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Enlace Judío México.- ¿Saben qué significa la expresión “tiro al aire”? Es como algo que no se puede controlar, en el sentido de que no debió ser así. Pues ayer, durante el partido Bélgica-Brasil, sí que hubo tiros al aire, como el nombre de mi columna.

SHULAMIT BEIGEL EN EXCLUSIVA PARA ENLACE JUDÍO MÉXICO

Pero dentro de unos días, ya no vamos a ver, por fin, ningún partido. Será una ausencia en la vida de muchos y seguramente lo lamentarán.

Hasta hace poco tiempo yo escribía que no entendía nada de futbol, pero en estos días me he contagiado de esa enfermedad. Y no es que entienda gran cosa, pero eso de que de repente soy no solo israelí, sino también peruana, mexicana, uruguaya, nigeriana, (argentina no, ja,ja), es decir, ciudadana de alguno de esos países que juegan y que tal vez hubiesen podido ganar la Copa del Mundo, es una sensación extraña. De solidaridad total. Cuando ganan y cuando pierden. Cuando ganan, es el triunfo de la Patria. Cuando pierden, el no ganar se convierte en una derrota nacional, crisis de la Patria adoptada por unas horas.

Claro que debiéramos ver el Mundial sin grandes esperanzas, como lo que es, un juego, para divertirnos y nada más. Pero no se puede. Por alguna extraña razón que no he llegado a entender, no se puede. Lloré con el himno nacional mexicano, himno que no había cantado desde que me gradué de la secundaria en la Tárbut. No sabía de dónde emergían las lágrimas, qué tenía yo que ver con el “Mexicanos al grito de guerra”. En cambio, cuando miraba el juego en que México perdió, creí que me iba a dar un infarto por los nervios, la angustia, la crispación extrema. Y es que más allá o más acá de las naciones que juegan y con las cuales te identificas por una o varias razones, es muy difícil ver un partido sin ponerse de un lado. Por eso grité cuando México ganó, o Uruguay, o Brasil y hasta Argentina.

Y es que un gol no es el resultado de la lógica, sino un albur, un azar, una obra extraordinaria, un acto casi mágico; y el futbol es el contagio de esa magia cuando se mete un gol: ese momento que no sucede casi nunca y que, cuando ocurre, hace que todo el resto, que parecía sin sentido, cobre su sentido.

Será como dicen algunos, que el futbol es como la vida misma, un fracaso casi siempre. En que intentas e intentas como en un partido, y casi siempre son tentativas fracasadas de aproximación a la única meta decisiva. Un largo camino de fracasos y, sin embargo, los jugadores del partido y nosotros, los de la vida, no dejan, no dejamos, de intentarlo: todo para llegar al gol, y el gol que no llega. Pero cuando llega: ¡gooool!, porque a veces llega, y entonces ese gol es la consagración de un modo de ver el mundo en que todo es posible de repente, que no importa el proceso, el camino, sino ese momento, en que uno o tu equipo, la hace. Siempre hay una esperanza.

Claro que en la vida las cosas no se definen, como en el futbol, en un instante extraordinario. Aunque a veces sí. Van pasando de a poco, se extienden en el tiempo, no son como aquel gol en el último minuto o el penal que termina por coronarte campeón de una sola vez, con un golpe de suerte.

Pero qué terrible ese momento en que la sangre se te sube a la cabeza, ese segundo de incredulidad en que lo terrible está por suceder, pero todavía puede ser que no, no, no, y el segundo siguiente, cuando la pelota ya está adentro de tu arco, qué horror, ¡nooooo!, la desesperación, el tormento, en que ni gritar puedes, pues te encuentras en una parálisis momentánea, sientes que te vas a morir, y empiezas a insultar a la vida, a la suerte, al mundo.

Ese momento en que lo peor acaba de pasar sin que puedas evitarlo de ninguna manera, en que la amenaza acaba de convertirse en realidad, en que ya está, perdimos, ya nada puede ser cambiado, arreglado, pero, al mismo tiempo, todo es demasiado reciente como para haberlo aceptado todavía. Ese terrible instante de la ch…..a en que nos acaban de meter un gol, porque es como si te lo hubiesen metido a ti, personalmente.

Menos mal que está el recuerdo de lo otro, ese momento extraordinario en que nosotros (digo nosotros aunque yo no hice nada, solo estaba ahí sentada comiendo palomitas), en que nosotros, mexicanos, peruanos, brasileiros, uruguayos, argentinos, lo metimos, el gol, fue un momento perfecto, estábamos hermanados, con una alegría medio estúpida, explosiva, sin lógica.

Claro que ojalá la vida fuera como el futbol.

Pero en unos días se acabará y habrá solo vida.

Ni modo.

 

 

 

Las opiniones, creencias y puntos de vista expresados por el autor o la autora en los artículos de opinión, y los comentarios en los mismos, no reflejan necesariamente la postura o línea editorial de Enlace Judío.

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Llegué de Israel a México a la edad de siete años. La primaria y la secundaria las hice en el Colegio Hebreo “Tarbut”. Mis recuerdos de aquella época son excelentes. Mi primer trabajo como periodista, lo hice recortando periódicos en la Embajada de Israel, en el departamento de prensa, a cargo en aquel entonces, de Sergio Nudelstejer. La prepa, fue en la Escuela de la Ciudad de México, en Campos Elíseos, que me permitió conocer otra gente y otros aspectos de la vida mexicana. Estudié y me gradué en antropología y en letras, en la universidad de las Américas, en Cholula. La maestría, en Antropología, fue en la UNAM. Antes de incursionar a la universidad viví en Teloloapan, Guerrero, haciendo trabajo de comunidad y siendo jefa de organización campesina para varias instituciones gubernamentales. Viví varios años en Israel. En esa época, los ochentas, fui productora de Ariel Roffe y Erika Vexler para Televisa desde Medio Oriente. Tuve una columna que se llamaba “Burbujas” en el periódico israelí en español Aurora, otra, “Al Margen” en la revista Semana, que ya no existe. Viví cuatro años en Caracas, cuando mi ex esposo fue sheliaj del KKL. Actualmente vivo entre Londres y Venezuela, he dejado de creer en la política y mi pasión es la literatura, el cine y la música. Confieso que ya no tengo grandes respuestas ante la vida, pero que soy muy feliz.

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