo no soy ni ladrón ni asesino.
Soy un simple posadero pacífico, que nunca perjudicó a nadie…

Los jóvenes se quedaron en silencio; no entendían lo que estaba pasando. El posadero les explicó:

Hace muchos años llegó a mi posada un judío anciano. Me di cuenta que era santo, por su cara; por su conducta; por sus palabras… Estuvo aquí un tiempo, y luego se enfermó. Me encariñé mucho con él y llegué a admirarlo y venerarlo. Se agravó su estado, y nada se pudo hacer para salvarlo. Antes de morir me dio su bendición, y me pidió que tratara bien a todos los huéspedes judíos que pasaran por aquí, y que los cuidara de no comer carne prohibida para ustedes. En este cuarto donde ustedes están, falleció aquel anciano, y siento que su santidad se impregnó en sus paredes. Cuando ustedes me dijeron que no comían carne Kosher, quería hacer algo para convencerlos de que sean buenos judíos. Yo no sé cómo hacen los Rabinos, pero no encontré otra manera más que la de amenazarlos con matarlos, y ya ven que dio resultado…

Los jóvenes suspiraron aliviados, y manifestaron que iban a mantener su palabra de regresar en Teshubá, aunque sus vidas ya no corrían peligro. El posadero les dijo:

– Sigan siempre por este camino y nunca se alejen de él. Aquel anciano me enseñó que ser judío es un privilegio. Y ustedes, hoy, me lo confirmaron…

Emocionados, los jóvenes regresaron a la aldea y contaron lo que les había sucedido. Y mayor fue su asombro cuando les dijeron que aquel anciano no era otro que Rabenu Zalman de Ladi ZTz”L, el “Báal Hatania”. Con toda seguridad que el “Báal Hatania” no hubiese aprobado el método utilizado por el posadero, pero al menos su memoria los hizo regresar en Teshubá.

Enseguida, los jóvenes fueron a la ciudad de Hayditz a visitar su tumba, y le agradecieron a Hashem aquello de que “los Tzadikim, aún después de fallecidos, se consideran vivos”. Y ellos lo vieron con sus propios ojos…

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