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Dos momentos de genialidad en la Historia Judía

Enlace Judío México e Israel.- Hubo dos momentos en la Historia antigua en el que el pueblo judío estuvo a punto de desaparecer. No solamente no sucedió eso, sino que en un gesto impresionante de resiliencia, la genialidad de los líderes espirituales judíos logró que, además de garantizar la sobrevivencia del grupo, se consolidara un legado que todavía hoy sigue impactando a la humanidad.

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Los dos momentos más críticos para el judaísmo antiguo fueron las destrucciones de los dos Templos de Jerusalén. Una ocurrió en el año 587 AEC, a manos de los babilonios. La otra, a manos de los romanos en el año 70 EC.

Lo crítico no fue solamente la destrucción del Templo en tanto edificio emblemático de la religión judía, sino el riesgo de que sin patria y sin referentes nacionales, el grupo como tal terminara por asimilarse y perder su identidad. De hecho, eso fue lo que le sucedió a la gran mayoría de los pueblos conquistados por los babilonios y los romanos. Los primeros fomentaron las mezclas raciales, los segundos las mezclas culturales. El caso fue que, por una u otra razón, las naciones conquistadas por esos imperios sufrieron cambios trascendentales que se tradujeron en una transformación radical de sus identidades históricas.

Pero los antiguos israelitas, más tarde llamados judíos, sobrevivieron a los dos imperios gracias a dos rasgos de genialidad logrados inmediatamente después de cada catástrofe.

Tras la conquista babilónica, vino un período en el que un amplio porcentaje de la población judía fue llevada al exilio en Babilonia. Durante ese lapso que duró, por lo menos, cincuenta años, se dio una situación inédita que puso en crisis a la religión israelita: con el Templo destruido, era imposible realizar los sacrificios de expiación que, antes de la invasión, se realizaban todo el tiempo.

El registro bíblico que encontramos en los libros de los profetas (sobre todo en Isaías y en Jeremías) nos muestra que muchos judíos se hundieron en la idea de que el perdón de D-os era imposible. Sin sacrificios de expiación, no era posible lograr la reconciliación con D-os. Eso, por lo tanto, sentenciaba a Israel a desaparecer de manera definitiva.

Sin embargo, un profeta anónimo se levantó para escribir una obra monumental y llevar los conceptos religiosos judíos a otro nivel. No es que estuviera inventando conceptos, porque en realidad sólo habló de cosas que ya estaban previstas en la Torá. Pero le dio un impulso a nuestro entendimiento de esas cosas. Lo que llevó a un nuevo nivel fue nuestra conciencia.

El texto al que nos referimos quedó integrado al libro del profeta Isaías, y abarca los capítulos 40 al 55. Allí se nos habla de cómo funciona, en realidad, la relación con D-os. Se nos explica que el problema de la expiación en realidad no depende de los sacrificios, sino del arrepentimiento.

Ese texto es el registro de un gran parteaguas en la evolución del pensamiento religioso judío. Refleja el momento en que, como pueblo, nos dimos cuenta que la base de la religión no era el protocolo o el ritual, sino la experiencia espiritual.

Eso permitió que el pueblo judío desarrollara, guiado por los profetas, algo totalmente revolucionario para su época: la interpretación moral de la Historia.

Los paradigmas religiosos antiguos habrían dicho que el pueblo de Israel había sido derrotado por los babilonios porque el D-os de Israel habría sido incapaz de combatir a los dioses babilónicos.

Los profetas no se contentaron con una interpretación tan ramplona. En cambio, explicaron que la tragedia israelita había sido consecuencia de sus propios fallos como sociedad. Con ese mensaje le dieron una nueva dimensión al concepto de pacto entre D-os y los hombres.

No basta con cumplir con el protocolo. El pacto implica un compromiso moral, y si este no se realiza, no se lleva a la realidad, todo lo demás carece de valor.

Al insistir en que la base de la relación con D-os era la experiencia espiritual, y que la vigencia del pacto sólo se mantenía en tanto el pueblo elevara su calidad moral de vida, el judaísmo encontró no nada más una explicación a su tragedia, sino incluso la fuerza para sobrevivir al peligro, fortalecerse y, eventualmente, reconstruirse.

En términos generales, eso mismo se reforzó después de la destrucción del Segundo Templo, seis siglos y medio después de la invasión babilónica.

Pero en este caso los cambios fueron más radicales, más creativos y, en definitiva, más geniales.

Destruido el Templo, la antigua casta sacerdotal dejó de ejercer las funciones de liderazgo religioso. Su lugar, en la práctica, fue ocupado por los rabinos locales. Con ello, llegó a su fin el judaísmo antiguo y nació el judaísmo rabínico.

Fraguado a lo largo de casi dos mil años de exilio, el sistema rabínico se desarrolló como algo simplemente perfecto, capaz de adaptarse a cualquier situación y de ofrecer respuestas inmediatas a los problemas que enfrentaba cada comunidad judía en el mundo. Un nivel de flexibilidad que en su momento no tuvo el judaísmo sacerdotal.

Gracias a ello, dieciocho siglos de calamidades constantes y permanentes no lograron destruir al pueblo de Israel ni a su religión. En cambio, justo después del episodio más doloroso de toda nuestra historia —el Holocausto— se logró la restauración que nadie imaginaba tan rápida y contundente: la refundación del Estado judío, Israel.

El judaísmo rabínico representó la consolidación de muchos frentes que evolucionaron de un modo sorprendente.

Por ejemplo, el judío dejó de vivir en torno a los sacrificios del Templo, y comenzó a vivir en torno a los libros. Ya fuese para rezar, o fuese para estudiar. La rutina del judío dejó de ser llevar animales a degollar, y pasó a ser el análisis del texto, la discusión. La piedad agrícola, rudimentaria y semianalfabeta pasó a convertirse en erudición. En un principio dicho logro se mantuvo reducido al mundo del gueto, la aljama o el shtetl, debido a las políticas marginatorias que nos aplicaron los reinos cristianos o musulmanes.

Pero cuando llegó la era de la emancipación, la irrupción de los judíos en el mundo académico moderno, o en el mundo de las artes, fue notable porque para entonces ya teníamos siglos de ser personas perfectamente entrenadas en el análisis y síntesis de la información.

Desde entonces, no ha habido área de trabajo o de investigación en la que no hayan destacado judíos. A veces, ocupando los sitios preferenciales, como cuando hablamos de Einstein en la ciencia, o de Freud en la medicina.

El resultado final se ha materializado en el actual y moderno Estado de Israel, un país líder en innovación tecnológica, un sitio donde se están encontrando soluciones a los grandes problemas que está enfrentando la humanidad.

El secreto está claramente entendido desde hace casi 2600 años: todo está en nuestro espíritu. En aquel momento, el milagro fue entender que nuestra relación con D-os dependía de nuestra vivencia interior, no del protocolo ritual. En la actualidad, el milagro es entender que las grandes soluciones a nuestros grandes problemas —la guerra, el calentamiento global, la desigualdad social, etc. — está en ese mismo lugar: nuestro espíritu.

La fortaleza que el ser humano puede encontrar en su propio interior, especialmente en los momentos más aciagos, es ilimitada.

El testimonio incuestionable es ese pueblo que durante tantos siglos estuvo en el filo de la catástrofe, en riesgo de desaparecer, y que en contra de todos los pronósticos o de las expectativas racionales, siempre se levantó para volver a crecer, e incluso para hacerlo mejor.

 

 

 

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