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El reencuentro de dos amantes de Auschwitz, 72 años después

Enlace Judío México e Israel – David Wisnia y Helen Spitzer se enamoraron en Auschwitz. Prometieron reunirse en Varsovia tras la guerra. Se reencontraron en 2016.

KEREN BLANKFELD

La primera vez que él le habló, en 1943, junto al crematorio de Auschwitz, David Wisnia se dio cuenta de que Helen Spitzer era diferente a las demás prisioneras. Zippi, como la llamaban, era limpia, estaba siempre prolija. Usaba una chaqueta y olía bien. Se conocieron a través de otro prisionero, a petición de ella.

Era inusual ver a una mujer fuera de una barraca de mujeres hablando con un prisionero. Antes de que David se diera cuenta, estaban solos, todos los prisioneros a su alrededor se habían ido. Esta no fue una coincidencia, se dio cuenta más tarde. Planearon reunirse de nuevo en una semana.

Ambos se encontraron en las barracas entre los crematorios 4 y 5 como lo habían planeado. David subió hasta el tope de una escalera improvisada, hecha de atados de ropas de los prisioneros. Helen había hecho los arreglos, un espacio entre pilas, lo suficientemente grande para que entraran los dos. David tenía 17 años y ella 25.

Los dos eran prisioneros judíos en Auschwitz, ambos prisioneros privilegiados. David, inicialmente obligado a recoger los cuerpos de los prisioneros que se suicidaban, había sido elegido para entretener a sus captores nazis cuando descubrieron que era un cantante con talento.

Helen era la diseñadora gráfica del campo. Se hicieron amantes, encontrándose en su rincón a una hora determinada, aproximadamente una vez al mes. Tras los temores iniciales de que ponían sus vidas en peligro, comenzaron a desear que llegara el día de sus citas. David se sentía especial. “Ella me eligió a mí”, recordó.

No hablaban mucho. Pero cuando lo hacían, se contaban breves fragmentos de su pasado. El padre de David era amante de la ópera y había perecido con el resto de su familia en el gueto de Varsovia. Helen, quien también amaba la música, tocaba el piano y la mandolina, le enseñó a David una canción húngara. Debajo de las cajas de ropa, otros prisioneros estaban de guardia, preparados para advertirles si se acercaba un oficial de las SS.

Durante unos meses, se las arreglaron para ser el escape del otro, aunque sabían que esas visitas no durarían. A su alrededor, la muerte estaba por todos lados. Sin embargo, los amantes planearon una vida juntos, un futuro fuera de Auschwitz. Sabían que se separarían, pero tenían un plan para reencontrarse cuando terminara la guerra.

Les tomó 72 años.

Recientemente, en una tarde de otoño, David estaba sentado en su casa de Levittown, Pensilvania, mirando viejas fotografías. Como cantante apasionado, Wisnia pasó décadas como cantor en la congregación local. Actualmente, da sermones una vez al mes, en los que cuenta historias de la guerra, por lo genera a estudiantes y a veces en bibliotecas o congregaciones.

“Quedan pocas personas que conocen los detalles”, afirmó.

En enero, Wisnia planea viajar con su familia a Auschwitz, donde ha sido invitado a cantar en el 75º aniversario de la liberación del campo.

A medida que el Holocausto se desvanece de la memoria pública y el antisemitismo va en aumento una vez más, Wisnia habla de su pasado en distintos foros, pese a que durante la mayor parte de su vida adulta intentó no mirar atrás. Su hijo mayor se enteró sólo de adolescente que su padre no había nacido en Estados Unidos.

En 2015, Wisnia publicó sus memorias, “Una voz, dos vidas: del prisionero de Auschwitz al soldado de la 101 aerotransportada 101”. Fue entonces cuando su familia se enteró por primera vez que había tenido una novia en Auschwitz. Se refirió a Helen bajo el seudónimo de Rose. Cuando se volvieron a encontrar, ambos ya se habían casado con otras personas.

Helen Spitzer, en un libro sobre entrevistas a sobrevivientes del Holocausto (Danna Singer/NY Times)

Helen fue de las primeras mujeres judías en llegar a Auschwitz en marzo de 1942. A través de su capacidad para hablar alemán, sus habilidades en el diseño gráfico y simplemente la suerte, consiguió un trabajo de oficina.

A medida que aumentaban sus responsabilidades, tuvo mayor libertad de movimiento dentro del campo y a veces le permitían algunas excursiones. Se duchaba regularmente y no tenía que usar brazalete. Utilizó sus amplios conocimientos del terreno para construir un modelo tridimensional del campamento. Los privilegios de Helen eran tales que se las arregló para mantener correspondencia con su único hermano superviviente en Eslovaquia a través de tarjetas postales codificadas.

Sin embargo, Helen nunca fue colaboradora de los nazis ni kapo, una judía asignada a supervisar a otros prisioneros. En cambio, aprovechó su cargo para ayudar a los prisioneros y aliados. Usó sus habilidades de diseño para manipular la documentación y reasignar a los prisioneros a diferentes labores y barracas. Tuvo acceso a informes oficiales del campamento, que compartió con varios grupos de la resistencia, según Konrad Kwiet, profesor de la Universidad de Sydney.

El Dr. Kwiet entrevistó a Spitzer para un ensayo publicado en un libro titulado “Acercándose a un sobreviviente de Auschwitz”. En el libro, editado por Jürgen Matthäus, director de investigación aplicada del Museo Conmemorativo del Holocausto de Estados Unidos, Spitzer fue entrevistada por cinco historiadores diferentes, mientras que cada uno relató su vida desde una perspectiva diferente.

En un principio, David fue asignado a la “unidad de cadáveres”. Pero en unos meses se corrió la voz de que era un cantante talentoso. Comenzó a cantar regularmente a los guardias nazis y se le asignó un nuevo trabajo en un edificio de las SS llamado el sauna. Desinfectaba la ropa de los recién llegados con los mismos perdigones de Zyklon B que se usaron para asesinar a los prisioneros en la cámara de gas.

Helen, que había observado a David en el sauna, comenzó a hacer visitas especiales. Una vez que establecieron contacto, ella les pagaba a los prisioneros con comida para que vigilaran de 30 minutos a una hora cada vez que se reunían.

Su relación duró varios meses. Una tarde de 1944 se dieron cuenta de que probablemente sería la última vez que subirían la escalera para llegar a su rincón secreto. Los nazis estaban transportando a los últimos prisioneros del campo en las marchas de la muerte y destruyendo pruebas de sus crímenes.

Durante su último encuentro, planearon encontrarse en Varsovia después de la guerra, en un centro comunitario. Era una promesa.

David partió antes que Helen en uno de los últimos transportes que salieron de Auschwitz. Fue trasladado al campo de concentración de Dachau en diciembre de 1944. Poco después, durante una marcha de la muerte, encontró una pala, golpeó a un guardia de las SS y huyó. Al día siguiente, mientras se escondía en un granero, escuchó lo que creía que eran tropas soviéticas que se aproximaban. Corrió hacia los tanques y esperando lo mejor. Resultaron ser estadounidenses.

No podía creer su buena fortuna. Desde que tenía 10 años, había soñado con cantar ópera en Nueva York. Antes de la guerra, había escrito una carta al presidente Franklin D. Roosevelt solicitando una visa para poder estudiar música en Estados Unidos. Las dos hermanas de su madre habían emigrado a Bronx en la década de 1930, y él había memorizado su dirección. A lo largo de su terrible experiencia en Auschwitz, esa dirección se había convertido en una especie de oración para él, en una guía.

Ahora, frente a los soldados de la 101 Aerotransportada, estaba más que aliviado. Las tropas lo adoptaron después de escuchar su historia, contada en fragmentos del poco inglés que hablaba, algo de alemán, idish y polaco. Le dieron un uniforme y una ametralladora que le enseñaron a usar. Decidió que Europa sería su pasado. “No quería tener nada que ver con nada europeo”, dijo. “Me convertí en un 110 por ciento americano”.

David Wisnia llegó a Estados Unidos en 1946 (Danna Singer/NYT)

David se convirtió en el “Pequeño Davey”, intérprete y ayudante civil a cargo de interrogar a los alemanes y confiscar sus armas. Ahora tomaba prisioneros de guerra.

Helen fue de las últimas personas que dejaron Auschwitz con vida. Fue enviada al campo de mujeres de Ravensbrück y a un subcampo de Malchow antes de ser evacuada en una marcha de la muerte. Ella y una amiga escaparon y se mezclaron con la población local al quitarse la franja roja que tenían en sus uniformes.

A medida que el Ejército Rojo avanzaba y los nazis se rendían, Helen se dirigió a su hogar de la infancia en Bratislava, Eslovaquia. Sus padres y hermanos habían sido asesinados, excepto un hermano, que acababa de casarse. Ella decidió comenzar su nueva vida.

En medio del caos, Helen llegó al primer campo para desplazados judíos en la zona estadounidense de la Alemania ocupada, que en la primavera de 1945 alojó a al menos a 4.000 supervivientes. El mismo campo donde David entregaba suministros. Sin embargo, no se encontraron.

Poco después de llegar a Feldafing en septiembre de 1945, Helen se casó con Erwin Tichauer, jefe de policía del campo y oficial de seguridad de la ONU. Ahora, conocida como Tichauer, se encontraba nuevamente en una posición privilegiada. Aunque también eran desplazados, los Tichauer vivían fuera del campo. Debido a la posición de su esposo, era considerada como la “alta gerencia” del campo. Como tal, distribuyó alimentos entre los refugiados, en particular entre la creciente población de mujeres embarazadas. En el otoño de 1945, acompañó a su esposo durante la visita del general Dwight D. Eisenhower y el general George S. Patton.

Helen y su esposo dedicaron años de su vida a causas humanitarias. Participaron en misiones de las Naciones Unidas a Perú, Bolivia e Indonesia. Entre sus viajes, el Dr. Tichauer enseñaba bioingeniería en la Universidad de Nueva Gales del Sur en Sydney.

Durante sus viajes, Helen siguió aprendiendo nuevos idiomas y utilizando sus conocimientos de diseño para ayudar a poblaciones necesitadas, en particular a mujeres embarazadas y madres primerizas.

Finalmente, la pareja se mudó a Estados Unidos. Primero a Austin, Texas, y en 1967 se estableció en Nueva York, donde el Dr. Tichauer ejerció como profesor de bioingeniería en la Universidad de Nueva York.

Los amantes, 72 años después. (Danna Singer/ NYT)

En algún momento después de que terminó la guerra, David se enteró por un exprisionero de Auschwitz que Helen estaba viva. Para entonces se encontraba en el ejército estadounidense, con base en Versalles, Francia, donde esperó hasta que finalmente pudo emigrar a EE.UU.

Cuando sus tíos lo recogieron en el puerto de Hoboken en febrero de 1946, no podían creer que el joven de 19 años con uniforme de soldado era el pequeño David que habían visto por última vez en Varsovia.

En un apuro por recuperar el tiempo perdido, Wisnia se sumergió en la vida de la ciudad de Nueva York, yendo a bailes y fiestas. Respondió a un anuncio en un periódico local y consiguió un trabajo vendiendo enciclopedias.

En 1947, en una boda, conoció a su futura esposa, Hope. Cinco años después, la pareja se mudó a Filadelfia.

Años después de haberse establecido con su esposa en Levittown, un amigo de los amantes le dijo a Wisnia que Zippi estaba en la ciudad de Nueva York. David, que le había hablado a su esposa de su ex novia, pensó que esta sería una oportunidad para reconectarse, y finalmente pudo preguntar cómo había logrado sobrevivir a Auschwitz.

Su amigo arregló una reunión. David condujo las dos horas de Levittown a Manhattan y esperó en el vestíbulo de un hotel frente al Central Park.

“Ella nunca apareció. Me enteré después que ella decidió que no sería apropiado. Estaba casada; tenía un marido”, comentó.

A través de los años, David supo de Helen a través de un amigo en común. Mientras tanto, su familia se amplió: tuvo cuatro hijos y seis nietos. En 2016, decidió volver a intentar encontrarse con Zippi. Compartió la historia con su familia. Su hijo, que ahora es rabino en una sinagoga reformista en Princeton, Nueva Jersey, inició el contacto. Finalmente, ella accedió a una visita.

En agosto de 2016, David se llevó a dos de sus nietos con él a la reunión con Helen. Guardó silencio durante la mayor parte del viaje a Manhattan. No sabía qué esperar. Habían pasado 72 años desde la última vez que vio a su exnovia. Había oído que estaba mal de salud, pero sabía muy poco de su vida. Sospechaba que ella le había ayudado a sobrevivir y quería saber si esto era cierto.

Cuando David y sus nietos llegaron al departamento de Helen en Manhattan, la encontraron en una cama de hospital, rodeada de estantes llenos de libros. Vivía sola desde que su marido falleció en 1996, y nunca habían tenido hijos. Con el paso de los años, postrada en su cama, había perdido parte de la visión y tenía problemas de audición. Tenía una ayudante que la cuidaba, y el teléfono se había convertido en la vía de comunicación con el mundo exterior.

Al principio, ella no lo reconoció. Entonces él se inclinó y se acercó.

“Sus ojos se abrieron de par en par, casi como si volviera a la vida. Nos desconcertó”, comentó Avi, el nieto de Wisnia.

De pronto, se dijeron unas palabras en su lengua inglesa adoptada.

“Me dijo delante de mis nietos:’¿Le dijiste a tu esposa lo que hicimos?'” David recordó sonriendo y moviendo la cabeza. “Les conté, Zippi”.

David habló de sus hijos, de su servicio en el ejército estadounidense. Helen habló de su labor humanitaria después de la guerra y de su marido. Se maravilló del perfecto inglés de David. “¡Dios mío, Nunca pensé que nos volveríamos a ver, y en Nueva York!” exclamó.

La reunión duró unas dos horas. Finalmente tenía que preguntarle: ¿Fue ella quien le salvó la vida en Auschwitz?

Ella levantó la mano mostrando sus cinco dedos. Su voz era fuerte, su acento eslovaco profundo. “Te salvé cinco veces de que te llevaran”, aseguró.

“Sabía que había sido ella. Es absolutamente asombroso. Asombroso”, dijo Wisnia a sus nietos.

Y había más. “Te esperé”, agregó Helen. Después de escapar de la marcha de la muerte, ella lo esperó en Varsovia. Había seguido el plan. Pero él nunca llegó.

Ella lo amaba, le dijo en voz baja. Y él le respondió que también la amaba.

David y Helen no volvieron a verse. Ella falleció el año pasado a los 100 años. En su última tarde juntos, antes de que David dejara su departamento, ella le pidió que le cantara. Él le tomó la mano y le cantó la canción húngara que ella le enseñó en Auschwitz. Quería mostrarle que recordaba las palabras.

Fuente: The New York Times / Reproducción autorizada con la mención: © EnlaceJudíoMéxico

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