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Halajá II: ¿Por qué la Torá Oral es la base de nuestra ley?

Hace una semana hablamos sobre por qué la Torá no cambia con el tiempo, ya que la Torá fue dada por D-os al hombre y es el objetivo hacia el cuál este último se dirige. Si dicho objetivo cambiará, dejaría de existir. Mencionamos que dentro de todo el sistema Talmúdico de análisis de textos que tenemos, la halajá es la ley que nos permite llevar a la práctica y a la vida diaria los caminos marcados por la Torá. Es decir nos permite traducir las enseñanzas que recibimos de D-os y la tradición en acciones muy concretas. Nos ayuda a tomar decisiones en nuestro día a día. Sin embargo, ¿cómo funciona? ¿Quién decide qué se puede hace y qué no?

La importancia de la Torá Oral

Cuando uno habla de judaísmo y primordialmente de halajá lo primero que hay que entender es que no existe Torá sin Torá Oral. Mucha gente tiende a creer que el pacto que hizo D-os con el pueblo judío empezó con los cinco libros de Moisés. Y que en base a ese texto es que se desprende todo el sistema jurídico judío. Sin embargo, ese es un gran error, el pacto que hizo D-os con el pueblo judío inició con la Torá Oral, con la comunicación directa entre Moisés y D-os que el pueblo judío presenciaba de forma continua en el desierto.

Cuando hablamos de Torá en general, estamos hablando de la enseñanza y la guía que D-os ha dado al hombre a lo largo de los milenios. Empezó a ser trasmitida desde Adam el primer hombre, y se mantuvo en el tiempo gracias a la dedicación de Noé y Shem, quienes servían a D-os únicamente. No fue hasta que Abraham apareció en escena que empezó un nuevo pacto nuevo con las naciones de los hombres, el cual incluía su descendencia; si bien antes los hombres se relacionaban con D-os únicamente como individuos finitos en esta tierra, ahora también lo harían como una familia. Pues el pacto que hace Abraham con D-os es primordialmente a través de su descendencia; es a través de la permanencia en el tiempo.

Para cuando D-os saca a los judíos de Egipto, empieza un pacto nuevo con ellos como nación. Es decir, el objetivo de su existencia como individuos cambia para volverse parte de un pueblo que comparte los mismos principios morales. En el nuevo pacto, esa nación será la encargada de mantener viva la enseñanza de D-os al hombre, como en su momento lo fue Noe, y lo fue Shem. Eso es la Torá y ese es el gran vínculo que tienen los judíos con ella. Es su labor leerla, estudiarla, interpretarla y vivir conforme a sus principios y sus leyes. Todo esto fue dado de forma oral y se trasmitió a través de la tradición, de padre a hijo, de rabino a alumno.

La Torá Escrita, lo que conocemos hoy como Pentateuco o los cinco libros que recibió Moisés en el desierto, en realidad narran la historia del pueblo judío. Existen como un apoyo, una base para recordar o deducir lo que se trasmitió oralmente. Fueron dictados por D-os a Moisés letra por letra, palabra por palabra, punto por punto. Lo que nosotros buscamos, lo que se le llama Torá Shelemá, “completa” es la unión y la simbiosis de ambas. La Torá Oral nos dice cómo debemos comportarnos, qué debemos pensar, qué métodos debemos de usar para el estudio, cuáles son las bases y los principios de nuestra fe y la Torá Escrita nos lo muestra en cada una de las historias u mandatos que tiene dentro del texto.

Por ejemplo, la Torá Escrita nos dice que debemos comer matzá en Pesaj, nos recuerda por qué debemos de comerla y nos sitúa en el contexto de las plagas de Egipto y la Revelación divina. La Torá Oral nos dice qué es la matzá, cómo se debe cocinar, cuándo sí es obligatorio comerla y cuándo no; además ahonda en historias relacionadas con el consumo de matzá. Sólo cuando estudiamos ambas con cuidado podemos entender con profundidad el sentido de lo que D-os nos está pidiendo; sólo estudiando ambas podemos entender ¿cuándo D-os ordenó ese mandato?, ¿por qué lo hizo? y ¿por qué nos lo sigue pidiendo hoy en día? Sólo con la Torá Oral podemos entender nuestra situación actual, nuestro contexto, lo que se espera de nosotros; sólo con la Torá Oral D-os nos habla personalmente y a lo largo del tiempo. Esa es su importancia y por eso de ella se desprende toda la halajá.

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