Inicio » Opinión » Literatura » Crónicas de la nueva Diáspora: Mi vida en 12 maletas

Crónicas de la nueva Diáspora: Mi vida en 12 maletas

Enlace Judío México e Israel.- ¿Cómo resumir todo lo que tienes, has hecho y tienes contigo en 12 maletas? Sé que hablar de doce (12) piezas de equipaje suena como una cantidad considerable para cualquier persona que emprende un viaje en avión, pero baste con pensar que todas tus posesiones en el mundo las llevas contigo para iniciar un viaje que no sabes cuánto tiempo tomará, ni si algún día podrás volver a tu terruño (aunque lleves siempre viva la esperanza de lograr un pronto retorno).

MIGUEL ARRIETA ZINGUER

Cuando tomas la decisión trascendente de emprender un nuevo rumbo, una nueva vida en un país lejano, tienes que comenzar por priorizar qué es lo que puedes llevarte contigo. Seguramente que esto no siempre es igual y para muchos resulta más sencillo, cuanto más joven eres menos tienes por seleccionar; pero cuando te toca emigrar siendo ya una persona con ciertos años encima no resulta fácil decidir qué podrás llevarte contigo y qué tienes que dejar, regalar, abandonar.

Mi esposa siempre me critica, y con razón, pues dice que soy una suerte de acumulador de cosas, de recuerdos, de afectos, de objetos. Tengo la tendencia a formar lazos con las cosas que me traen recuerdos, de momentos, de personas, de lazos familiares, de eventos que estimo relevantes en mi recorrido vital; por eso suelo conservar recuerdos y me cuesta deshacerme de ciertas cosas, que para mi pareja resultan inservibles o simplemente poco útiles y estorbosas. Por eso, aunque ella cree que no me doy cuenta, se deshace por ejemplo, de aquel sweater o pijama que me encantaba, de la ropa cuando estaba más gordo, de las entradas a los eventos a los que fuimos, de las tarjetas que le regalé, de aquellas cosas que me dejó mi mamá, mi tía, de las cosas que me recuerdan épocas felices, los libros que adoro, los discos, los cuadros, los adornos, etc.

De modo que cuando decides emigrar y sabes perfectamente que tendrás que priorizar al extremo lo que te llevarás contigo, la gente enfrenta una suerte de duelo, porque sabes que tendrás que enfrentar la dura decisión de optar entre si abandonar lo que tienes, como nos ha tocado a muchos (llevarte una mudanza contigo cuando sales apresuradamente de tu país, es sencillamente una utopía), o en algunos casos vender algunas cosas de valor, y en muchos casos, regalar lo que tienes, o como a otros nos ha tocado, prácticamente “cerrar la puerta”, guardar la llave y salir sin mirar atrás.

La consideración de lo que realmente es “objeto de valor” para cada quien puede variar de forma apreciable de persona a persona, pues para muchos un objeto valioso será una joya costosa que te pueda sacar en algún momento de necesidad de un apuro (un pariente joyero de mi familia, hace como 30 años nos decía que lo que producía, lo convertía en piedras preciosas y oro, por cuanto por la experiencia de la familia en el Holocausto, había que tener lo suficiente para poder huir llevando un “seguro de vida” y recuerdo siempre con escalofríos que profetizó en esa ocasión que “tendríamos que salir en algún momento de Venezuela”). En cambio para otros, un objeto de valor puede ser un equipo electrodoméstico, o electrónico, un mueble, un jarrón, un cuadro. No obstante, siempre he tenido presente que entre muchas personas que sobreviven a un evento terrible como puede ser un terremoto, incendio, inundación; que lo que más extrañan y no pueden reponer son “las fotos”.

Las fotografías constituyen la prueba de donde uno viene, de cómo era la familia, de cuáles fueron los momentos felices, cómo fue nuestra infancia, nuestra juventud, cómo fundamos nuestra familia, cómo es nuestro recorrido vital y cuáles fueron nuestros momentos felices. Es por ello, que a la hora de seleccionar qué llevarnos, no lo dudé y dediqué muchos días a seleccionar qué fotos nos llevaríamos con nosotros. Las fotos por lo demás han cambiado con el tiempo, por cuanto esto lo pude vivenciar al seleccionar las fotografías que nos llevaríamos.

Así, por una parte tuvimos que seleccionar las fotos de la familia antes de abandonar Europa, incluyendo aquellas de los familiares que no conocí, los que fallecieron en el Holocausto, las de mi familia paterna, las de la familia de ella; las de nuestras vidas, infancias, juventud, las ilustraciones de nuestra relación, de nuestro matrimonio, de lo más precioso de nuestras vidas: nuestros hijos y familia.

Así, vamos de los que parecen casi daguerrotipos en rústico blanco y negro, pasando por las amarillentas a color, las instantáneas polaroid y luego lo que sí te puedes llevar con más facilidad: las fotografías digitales, que curiosamente por su falta de soporte tangible, también parecieran más difíciles de conservar.

Luego recuerdo que cuando inicié los trámites para mi emigración a Israel (país de inmigrantes donde por ejemplo tenemos un Ministerio de Integración y Absorción, que se encarga del proceso de incorporación a la sociedad israelí de su población inmigrante, que legalmente ingresa a este país), en la propia página web del ministerio, te recomiendan que te traigas algo que te recuerde tu hogar. De modo que cuando ya se acercó el momento de viajar, para mí fue ciertamente traumático el seleccionar qué me podría traer, sobre todo al verificar que tu proceso de hacer maletas, es una suerte de proceso de mutilación de tu entorno, al convencerte de que no puedes llevarte esto, tienes que dejar aquello, cuál será la ropa adecuada y suficiente para llevarte; qué implementos requerirás para tu nueva vida, qué puedes sustituir y qué no.

En mi caso, el proceso fue tan complejo, que al final prácticamente no me traje nada y sólo al final me logré traer un par de candelabros, unos cubiertos de plata de mi mamá (que traje distribuidos en todas las maletas, para tratar infructuosamente de evitar ser presa fácil de los que te roban tus cosas, particularmente en el Aeropuerto Internacional de Maiquetía), tuve incluso que dejar el jarrón que adoraba mi mamá, pues mi esposa me disuadió de traerlo sin tener cómo embalarlo adecuadamente. Ni soñar traerme la colección de arte que adoro, las vajillas de mi mamá, los implementos y recuerdos, mis libros que forman parte de mí…en fin, un largo etcétera que como tus afectos, tus recuerdos, tus amigos, tus familiares, tus mascotas, que sólo puedes llevarte en tu corazón.
De otra parte, tienes que considerar el difícil proceso de hacer las maletas, y por otra parte el tener que seleccionar, contar y sobre todo “pesar” el equipaje.

En esta era de las aerolíneas “low cost”, cada vez es menor la cantidad de equipaje que te puedes llevar en los vuelos internacionales. Casi todas las aerolíneas sólo permiten una pieza de equipaje facturado, más otra pieza de equipaje de mano. En nuestro caso, la Agencia Judía nos paga una pieza adicional y nosotros pagamos otra maleta para cada uno, vale decir tres maletas cada uno más el equipaje de mano…las doce maletas. El otro “detalle”, es cuando viajas desde el interior del país, que no puedes llevar las maletas que quieras (ni pagando), lo cual es particularmente difícil cuando tienes que volar desde los aeropuertos del Táchira. De más está contarles que el transporte aéreo (al igual que el resto del transporte, urbano, interurbano, extraurbano, y hasta marítimo, que se encuentra en una situación calamitosa que presenta el transporte bajo la dirección del “conductor de la revolución”), pues en las líneas aéreas que no son la estatal Conviasa, sólo permiten una pieza de 15 kg por persona, de manera que se podrán imaginar la labor “logística” que precisa el poderte llevar las susodichas doce maletas para poder salir del país.

En nuestro caso, tuvimos que armar todo un proceso para podernos llevar las maletas, que comprendió el tener que mandar dos primero, con unos amigos que iban de San Cristóbal a Caracas y que me hizo el gran favor no sólo de cargar las maletas y llevarlas a Caracas, sino además guardármelas hasta que emprendiera el viaje fuera del país. Aparte, el lograr llevarme el equipaje de San Cristóbal hasta el distante Aeropuerto de La Fría, con mis cuñados y mi hijo que nos acompañarán hasta allá y para poder llevarnos cinco maletas más y luego para mandar las restantes por transporte terrestre y buscarlas en Caracas.

El otro proceso: el pesado, repesado, equilibrado, sacar cosas de una, para pasarlas para la otra; sacar las cosas de valor y distribuirlas; colocar los documentos y títulos en el equipaje de mano; ver dónde escondes los pocos dólares que llevas contigo, los invaluables pasaportes (el vigente, el colombiano, el vencido pero en el que tienes la visa americana, el de la niña; la visa israelí que te la dan aparte por no tener relaciones diplomáticas Venezuela con ese país, tras la sonora ruptura realizada por Chávez); las prendas, etc. Ni qué decir de la angustia de llegar al aeropuerto y sobrevivir indemne a los procesos de requisa por la Guardia Nacional, el Seniat, etc., y rezar porque no se ensañen contigo y te roben descaradamente (lo cual sucede regularmente).

De modo, que el doloroso proceso de dejar lo tuyo (ni qué decir, cuando por ejemplo tienes que dejar también aunque sea por un tiempo lo más grande que tienes, como en mi caso a uno de mis hijos), y además el fruto del esfuerzo, no sólo de toda tu vida, sino los recuerdos de la familia, parte de tu herencia, tus bienes, que no puedes vender; las cosas invaluables que tienes que dejar o regalar y seleccionar, desechar todo lo que comprende tu entorno, todo lo que adorna y enriquece tu vida; el poder escoger lo que finalmente consigues llevarte, para contar con lo mínimo indispensable para poder establecer un nuevo camino, una nueva vida…este proceso exige un proceso sistemático de síntesis extrema de tu vida para recogerla en doce maletas, sabiendo no sólo que no todo cabe ahí, sino que quizá lo que más te duele es lo que dejas, lo que no puedes llevarte contigo, el afecto, el cariño, los recuerdos, el arraigo, consolándote quizá en el recuerdo de tus ancestros, que tuvieron que abandonar su Nova Sultitze, pueblito de la actual Rumania en el periodo entre guerras mundiales, con la idea de volver algún día y que nunca pudieron hacerlo, y rogando contar con más suerte, en el sentido que no nos pase como ellos, que tras la guerra no tenían a dónde o para qué volver y que algún día, más pronto que tarde, nuestra querida Venezuela retome el camino del progreso y la libertad.

 

 

 

 

Fuente:cronicasdelanuevadiaspora.blogspot.com

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *