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Jag Shavuot Sameaj desde Monterrey

Enlace Judío México.- El hombre y sus dos alternativas.

Mensaje de Shavuot del Gran Rabino Isaac A. Sacca de la Asociación Comunidad Israelita Sefardí de Bs. As. El 6 de Siván del año 2448 Moshé se elevó al mundo celestial para recibir la Torá.

Torá posee dos significados: ley y educación.

Los ángeles intentaron detener a Moshé para que no lleve la tora a los hombres, Moshé los enfrento y les preguntó: “¿acaso ustedes roban, o matan? ¿acaso son esclavos de sus tentaciones, o reaccionan coléricos y enfurecidos ante situaciones que les desagrada? ¿acaso hay enemistad y odio entre ustedes? ¿O acaso reina la falta de respeto y la competencia entre vosotros? ¿Poseen ustedes envidia, codicia o malos pensamientos?”.

“No” – respondieron los ángeles.

“Sí es así ¿para qué quieren la Torá?” – fueron las convincentes palabras de Moshé.

Moshé obviamente sabía que los ángeles carecen de esas debilidades, lo que quiso enseñar a los ángeles y principalmente a nosotros, los humanos, al nombrarles los principales y más grandes vicios del hombre, es que el hombre puede convertirse en un ser salvaje cuya maldad tecnificada y sofisticada produzca tanto daño que desvirtúe su condición humana, y lo destruya.

El hombre cuando carece de Torá – ley y educación – no es más hombre salvo en el sentido fisiológico pero no en el sentido espiritual.

Aquellas sociedades que carecen de respeto por la ley y la educación están destinadas al fracaso, la injusticia, y la inseguridad.

Para que exista una ley debe haber una educación en virtud de ella, y la ley debe fomentar la educación creando una interacción positiva y progresiva entre las dos acepciones de la palabra Torá.

Pero no cualquier ley y no cualquier educación, sólo aquella que Moshé trajo del firmamento, solo aquella que está libre de toda arbitrariedad o tendenciosidad, solo la ley del Creador, aquella que hasta los ángeles han codiciado, es la que convierte al hombre en hombre.

Imposible negar la verdad (Extraído del prólogo del Sefer Hajinuj)

Cuantas más personas atestiguan un concepto, más aceptado es. Y si los testigos son pocos, dicho concepto empieza a ser un poco menos confiable – al menos – para quienes se guían por el sentido común.

También es lógico aceptar la tradición transmitida oralmente de padres a hijos, sobre lo que sucedió en sus días o en los de sus antepasados. Cuando los transmisores de estas tradiciones – que testimonian haberlas vivido o conocer su verdad – son muchos, no cabe ninguna duda que el acontecimiento es seguro y un hecho aceptado para los que escuchan y reciben estas tradiciones de sus padres.

Un simple ejemplo: si un niño escucha de boca de su padre determinada historia que él vivió, obviamente le creerá. Y cuándo la historia involucre a muchas personas, más confiable se hace, ya que el niño puede dirigirse a esas personas y consultarles acerca de lo narrado por su padre y verificar la veracidad de sus palabras.

Por eso, cuando D’os quiso dar su Torá al pueblo de Israel, la dio ante los ojos de millones de hebreos que salían de Egipto, para que todos ellos fueran testigos confiables de ese acto.

Y una prueba fuerte de la veracidad de la Torá, radica en el hecho que hoy en día, tras miles de años y habiendo pasado las situaciones más críticas y difíciles que cualquier cultura y pueblo hayan atravesado, la Torá sigue viva en cada uno de nosotros. Sus enseñanzas y leyes mantienen nuestras vidas y nos elevan constantemente.

De esto sólo se desprende que lo que nuestros padres vieron en el Monte Sinaí al recibir la Torá fue tan fuerte y sorprendente, que se gravó no sólo en sus mentes, sino también en sus venas, en su sangre. Estos hechos otorgaron suficiente potencialidad a nuestra tradición para mantenerse firme por tantas generaciones, para siempre…

¿Y qué es lo que vieron en el Monte Sinaí? Según nuestros Sabios, para que el testimonio sea más fuerte y creíble, tuvieron todos el privilegio de ascender al nivel de la profecía. Porque sobre aquello que se sabe mediante profecía jamás puede haber duda. Y D’os dijo a Moshé:

“Para que el pueblo escuche que Yo hablo contigo y también crea en ti eternamente”.

Esto significa que ellos y sus hijos hasta la eternidad creerán en ti y en tu profecía, porque ellos sabrán con certeza que D’os habla con una persona y ésta queda con vida, y que toda la Torá es cierta.

“Haz todo lo que ordena la Torá, que fue recibida a través de testigos confiables, entregada por el Amo de la Sabiduría a los seres humanos y en ella están incrustados los más preciados conocimientos y la más célebre sabiduría”.

Una nación de profetas

El Éxodo ocurrió hace más de 3000 años, pero sigue presente constantemente y constituye un factor muy importante en el judaísmo. Para poder comprender el motivo de este fenómeno, debemos remontarnos al nacimiento mismo del judaísmo y notar su diferencia con todas las demás religiones. Las otras religiones del mundo comienzan a partir de un solo individuo. Este afirma tener un mensaje especial y gradualmente va reuniendo seguidores, quienes diseminan y difunden su palabra, logrando más adeptos, y, así, nace una nueva religión. El judaísmo es totalmente distinto. D´os reunió a un pueblo entero, tres millones de personas, al pie del monte Sinaí, y proclamó Su mensaje. Cada hombre, mujer y niño oyó la voz de D’os enunciando los Diez Mandamientos. Tal fue el lazo fraguado entre D’os e Israel. Este acontecimiento – punto culminante del Éxodo – fue único en la historia de la humanidad. Es esencial no olvidarlo. Nos dice la Torá (Deut.4:9,10): “Estén alertas y cuiden de no olvidar las cosas que vieron con sus propios ojos. No permitan que se les vaya de la mente mientras vivan. Enséñenselas a sus hijos, y a los hijos de sus hijos. El día en que estuvieron ante D’os…”.

Es necesario comprender el verdadero significado del Éxodo y el Sinaí: todo un pueblo oyó la voz Divina. Oír la voz de D’os no es algo sencillo. Sólo los profetas llegan a ese nivel. En Sinaí, todo el pueblo – hombres y mujeres, jóvenes y ancianos – llegaron al nivel de profecía.

Hay muchas maneras de acercarse a D’os: filosóficamente, por medio del intelecto y análisis; un nivel más íntimo sería por medio de la meditación y el rezo, místicamente; no obstante, la claridad total con respecto a lo Divino es el nivel de profecía. Se oye una voz clara y se recibe un mensaje lúcido. En el Sinaí, cada judío llegó a este nivel.

(Hasta aquí, extractado del libro “Tefillin”, Rabi Aryeh Kaplan – Editorial Jerusalén de México. Queda totalmente prohibida la reproducción total o parcial de este texto sin consentimiento y permiso de la Editorial Jerusalén de México.)

Ese es el mensaje de Shavuot, donde recibimos la Torá. Abrir nuestras mentes y corazones para oír la voz clara de nuestra Torá, el mensaje lúcido de D’os. Para así, comenzar a investigar de qué trata y qué quiere de nosotros. Sólo así, probando, indagando y encontrando respuestas, llegaremos a obtener a seguridad plena y convincente de la veracidad de la Torá, seremos como profetas… Y perpetuáremos las palabras de nuestros padres cuando, al pie del Sinaí, al recibir la misma Torá que nos legaron proclamaron: “Naase venishá”, “Haremos y evaluaremos”.

Nace una nación con una tradición íntegra.

Sólo cuando se acepta la totalidad de nuestra tradición, vivimos en armonía con nosotros mismos, y nos convertimos en seres íntegros, en verdaderos judíos.

La falta de una parte de judaísmo en nosotros no nos hace un poco menos judíos, nos convierte en algo distinto, en una extraña tradición que carecerá de la eficacia que El Creador le ha dotado a la tradición judía.

“Quien rechace aunque sea una sola ley, es considerado un hereje y no tiene lugar en el mundo venidero”(Maimónides- Libro de la ciencia, Cáp. 3).

Es como una máquina compleja que al quitarle una pieza deja de funcionar, no sólo esa pieza, sino toda la máquina; y en efecto nuestros ojos pueden observar eso a diario.

Cuánto rechazo nos produce ver a aquellas personas que eligen únicamente los ritos ceremoniales del judaísmo como religión (o superstición), y se olvidan que el judaísmo primero obliga y exhorta a ser tan cuidadosos también en las relaciones humanas; como pagar nuestras deudas, no calumniar, no insultar, no ofender, no estafar, no mentir, no robar. Provocan esas personas, que los miembros de la comunidad se pregunten ¿De qué sirve colocarse los Tefilín, si con la misma mano que lo hacen adquieren dinero de forma indebida? ¿De qué sirve rezar si con la misma boca que oran, insultan y calumnian a sus semejantes?

Por otro lado, hay quienes cometen el error de pensar que el judaísmo es sólo ser bueno con el prójimo, y mucha gente se escuda en ese argumento para no practicar las sagradas y milenarias tradiciones que nos conectan con El Creador, fuente de amor y vida, que elevan y refinan nuestro espíritu, convirtiéndonos en mejores personas también con nuestros semejantes.

Aquel que quiere practicar la Tradición Judía ha de saber que no puede elegir, debe aceptar todas las facetas y normas de la Tradición para que se llame el que practica el judaísmo, el mismo con el que nuestros antepasados se comprometieron a preservar en aquel histórico evento en el monte de Sinaí, en el primer Shavuot de la historia del pueblo judío.

Costumbres de Shavuot

¿Por qué se acostumbra comer lácteos en Shavuot?

Las comidas o platos especiales característicos de diversas festividades son a menudo el resultado de algún simbolismo religioso. Por lo tanto, se convirtió en costumbre en Shavuot comer por lo menos una comida láctea durante la festividad. Algunos consideran que esto simboliza “una tierra que mana la leche y la miel”.

También es conocido la tradición que al entregarse la Torá, nuestros antepasados descubrieron en ella muchos preceptos acerca de Kashrut. Es decir, toda la vajilla que poseían ya no era apta para su uso, además que no todos eran aún expertos en las intrincadas y especiales leyes de Shejitá (degollamiento ritual del animal). Es por eso que decidieron alimentarse de lácteos hasta obtener un conocimiento cabal de las leyes de la Torá referentes a la alimentación.

También se dice que esto se acostumbra comer lácteos para demostrar nuestra aceptación de la Torá Escrita como la Oral. Marcar la unidad de la Ley Oral y la Ley Escrita. Ya que, los mismos versículos que refieren a los preceptos especiales de la festividad de Shavuot, destacan también el precepto de “No cocerás el cabrito en la leche de su madre” (Éxodo 23:19).

Basándose en la última parte de estos versículos, le Ley Oral fundamentó su prohibición de comer juntos carne y leche. Por eso se come deliberadamente una comida láctea separada, para enfatizar la unidad total del contenido del versículo y la autenticidad de la Ley Oral.

Tikun de Shavuot: Una interesante parábola…

Es sabido que en la noche de Shavuot se acostumbra abocarse al estudio de Torá, hasta que amanezca y llegue el comienzo del rezo matutino. Este estudio se denomina “Tikun de Shavuot”

Existe una interesante parábola:

Dos hermanos habían heredado de su padre un terreno que estaba muy abandonado. Cactus y espinas lo cubrían todo; daba la impresión de un lugar anticuado. De todas formas, decidieron separar la herencia dos partes iguales.
El hermano mayor fue a revisar el nuevo campo y se quedó muy desilusionado con su parte ya que todo tipo de componentes inservibles lo cubrían, y se preguntaba qué podría hacer con eso. Enojado, pensó que nada de allí servía para nada.

El hermano menor al observar su parte tuvo esa misma sensación. Pero, sin embargo, no se decepcionó. “¡Esto es lo que me dejó mi padre, lo voy a aprovechar!”. Puso manos a la obra, y comenzó a sacar toda la basura y escombros, luego empezó a sembrar árboles de todo tipo. Cuando termino con el jardín contrató arquitectos para empezar a edificar su casa.

Al finalizar la obra, realmente era como una mansión. Él mismo se sorprendía al ver lo que era su nueva casa. Todo fruto de su propio esfuerzo.

A la inauguración asistieron todos los parientes y amigos. Luego de la cena festiva los invitó a recorrer su nuevo hogar. Todos quedaron asombrados de lo que pudo lograr, menos una persona que empezó a llorar: ¡era su propio hermano! Él dijo: “cómo no voy a llorar viendo la riqueza que mi hermano pudo alcanzar cuando yo pude estar en el mismo lugar que él, solo que no me esforcé…”.

Y ese es uno de los sentidos del Tikun de Shavuot.

Durante el año, atareados y preocupados en otras cosas, dejamos de lado el estudio y profundización de nuestra Torá. ¿Acaso nosotros no estamos en el lugar del hermano mayor?

En esta noche divisamos cuánta profundidad hay en la Torá. Entonces pensamos que bueno sería si con más energía hubiéramos sembrado nuestros días con hermosos conocimientos y llenar nuestra vida de belleza.

Encontramos tiempo para todo menos para nutrirnos de nuestra fe.

Durante la noche de Shavuot hacemos un paseo por toda nuestra Torá.

En esta sagrada noche en que leemos toda nuestra Torá, debemos sentirnos como aquel hermano mayor del cuento, que sólo al ver lo que se ha perdido toma conciencia…

Pero esto debe ser una instancia que nos haga reflexionar y reaccionar. Empezar a interesarnos por la herencia que nos dejaron nuestros padres y saber aprovecharla al máximo para alcanzar una felicidad plena. La felicidad de obtener lo que es nuestro – nuestra herencia, nuestra Torá – con nuestro propio esfuerzo y entusiasmo.

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