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¿Por qué llamamos a Janucá la “Festividad de las Luces”?

Enlace Judío México /Rab. Dovid Pinson – ¿Por qué llamamos a Janucá la “Festividad de las Luces”? ¿Por qué no mejor llamarla la “Conmemoración del Aceite” o “El Milagro de los Ocho Días”?

La raíz de la palabra “Janucá” es “Jinuj”, que significa educación. Janucá es un proceso espiritual progresivo a través del cual el total de treinta y seis luces son encendidas para acrecentar la luz de la Creación.

¿Qué es la luz? La luz es vista usualmente como una metáfora de la sabiduría. Incluso en las representaciones gráficas el símbolo universal del entendimiento es un rayo o un foco prendido; una luz. La luz nos permite ver, y en todas las culturas se usa la visión para expresar que un concepto ha sido comprendido. Por ejemplo “Ya veo.”

Maimónides explica que un profeta puede ver un haz de luz o un brillo que ilumina su dirección. La “luz” es escrita en la Torá para referirse al conocimiento y sabiduría. Con las palabras “Que haya luz”, la Creación del mundo emergió. El Talmud nos explica que esta luz iluminó a Adán y Eva por treinta y seis horas, desde el viernes a mediodía hasta finalizar Shabat, cuando “Adán podía ver desde la primer punta del mundo hasta la última.” Durante ese tiempo, la Primera Luz, la sabiduría interna del sentido y la verdad, estaba revelada al hombre. Sin embargo, para que la Creación se pudiera renovar y el mandato de sobrepasar la oscuridad ser cumplido, esta luz intensa se escondió del Universo, y se guardó para un tiempo venidero.

Desde ese momento añoramos esa luz y la buscamos a través de nuestro estudio, nuestros rezos y la meditación. Sin embargo, incluso en nuestra hora más oscura podemos acceder a la memoria de esas treinta y seis horas en las que como humanidad vivimos en dicha luz. “¿Dónde se escondió la luz?” pregunta el midrash, “en la Torá.” En su brillo percibimos la sabiduría, el propósito y la intención de la Creación.

En cada generación existen treinta y seis almas elevadas que mantienen, cuidan y nutren esta luz. Ocultas, modestas y virtualmente desconocidas estas treinta y seis personas justas son chispas de la Luz Escondida. A través de su conciencia refinada, la luz de la Torá permea el mundo.

Durante los ocho días de Janucá, nuestro mundo se vuelve luminoso con esta luz gloriosa. A diferencia de las luces de Shabat, las luces de Janucá no pueden ser usadas para un placer personal. “Estas luces son sagradas… sólo podemos admirarlas.” Ya que, aunque nuestra percepción sea borrosa, fuimos y esencialmente somos maestros de la visión. En efecto, las luces de Janucá se colocan en una ventana como un faro para todo el que pasa, es una muestra de que la oscuridad puede disminuir con sabiduría, la noche iluminada con verdad.

Por mucho que Janucá conmemore el pasado, también celebra el presente y el futuro. Ya que aunque en Janucá celebremos el milagro de un solo recipiente de aceite ardiendo por ocho días, Janucá también llena al mundo con la esperanza de la Redención, cuando la luz triunfe sobre la negatividad. Esto es tanto un tiempo pasado como un tiempo futuro, cuando al igual que las treinta y seis horas de la creación del hombre “no habrá hambre, ni guerras, ni celosos, ni rivalidades. Pues la bondad será abundante, y todas las delicias tan comunes como el polvo. La única ocupación entera del mundo será conocer a D-os. ‘Pues la Tierra se llenará del conocimiento de D-os, como las aguas cubren el mar’”.

Fuente: AskMoses.com

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