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Kislev, los festejos invernales y el monoteísmo judío

Enlace Judío México e Israel.- Prácticamente todas las culturas de la antigüedad entendieron la importancia del Solsticio de Invierno, y en las culturas agrícolas este momento llegó a cobrar un sentido simbólico fundamental para la sobrevivencia humana. Y, como en muchos otros casos, el Judaísmo optó por una ruta única y singular.

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En la antigüedad, se creía que el Solsticio de Invierno era el momento en que el Sol y la Tierra se encontraban más separados, y de allí que la naturaleza “muriera” en la temporada invernal, para “revivir” en la temporada primaveral.

Para las culturas agrícolas (es decir, las más importantes en la Historia) este era un dato trascendental, porque los ciclos agrícolas dependían por completo de los ciclos y estaciones solares. Su entendimiento y uso correcto definían el éxito o fracaso de las cosechas, y ello significaba la sobrevivencia del grupo o la catástrofe.

Por ello, el Sol se convirtió en la deidad más venerada desde la antigüedad. Prácticamente todas las culturas importantes le rindieron adoración de uno u otro modo, a veces incluso por medio de representaciones mitológicas variadas.

Por ejemplo, tan sólo en el antiguo Egipto Horus, Ra, Huadyet, Sejmet, Hathor, Nut, Isis, Bat y Menhit fueron dioses solares. Luego vino la época de los sincretismos y aparecieron Amón-Ra y Atón-Ra.

El elevado conocimiento astronómico de las culturas mesopotámicas permitió que se pudieran conocer muchos detalles sobre el Solsticio de Invierno, y el que más llamó la atención fue que durante los tres días en torno al Solsticio el Sol aparecía por el punto más al sur a lo largo del año, y entonces iniciaba un aparente “regreso” hacia el norte. Es decir: conforme nos acercamos al Solsticio de Invierno, el sol aparece cada mañana por el oriente pero un poco más al sur; pasado ese momento y conforme nos acercamos al Solsticio de Verano, el sol aparece cada mañana un poco más al norte.

Simbólicamente, esto fue entendido como la muerte y renacimiento del sol. Por ello, todas las culturas antiguas desarrollaron festividades invernales que tenían el encendido de luces como elemento central. Algunas, incluso, se han adaptado a las épocas y han sobrevivido hasta nuestros días.

Por ejemplo, los vikingos encendían velas y las colocaban en abetos en su festividad solsticial dedicada a Odín, su dios solar. Esta práctica fue adoptada por el Cristianismo nórdico y de allí paso a toda la cultura occidental por medio de algo que hoy por hoy nos resulta de lo más común: el Árbol de Navidad.

Con el Judaísmo sucede algo singular. Sus paradigmas astronómicos son lunares y solares (algo que sólo tiene parangón en la Cultura China ancestral), pero es un hecho que el origen era más bien lunar, ya que todo comenzó con los antiguos clanes hebreos, nómadas y, por lo tanto, más afectos a la observación de la luna que a la del Sol (los ciclos solares sólo eran importantes para las culturas agrícolas; los nómadas de los desiertos mesopotámicos se guiaban, en cambio, por las fases lunares).

Por ello, lo lógico sería notar que el Judaísmo no tiene una festividad de luces próxima al Solsticio de Invierno, ya que nunca desarrolló un culto solar propio.

Pero resulta que sí la tiene: Janucá, que se celebrará el próximo 25 de Kislev, mes que estamos comenzando en estos días.

Podríamos intentar una primera explicación señalando que la antigua sociedad israelita sí recibió cierta influencia de los paradigmas solares durante el tiempo que estuvo sujeta al dominio de Egipto, una nación cuya religión era solar de principio a fin.

Pero tenemos un problema con esa explicación: en toda la antigüedad no encontramos un solo vestigio de que tras la salida de Egipto y durante la era de la monarquía israelita, se haya incorporado una fiesta invernal que incluyera encendido de luces. Janucá como celebración de estas características apenas aparece hasta después de la Guerra Macabea, ocurrida entre los años 167 y 158 AEC.

Entonces, más que una probable influencia egipcia habría que pensar en una probable influencia helénica –otra cultura solar–.

Pero eso tampoco es sencillo. La festividad de Janucá no tiene elementos que puedan ser fácilmente relacionados con el sol.

En principio pareciera que sí. La Janukía tiene una vela central –el llamado Shamash– que se enciende primero, y que luego se usa para encender las demás velas. Pero esta semejanza se diluye cuando notamos que las velas que se encienden son ocho, no siete. ¿Por qué tendrían que ser siete? Porque era el número de planetas conocidos en la antigüedad: Mercurio, Venus, la Tierra, Marte, Júpiter, Saturno y la Luna. Si la Janukía tuviera ocho velas en total, podríamos pensar realmente en un código solar: siete planetas iluminados por el sol, siete velas y el Shamash. Pero hay una de más, así que el código solar simple y sencillamente no existe.

Además, la narrativa que justifica las características de la Janukía no tiene ningún código solar. Se trata de una narrativa histórica en torno a la derrota de Antíoco IV Epífanes por las tropas de Yehudá Macabi, y lo que conmemoran esas velas es el milagro que permitió que el aceite para un día alumbrara la Menorá del Templo de Jerusalén durante ocho días.

Lo que tenemos aquí no es otra cosa sino una de las tantas maneras en las que el Judaísmo expresó su profunda convicción monoteísta y, por lo tanto, su rechazo a adorar algo concreto como el Sol, respetando la noción bíblica de que D-os no puede ser representado de ninguna manera.

Las velas de Janucá comparten este honor con otros dos elementos de la religión judía: la semana de siete días que concluye con el Shabat, y las Doce Tribus de Israel.

En los tres casos podemos ver lo que pareciera ser un vestigio de algún código solar. En el caso de la Janukía, ya se mencionó: el Shamash como posible representación del sol y las demás velas como representación de los planetas. En el caso de la semana, cada día –siete en total– como representación de los siete planetas que giran alrededor del sol. Y en el caso de las tribus de Israel, el doce es una representación directa de los doce meses anuales.

Todo eso parece indicar que estamos ante una construcción mitológica en la que algo debería representar al sol.

Pero no sucede así. Con la Janukía ya se explicó: no tiene ningún sentido solar que haya ocho velas; en ese caso deberían ser siete, así que el código solar está roto.

En el caso de la semana también: el calendario hebreo no contempla ajustes para que las semanas de siete días se ajusten al ciclo anual del Sol. En total, un año solar tiene 52 semanas de siete días, lo que da un total de 354 días. Por lo tanto, sobran uno o dos días (dependiendo de si el año es bisiesto). Si la semana de siete días estuviera ajustada a un código o paradigma solar, debería hacerse este ajuste cada año. Pero no se hace. La semana funciona independientemente de los ciclos solares y lunares, y ello expresa la absoluta autonomía o negativa judía a rendirle culto a cualquiera de estos astros. El Shabat, momento emblemático que representa la comundión de D-os con su pueblo, no depende ni del sol ni de la luna.

Finalmente, con las Doce Tribus de Israel sucede lo mismo que con las velas de Janucá, aunque en sentido inverso. En el caso de las velas nos sobra una –la octava– y con ello se rompe el código solar. En el de las Tribus nos falta algo: una representación del sol. Las Doce Tribus no giran alrededor de nadie en particular, lo que implica que la religión judía contempla el año como un fenómeno que no está sujeto a ninguna deidad. Simplemente, es un ciclo de la naturaleza.

Incluso, hay un elemento que rompe el código solar también en el caso de las tribus: los levitas. Según el texto bíblico, las Doce Tribus que recibieron heredad en Israel fueron las de Reuven, Simeón, Yehudá, Biniamín, Isajar, Zebulún, Neftalí, Gad, Asher, Dan, Efraim y Menashé. Pero había una treceava tribu: la de Levi.

Entonces, en realidad son trece tribus, no doce. Por lo tanto, el código solar está roto. En última instancia, Levi representa ese treceavo mes que ocasionalmente se agregaba para empatar los ciclos lunares con los ciclos solares, de manerea que el paradigma fundamental sigue siendo el lunar. Lógico si recordamos que los israelitas antiguos fueron la continuidad de los clanes hebreos nómadas.

El punto es que la mitología solar nunca encontró cabida en el Judaísmo. Todos sus elementos característicos fueron rechazados, aunque no las representaciones concretas, como hacer una celebración de luces en el invierno, o las Doce Tribus.

Con ello, el Judaísmo dejó testimonio de que entendía el papel de estos elementos en la naturaleza, pero sin concederles una cualidad divina.

D-os es Uno y Eterno, y no puede ser representado ni siquiera por el Sol y sus símbolos. El antiguo pueblo de Israel lo entendió desde muy temprano en la Historia, y eso determinó que el Judaísmo se convirtiera en la primera religión donde el concepto de lo divino verdaderamente llegó a ser algo abstracto y sin representaciones de ningún tipo.

Algo que, sorprendentemente, mucha gente todavía sigue sin entender.

Las opiniones, creencias y puntos de vista expresados por el autor o la autora en los artículos de opinión, y los comentarios en los mismos, no reflejan necesariamente la postura o línea editorial de Enlace Judío.

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