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El congresista que odiaba a Israel

Enlace Judío México e Israel.- Consideren esta situación: Un legislador del Oeste Medio ataca a Israel con una pasión y hostilidad que huelen a antisemitismo. El legislador alega que los partidarios de Israel en Washington son comprados con dinero judío y que ellos tienen demasiada influencia sobre nuestros políticos. Cuando muchos estadounidenses expresan su indignación ante tales comentarios, el legislador invoca el derecho a la libertad de expresión e insiste en que los sentimientos expresados fueron todos por la causa justa de poner a la política estadounidense en un camino más razonable y moral.

JONATHAN SCHANZER

Esta ha sido la dinámica que rodea los inquietantes comentarios de la representante demócrata Ilhan Omar acerca de Israel y la relación de EE.UU. con el Estado judío. Pero las acusaciones falsas de Omar y la indignación que han generado no son sin precedentes. Ella no es la primera representante estadounidense en dar voz pública a la feroz intolerancia anti-Israel (y anti-estadounidense) y reclamar el manto de corrección. Antes de Omar, estuvo el congresista republicano Paul Findley, quien murió el 9 de agosto a la edad de 98 años.

Findley representó al 20° distrito de Illinois desde 1961 a 1983. Por muchos años de su carrera en el Congreso, sus ideas de política exterior fueron relativamente anodinas. Como lo dijo él, “Yo simplemente no tenía ningún interés en el Medio Oriente.” Esto tenía sentido, ya que sus electores no estaban muy interesados en el Medio Oriente, tampoco. Pero a fines de la década de 1970, después de un viaje al Sur de Yemen para asegurar la liberación de un votante detenido, él tuvo una interacción al azar con representantes de la Organización para la Liberación de Palestina (OLP). El pronto afirmó haber logrado que el presidente de la OLP, Yasir Arafat “ponga en papel” un acuerdo para “establecer la paz [y] evitar la controversia con Israel, si fuera establecida una Palestina independiente en la Margen Occidental y Gaza, con un corredor de conexión.” (En una entrevista que Findley dio en el 2013, admitió que Arafat “aprobó, pero se negó a firmar” este pedazo de papel.)

Al año siguiente, Findley llevó sus vínculos con Arafat un paso más allá e invitó al infame líder terrorista de la OLP para conversaciones en la ciudad de New York. Findley incluso se llamó a sí mismo “el mejor amigo de Arafat en el Congreso.”

En la época, Findley puede no haber entendido por qué su independencia diplomática y su legitimación de la OLP provocaron alarma. El afirmó que era sólo eminentemente diplomático. Un ex empleado del Capitolio dice que Findley “se veía a sí mismo como una especie de secretario de Estado para el Congreso.”

El empleado recuerda que profesionales preocupados de la comunidad pro-Israel hicieron muchas visitas personales a las oficinas de Findley en la Colina del Capitolio para abordar el acercamiento del congresista a la OLP. Pero cuanto más participaban, más fortalecía Findley sus posiciones pro-OLP.

Findley claramente era irritado por ellos, y también estaba enojado con sus colegas del congreso por no seguir su ejemplo. Mirando hacia atrás, él escribió, “decenas de veces a lo largo de los años, me he sentado en el Comité y en la Cámara de Representantes mientras mis colegas se comportaban, como una vez los describió un subsecretario de Estado, como ‘caniches entrenados’ saltando a través de aros sostenidos para ellos.” El “ellos” se refería a las organizaciones pro-Israel.

Para 1980, la comunidad pro-Israel en Washington había identificado claramente a Findley como un problema. En 1982 perdió su banca ante Richard Durbin y estuvo convencido de que su derrota llegó a manos del lobby israelí. Pero de hecho es difícil adjudicar a los activistas pro-Israel la salida de Findley porque su disputa con él no llegaba a los titulares muy a menudo. Findley raramente disparaba en público a sus críticos. Y sus críticos sacaban sus golpes también. Así era como se conducían por entonces la mayoría de los asuntos en el Capitolio. La calma relativa era también probablemente el resultado de empleados en la oficina de Findley que buscaban alejar cuidadosamente a su jefe de la controversia. Tanto la oficina de Findley como la comunidad pro-Israel creían que su tiempo era mejor invertido desarrollando amigos en vez de profundizando la animosidad pública en Washington.

Después que Findley dejó el cargo, sin embargo, las cosas se pusieron mucho más feas. El aparente caballero de Illinois dio de baja toda pretensión. En 1985, escribió Ellos Osan Hablar: Gente e Instituciones Enfrentan al Lobby de Israel. En el libro, actualizado y republicado dos veces, Findley descargó un torrente de veneno hacia Israel y sus partidarios, y agasajó a los detractores de Israel. El habló de manera desaprobadora del dinero judío, grupos judíos en Washington, grupos judíos en los campus, congresistas judíos, e influencia judía.

Findley afirmó que la comunidad pro-Israel tenía un dominio total sobre la política del Congreso y la política exterior estadounidense. Disparó a grupos cristianos también, pero expresó más empatía por ellos porque sus “convicciones religiosas…los hicieron susceptibles a los llamados del lobby Israel.” Findley incluso lamentó como el ex Presidente Jimmy Carter, ningún fanático del Sionismo, estuvo “cediendo ante el lobby en las relaciones con Israel.” Todas estas afirmaciones no sólo eran falsas—también viró hacia el reino del antisemitismo.

Findley continuó atacando a Israel y sus partidarios mucho después que se dejó de vender su libro. Para él, se volvió la base misma para su carrera pos-Congreso. En 1987, afirmó que los legisladores estadounidenses creían que sus suertes electorales eran controladas singularmente por el lobby Israel. Ellos están convencidos, destacó, “que el lobby de Israel tiene el poder, canalizando las donaciones políticas de años electorales para ellos o para sus opositores políticos, para determinar si serán o no reelectos.” Dos años después él continuó para fundar el Consejo para el Interés Nacional, una organización sin fines de lucro que incluso ahora enmarca la indignación contra los legisladores anti-Israel obsesivos como un “ardid de antisemitismo.”

Hubo pocos ámbitos de la vida pública detrás de los cuales Findley no pudo detectar la presunta presencia de manipuladores sionistas. En 1990, en medio de la preparación para la primera guerra con Irak, él afirmó que los “partidarios fanáticos de Israel ocupan posiciones influyentes a lo largo de la sociedad estadounidense—no sólo en los medios—y son empleados por el gobierno de EEUU en todo puesto que tiene alguna relación importante con la realización de la política de EEUU en el Medio Oriente.” El continuó: “Implacablemente, paso a paso, ellos han desarrollado asiduamente con los años un fuerte agarre en la política meso-oriental de Estados Unidos.”

En 1995, aun después que Israel y los palestinos entraron en el proceso de paz de Oslo, Findley publicó otro libro atacando a Israel. Su nuevo escrito tedioso fue Engaños Deliberados: Enfrentando los Hechos Sobre la Relación Estadounidense Israelí. Fue el intento de Findley por moldear más las complejidades del Medio Oriente como cuestiones de bien y mal, con Israel siempre del lado del último.

La obsesión de Findley con la presunta inconducta de Israel continuó profundizándose, un rasgo característico del antisemitismo. En el 2002, culpó a Israel por los ataques del 9/11. “El 9/11 no habría ocurrido si el gobierno de EEUU se hubiese rehusado a ayudar a Israel a humillar y destruir a la sociedad palestina,” escribió en un sitio web llamado Si los Estadounidenses Supieran.

“Pocos expresan esta conclusión públicamente, pero muchos creen que es la verdad. Yo creo que la catástrofe pudo haber sido prevenida si algún presidente estadounidense durante los últimos 35 hubiese tenido la valentía y sabiduría para suspender toda la ayuda de EEUU hasta que Israel se retirara de la tierra árabe capturada en la guerra árabe-israelí de 1967.”

La preocupación de Findley por el supuesto silenciamiento de los críticos de Israel es otro rasgo distintivo de oposición patológica a Israel. El afirmó: “En el Capitolio, la crítica a Israel, incluso en conversación privada, está casi prohibida, tratada como francamente antipatriótica, si no antisemita. La ausencia continua de libertad de expresión fue asegurada cuando los pocos que hablaron…fueron derrotados en las urnas por candidatos financiados fuertemente por fuerzas pro-Israel.”

En el 2005, Findley afirmó que Israel estuvo detrás de la segunda guerra de Irak, la cual entonces estaba sumida en la insurgencia y era profundamente impopular a lo largo de Estados Unidos. “Nuestras fuerzas invadieron porque Israel quería que derroquemos a Saddam,” escribió en el Huffington Post.

De interés particular fue esta línea: “Dos comunidades religiosas—una consistente de una combinación de judíos laicos y ultra-ortodoxos y la otra de cristianos fundamentalistas equivocados—controlan las políticas meso-orientales de EEUU.”

La implicación aquí es que los judíos están simplemente siendo judíos, mientras que los partidarios cristianos de Israel están meramente equivocados. “Ambos creen que sus mesías llegarán sólo cuando la Israel moderna sea fuerte y unida,” siguió él. “Hasta que nuestro gobierno sea liberado de esos grupos de presión, enfrentamos grandes problemas.”

Findley más tarde sería aún más explícito acerca de sus visiones sobre la guerra de Irak. “Israel—y sólo Israel—instó a Estados Unidos a invadir Irak,” escribió en el 2007. La afirmación que Estados Unidos se compromete en guerra únicamente para promover los intereses de Israel es una patraña antisemita clásica.

El ex congresista no se calmó con la edad. En el 2014, el nonagenario Findley afirmó, “La influencia de Israel, a partir de hoy, es tan grande en el Capitolio que [los representantes de EE.UU] ven los peligros de no sobrevivir a la próxima elección si desafían lo que Israel está haciendo.” La Liga Anti-Difamación notó esto como una señal externa de antisemitismo. Pero Findley sólo duplicó la apuesta. En el 2015, él habló en el Club de la Prensa Nacional en Washington donde se descargó sobre la “influencia sofocante del lobby por Israel a través de Estados Unidos.” El continuó: “Es como si una manta, una manta sofocante, hubiese sido extendida a través de la nación entera.”

El ejemplo de Findley muestra como la hostilidad exhibida hoy por Ilhan Omar o su co-congresista nueva Rashida Tlaib no es nada nuevo. Estas legisladoras controversiales son la progenie de Findley. Por supuesto, hay diferencias importantes entre entonces y ahora—diferencias que dejan en claro por qué Findley, maligno como era su ánimo anti-Israel, no tuvo el efecto en el discurso público del que gozan ahora Omar y Tlaib.

Hoy, la atmósfera tóxica y polarizada en Washington concede a los lanzallamas políticos más atroces (incluso a aquellos sin experiencia) un megáfono enorme. Esto se encuentra en fuerte contraste con las normas políticas de la década de 1960 y 1970, las que pedían más decoro entre nuestros políticos, aun cuando los políticos estadounidenses se habían vuelto más difíciles de manejar respecto a las generaciones previas.

Luego está el impacto de las redes sociales, un fenómeno difícilmente concebible durante los días de Findley en el cargo. Twitter y Facebook han transformado la forma en que los políticos participan en cuestiones y se relacionan con sus electores. En vez de buscar evitar el conflicto, los legisladores ahora corren hacia las luchas políticas en éstas y otras plataformas.

Finalmente, está la diferencia en las actitudes estadounidenses hacia Israel, tanto en nuestros partidos políticos principales como entre el público. Cuando Findley se volvió contra el Estado judío a fines de la década de 1970, el Partido Republicano se dividió: Su vieja guardia no vio razón irresistible para enojar a nuestros aliados árabes productores de petróleo adoptando una alianza especialmente estrecha con Israel. Una ola más joven de republicanos, animados por un aprecio de los valores compartidos y conmovida por el sufrimiento de la judería soviética, vio un aliado natural importante en Israel. Esa ola llegó a dominar al Partido Republicano y dejó en el desierto a voces como la de Findley.

Adicionalmente, Israel gozó de apoyo público amplio y sin disculpas entre el electorado estadounidense.

Ilhan Omar está montando la cresta de una ola política muy diferente. El apoyo demócrata a Israel ha estado cayendo sin parar en los últimos años. Una encuesta de Gallup en marzo encontró que sólo el 43% de los demócratas simpatizan más con los israelíes que los palestinos en el conflicto de Medio Oriente. Y si bien hubo algunas conclusiones positivas, el sondeo encontró que el apoyo estadounidense a Israel ha caído. Como resultado de los cambios en la cultura y actitudes estadounidenses, lo que solía ser considerado más allá de los límites lentamente se está volviendo convencional. Para Omar y sus compañeros de viaje, esto significa que exhibir animosidad abierta hacia Israel llega con poco a ningún costo.

Nunca le pregunté personalmente, pero Paul Findley casi con certeza lo habría aprobado.

 

*Jonathan Schanzer es vicepresidente principal para investigación en la Fundación para la Defensa de las Democracias (FDD).

 

Fuente: Commentary
Traducido por Marcela Lubczanski para Enlace Judío México

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