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JULIETA LIBNIC

−Buenos días, busco una Jalá.

−La encuentra en el anaquel de la derecha.

−Gracias.

−Hola. ¿Es usted la Jalá?

−Sí. Soy yo

−Vengo a hacerle una entrevista.

−¡Caray! Es la primera vez que alguien me entrevista. ¿Oyeron chicas?, vienen a entrevistarme.

−¿Qué desea saber?

−Me gustaría que me contara quién es usted, desde sus orígenes.

−Mi origen primario está en la harina de trigo, aunque mi figura actual se la debo a Paco, el panadero −es un artista−. El se encarga de revolver la harina con la sal, azúcar y agua tibia −para que no me resfríe−. Después de masajearme me agrega la levadura y las pasitas, antes de volverme a masajear con mucho cariño. Eso me encanta.

Luego me cubre con un lienzo muy limpio y me deja reposar. Claro que la falta de movimiento me hace engordar.

Más tarde separa mi masa corporal en tres partes iguales y forma un cilindro con cada una de ellas. Mmmm… se siente rico.

Enseguida trenza los cilindros y sella las orillas para que mantenga mi figura.

Para entonces me siento algo cansada, así que me deja reposar en un lugar tibio y acogedor. ¡Estoy tan a gusto ahí, que, aunque usted no lo crea, vuelvo a engordar!

Por último, me barniza con huevo y me mete en un lugar muy caliente. Cuando salgo, estoy dorada, y, según mis vecinos los cocoles y los polvorones, rete buena.

Ahora solo espero que alguien me lleve a casa.

−Y ¿qué pasará cuando se la lleven?

−Bueno, lo que he oído decir a Paco es que tendré un lugar de honor en la mesa.

−Me parece que alguien se acerca. Si la eligen, voy a seguirla para continuar la entrevista mañana, porque ahora se me acaba el tiempo.

−Bueno. Hasta mañana.

* * *

−Buenos días. ¿es usted la Jalá que entrevisté ayer? Pero ¿qué le ha pasado?

−Ay. Ni me lo recuerde. Se lo voy a contar para que el mundo se entere.

Cuando llegué a casa con mi nueva dueña, me tomó con cariño y me envolvió en una servilleta de tela primorosamente bordada, de una suavidad que nunca había yo visto.

Me colocó en la cabecera de la mesa, delante de dos candelabros de plata con velas blancas y junto a una copa grande, también de plata.

Yo estaba encantada, sobre todo cuando llegó el señor de la casa y puso sus manos tibias, recién lavadas, sobre mi cuerpo. Me acarició y me bendijo. Eso me hizo estremecer y pensé: “Yo si soy afortunada. Primero me hacen una entrevista y luego me acarician y bendicen. ¿Qué más puedo pedir?”

En esas cavilaciones estaba cuando de pronto, sentí un desgarre en uno de mis extremos. Fue tan fuerte que casi pierdo el sentido, pero enseguida reaccioné y me percaté que me estaban despedazando. Estaban arrancándome el cuerpo a pedazos. No puedo explicar mi desesperación e impotencia. No podía entender porqué ese cambio tan repentino, del amor al odio. ¿qué había hecho yo para merecer esto?

Mire usted como me han dejado. Han mutilado mi hermoso y dorado cuerpo.

Yo sabía, porque se lo había oído decir a Paco, el panadero, que sus obras eran efímeras. ¡Hágame usted el favor!

Pero nunca me mencionó que mi fin sería tan violento y desgarrador.

Aunque inválida e incompleta −mire nomás el hoyo que dejó la pasita− ¡Pobre de mi!, escuche hace un rato decir a la señora que me untaría con mantequilla y azúcar (yo creo que para curar y endulzar mi dolor). Seguramente me van a mimar.

¿No cree usted?

 


Las opiniones, creencias y puntos de vista expresados por el autor o la autora en los artículos de opinión, y los comentarios en los mismos, no reflejan necesariamente la postura o línea editorial de Enlace Judío.

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