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Gilbert Achcar y el conflicto de narrativas arábe-israelí (Primera parte)

Enlace Judío México e Israel.- Gilbert Achcar (Beirut 1951) es un historiador árabe de línea moderada, y en sus trabajos se ha consolidado como uno de los más objetivos, que evita al máximo posible los prejuicios tradicionales árabes en contra de los judíos. Su libro “Los árabes y el Holocausto: la guerra de narrativas árabe-israelí” (Universidad Veracruzana, 2016) es un brillante y valiente posicionamiento en contra del negacionismo que ha caracterizado a muchos líderes árabes (como Ahmadinejad en Irán o Abbas en Palestina), y en él analiza de un modo bastante asertivo las diferentes posturas e ideologías que hubo en el mundo árabe en torno al Holocausto.

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De un modo preciso y bien documentado, desmantela mitos o falacias generalizadoras que generalmente pretenden dibujarnos a los árabes como un conglomerado homogéneo en su actitud hacia los judíos en la época del nazismo (actitud que suele ser presentada como negativa), demostrando que –como todas las sociedades– en realidad hubo todo tipo de posturas y objetivos, y si acaso hubo un sentimiento de rechazo mayoritario (concretamente antes de la Segunda Guerra Mundial), este no fue contra los judíos como grupo local, sino contra los proyectos sionistas.

Sin embargo, hay que señalar que Achcar incurre en falacias, imprecisiones y omisiones interesantes a la hora de plantear su interpretación de los hechos históricos. Notable, porque me queda claro que si lo hace no es tanto por un sesgo ideológico, sino como reflejo de una situación que ya podría definirse como atávica. Es decir, son errores de concepto que evidentemente han arraigado a tal nivel en la mayoría de los árabes, que difícilmente logran visualizarlos y, menos aún, evitarlos.

En las siguientes entregas voy a analizar el contenido de la sección introductoria del libro de Achcar (pp. 17-54), ya que en ella se dedica a ubicar al lector en el contexto histórico, por lo que reflexiona ampliamente sobre el proceso mediante el cual los grupos sionistas se establecieron en lo que primero fue la provincia Palestina del Imperio Otomano, y a partir de 1917 y hasta 1948 pasó a ser el Protectorado Británico de Palestina.

Inicia con una reflexión sobre el uso de las palabras “shoá”, “holocausto” y el asunto del genocidio judío (pp. 17-23), que no son del interés para nosotros en este momento. Así que comenzaremos con el análisis de lo que nos dice en la sección subtitulada “Sionismo, colonialismo, desarraigo” (pp. 23-43).

Lo primero que llama la atención es que Achcar expresa que “los inicios de la colonización sionista de Palestina, lo mismo que las primeras reacciones árabes hostiles, anteceden considerablemente al ascenso de Hitler al poder. Los habitantes árabes de Palestina percibían la empresa sionista en aquel lugar como una encarnación más del colonialismo europeo, más aún en tanto se desarrolló sobre todo bajo el mandato colonial británico posterior a la Primera Guerra Mundial” (p. 23).

Respecto a esa hostilidad, agrega: “Desde el comienzo de la colonización europeo-judía de Palestina durante la segunda mitad del siglo XIX… los campesinos árabes rivalizaron con los colonos judíos en enfrentamientos repetidos y, en ocasiones, sangrientos. Estas no fueron manifestaciones xenófobas ni antijudías por parte de los habitantes palestinos… sino más bien manifestaciones totalmente predecibles de agricultores expulsados de sus tierras. La prueba más clara es que cuando los colonos permitieron a los campesinos permanecer en la tierra y les dieron la oportunidad de seguir trabajándola, estos se plegaron a los nuevos acuerdos. En cambio, cuando los nuevos propietarios intentaron expulsar a los habitantes palestinos o inducir a las autoridades otomanas a hacerlo, tal como ocurrió al despuntar el siglo XX, los agricultores se rebelaron” (p. 24).

Y agrega inmediatamente: “La hostilidad de la población nativa, tanto musulmana como cristiana, aumentaría con los años en proporción directa a la expansión de la colonización…”.

Aquí hay varias ideas que serán recurrentes (aunque de manera implícita más que explícita) en todo el texto de Achcar, y que vale la pena analizar.

La primera es que el sionismo es, por definición, un movimiento colonialista íntimamente relacionado con el colonialismo europeo. Achcar lo relaciona, principalmente, con el colonialismo inglés que se comenzó a extender en la zona a partir de 1917.

La segunda es que existe una contraposición natural entre los judíos y los árabes palestinos “nativos”, sean estos últimos cristianos o musulmanes.

Y aquí comienzan los problemas.

El primero es que Achcar incurre en una contradicción al decir primero que el sionismo era percibido por los palestinos como “una encarnación más del colonialismo europeo, más aún en tanto se desarrolló sobre todo bajo el mandato colonial británico posterior a la Primera Guerra Mundial”, para luego afirmar –casi de inmediato– que “Desde el comienzo de la colonización europeo-judía de Palestina durante la segunda mitad del siglo XIX…”.

Afirmar –correctamente, por cierto– que las primeras migraciones judías provenientes de Europa se hicieron durante la segunda mitad del siglo XIX (es decir, en la etapa otomana) nos obliga a descartar que el sionismo se haya desarrollado como una extensión del colonialismo británico, que comenzó su presencia en la zona apenas en 1917.

En el trasfondo de esta ambivalencia se encuentra la negativa árabe –a veces más sentimental que ideológica– de reconocer al sionismo como un proyecto autónomo y judío. Hay una urgencia por identificarlo con el colonialismo europeo, y por eso suele enfatizarse lo que podría definirse como la segunda etapa de expansión sionista, bajo la tutela del colonialismo inglés (la primera etapa sería bajo la tutela del Imperio otomano). Y es que reflexionar mucho sobre las condiciones en las que se establecieron los primeros asentamientos sionistas no les sirve de mucho, ya que estos fueron posibles no por una dinámica colonizadora en el sentido político, sino porque los terrenos fueron adquiridos mediante procesos de compra-venta a las autoridades turcas.

Eso está claramente reflejado en el párrafo donde Achcar habla sobre la hostilidad latente de los árabes locales, e incluso señala que si los “nuevos propietarios” dejaban que los campesinos árabes siguieran trabajando, no había problemas. Sólo hubo problemas con estos cuando aquellos trataron de expulsarlos, o incluso de convencer a los gobernadores otomanos de que fueran los que se encargaran del asunto.

Eso nos permite ver una realidad jurídica más compleja de lo que Achcar retrata en su recuento de los hechos. Se trata de una situación en la que se admite implícitamente que los sionistas eran dueños legales (y, por lo tanto, legítimos) de las tierras. ¿Por qué? Porque se las habían comprado al Imperio otomano. Es de sobra sabido que durante mucho tiempo las organizaciones sionistas organizaron colectas monetarias entre todas las comunidades judías del mundo, además de recibir el apoyo de destacados banqueros judíos como Rothschild o Hirsch, para adquirir terrenos en la entonces Palestina otomana.

Por lo tanto, no se puede hablar de un proyecto colonialista. Nunca en la Historia una expansión colonialista ha iniciado o se ha basado en que los “colonizadores” compren terrenos y se sometan a las autoridades locales. El único sentido en el que se les podría llamar colonos, sería en el caso de quienes compraron territorios inhóspitos y deshabitados para comenzar a poblarlos, pero ese es un uso más bien romántico del término. No aplica en sus connotaciones políticas.

Es por ello que los historiadores árabes suelen pasar por alto, o dar poca importancia al hecho objetivo de que la presencia sionista en Palestina comenzó bajo el Imperio otomano, y prefieren enfatizar el auge que tuvo durante la etapa colonial inglesa. De ese modo asocian los conceptos “sionismo” y “colonialismo” como si estuviesen íntimamente relacionados, y se evitan la molestia de admitir que el sionismo tenía vida propia desde mucho antes de que pudiera existir la mínima posibilidad de aprovechar la expansión colonial europea.

Esta distorsión se ha mantenido hasta la fecha. Es de lo más común escuchar que el sionismo es colonialismo, e incluso suele agregarse que es algo así como un proyecto estadounidense para garantizar el control americano sobre el petróleo del Medio Oriente (tontería monstruosa que, para diversión mía, ninguno de sus defensores ha logrado explicar siquiera con alguna medianía intelectual).

Sobra decir que dicha idea carece de lógica. En primer lugar, el Estado de Israel surge como nación independiente justo cuando el colonialismo europeo colapsa y se retira de la zona (de hecho, gracias a ello fue que se fundaron los modernos estados de Líbano, Siria, Irak, Jordania e Israel; si nos vamos un poco más hacia oriente, hay que incluir a Pakistán). Y en segundo lugar, un proyecto colonialista es expansivo por naturaleza. La mayor expansión territorial de Israel fue en 1967, tras la Guerra de los Seis Días. Pero desde la firma con Egipto de un tratado de paz y la devolución del Sinaí, Israel ha renunciado poco a poco a cada vez más territorio. Hoy por hoy, el estado judío abarca menos de la mitad del territorio que controlaba en 1967. Así que resulta demasiado difícil definirlo como un proyecto colonialista, toda vez que no sólo ha renunciado a territorio, sino que no ha hecho ningún esfuerzo por imponer ningún tipo de control –económico, cultural, religioso, militar o político– entre los países vecinos.

Vamos con el siguiente punto: ¿es correcta la contraposición entre “lo judío” y “lo nativo” al hablar de este tema? Achcar se expresa en esos términos casi todo el tiempo, aunque a ratos se le salen algunos datos que evidencian que no está tomando en cuenta todos los hechos históricos.

Pese a hablar de los judíos como un ente alienígena llegado de Europa y que entra en choque con la “población nativa”, nos dice que “…en 1931, los judíos conformaban una sexta parte de la población de Palestina; de acuerdo con el censo británico, ese año el país contaban con 175 mil judíos…” (p. 25). Pero en el siguiente párrafo nos dice que “…durante el período de cuarenta años que va de 1882 a 1931, un total de casi 187 mil inmigrantes llegaron a Palestina” (p. 26).

Esto ya nos hace sospechar que algo no está del todo claro: si hacia 1931 había 175 mil judíos, pero entre 1882 y 1931 habían llegado 187 mil inmigrantes, se deduce que no todos los inmigrantes eran judíos. Sin embargo, Achcar menciona las cifras en un intento por describir la intensificación de la migración judía. Es decir, como si todos los inmigrantes fueran judíos, y entonces el balance demográfico se hubiese alterado en detrimento de los árabes nativos.

Pero Achcar mismo –sin darse cuenta– nos da la respuesta a qué es lo que sucede. Previamente, dice: “El número de judíos que residían en Palestina se duplicó entre los albores del siglo XX y la Primera Guerra Mundial. Ese número se incrementó diez veces bajo el mandato británico, pasando de 61 mil en 1920 (de una población total de 603 mil) a más de 610 mil (de una población total de 1’900,000) en la víspera de la proclamación del Estado de Israel.

El dato de Achcar es claro y es correcto: en veintiocho años, la población judía pasó de 61 mil a 610 mil. Pero no repara en que la otra población también tuvo un incremente interesante. Si de un total de 603 mil habitantes sólo 61 mil eran judíos hacia 1920, entonces los otros 542 mil eran árabes. Pero hacia 1948, de un total de 1’900,000 habitantes sólo 610 mil eran judíos, lo que significa que 1’290,000 eran árabes. Es decir, 748 mil más que apenas veintiocho años antes. Un incremento de casi el 40%, algo que de ninguna manera puede entenderse como “crecimiento natural” de la población.

Ese aumento de la población no judía (es decir, árabe) no es un misterio. Los censos británicos de la época registran masivas oleadas migratorias de musulmanes que llegaron a establecerse en el todavía Protectorado Británico de Palestina.

Entonces, la noción de que “lo judío” es un ente ajeno que se presenta en la zona por migración, en contraposición a la “población nativa” árabe que parece está allí desde tiempos inmemoriales, es un mito.

¿Qué fue lo que realmente sucedió? Tan sencillo como esto: hacia finales del siglo XIX e inicios del siglo XX, la Palestina Otomana era una provincia prácticamente vacía (la descripción de ella que hizo Mark Twain en 1867 no deja lugar a dudas). Fue la época en la que comenzaron los procesos migratorios fomentados por el sionismo, y se basaron en la forma más lógica de proceder: juntar dinero y comprar las tierras al Imperio Otomano.

Cierto: esto provocó reacciones diversas entre los árabes locales, generalmente adversas. Por ello, conforme la inmigración judía se fue incrementando –sobre todo a partir de la conquista británica del territorio–, se empezó a fomentar también la migración de musulmanes. Entre 1920 y 1948, la demografía del lugar cambió radicalmente, y ambos grupos –el judío y el árabe– se habían llenado de nuevos integrantes que habían llegado de todos lugares. La onomástica judía, con apellidos como Goldstein o Persky, evidencia que casi todos llegaron de suelo europeo. Y la onomástica palestina, con apellidos como Al-Moughrabi (“marroquí”) o Al-Afghani (“afgano”) evidencia que casi todos llegaron del mundo mediterráneo y del Cáucaso musulmán.

Entonces no se puede hablar de una confrontación entre “inmigrantes” y “nativos”. En ambos grupos hubo de unos y de otros por igual.

Un detalle más: en la narrativa de Achcar, pareciera que todo este proceso migratorio habría alterado notablemente la realidad demográfica.

Falso. En realidad, los cambios –aún con todos los migrantes judíos y árabes juntos– apenas era perceptible debido a que el país estaba prácticamente vacío. Los lugares en donde se llegaron a resentir con mayor intensidad los cambios demográficos fueron la minoría. Muy pocos.

Demostrar esta realidad es sencillo: en la actualidad, el Estado de Israel tiene casi 9 millones de habitantes, y su densidad de población es de 392 habitantes por kilómetro cuadrado. Es una densidad normal o incluso baja si la comparamos con la de otros países de un tamaño similar. Por ejemplo, la de Holanda es de 504 habitantes por kilómetro cuadrado y la de Bélgica es de 371; ya sin tomar en cuenta el tamaño, los países más densamente poblados son Mónaco (19,307 h/km2), Singapur (8,017), Bahrein (2,617), Ciudad del Vaticano (1,818) y Malta (1,387).

Así que en este momento y con casi 9 millones de habitantes, Israel está muy lejos de ser un territorio demasiado poblado. En 1948, Israel se fundó con unos 780 mil habitantes. Es decir, menos del 10% de lo que hay actualmente, lo que significa que la densidad de población era de 28 h/km2. Pero eso sólo en lo correspondiente a Israel. El Protectorado Británico de Palestina incluía originalmente también el territorio de la actual Jordania. Para 1948, su población era de alrededor de 600 mil habitantes, con una densidad de 149 h/km2. Por lo tanto, en el período previo a 1946 (año de la fundación de Jordania), bajo el estimado de que habría alrededor de 1.3 millones de habitantes en todo el Protectorado, la densidad de población era de casi 86 h/km2.

A eso hay que agregar que dicha población se concentraba en zonas muy específicas. La gran mayoría del territorio estaba simple y sencillamente vacío.

Así comienza el libro de Achcar, con esa serie de imprecisiones o de datos pasados por alto, que –tal y como veremos en la próxima nota– refuerzan el sesgo falaz que ha predominado en la imaginería árabe desde hace más de un siglo: que los palestinos son la “población nativa” cuya vida normal se vio afectada por un proyecto “colonialista” llamado sionismo.

 

 

Las opiniones, creencias y puntos de vista expresados por el autor o la autora en los artículos de opinión, y los comentarios en los mismos, no reflejan necesariamente la postura o línea editorial de Enlace Judío.

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